Esas maravillas que existen en la vida del hombre, al individuo corriente le embrollan su existencia. Porque son una imposición recóndita para su propia certidumbre dentro del Universo legítimo en que vegeta.
El no se conectará con este galimatías hasta que no se vea retenido por un menoscabo orgánico forzoso.
Al compasivo mortal cuando le aprieta la necesidad y la angustia por hallarse enfermo, ó vaciado socialmente por otras causas, enseguida reivindica el amparo de los símbolos religiosos y milagrosos.
Esa energía sobrenatural es la que domina en exclusividad al hombre conferido de autoridad en estos insólitos dominios.
Desde ese preciso instante el oficiante trata de reemplazar la vía de su adverso destino.
Ese extraño y poderoso influjo nos advierte de que existen personas dispuestas a socorrer a los demás, en lo que constituya un sufrimiento físico o moral.
Con sus percepciones é insólitas potestades atempera el destino y la última etapa de la persona necesitada de auxilio.
Con sus percepciones é insólitas potestades atempera el destino y la última etapa de la persona necesitada de auxilio.
Me presentaron al hombre de la rosa en un día de abrasadora canícula en Orlando EE. UU., en una conferencia de especialistas que trataban de analizar los prodigios insólitos de la historia conocida del hombre.
Después de charlar un rato me cité con él en mi oficina particular, que la secretaria de organización de la conferencia me había ubicado, para que cambiásemos los conocimientos entre todos los especialistas que participábamos en ella.
El hombre de la Rosa no aparentaba tener nada de extraordinario, sino al contrario. Era una persona muy normal, más bien baja pero con un saludable aspecto. Cuando me hallé frente a él me pareció turbado como si estuviera intranquilo por algún motivo.
Después de cumplimentarnos brevemente, nos fuimos a comer a un restaurante contiguo al palacio de congresos y sentados de espaldas a la sala pedimos la carta.
Mientras esperábamos los platos le pregunte por sorpresa si podía sondear en mi estado anímico personal. El hombre de la rosa un poco atónito por mi anómalo requerimiento me preguntó:
Después de cumplimentarnos brevemente, nos fuimos a comer a un restaurante contiguo al palacio de congresos y sentados de espaldas a la sala pedimos la carta.
Mientras esperábamos los platos le pregunte por sorpresa si podía sondear en mi estado anímico personal. El hombre de la rosa un poco atónito por mi anómalo requerimiento me preguntó:
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