SAN PEDRO DE MERIDA: Era un excelente enclave que Roberto había localizado...

Marcos por más que lo pensaba no podía imaginar que sería lo que estaría haciendo ahora su amigo y hermano Roberto. Y aunque desde hacía bastante tiempo los hermanos no se veían, al estar separados por la guerra, el sabía que Roberto actuaba como guerrillero del maquí en un terreno de riesgo, en una zona belga que está entre la ciudad de Namur y la frontera Francesa.
Es un territorio de grandes bosques llamado las Ardenas y Marcos tenía la completa seguridad de que Roberto se escondía en los tupidos bosques de un lugar llamado Fagminoul.

En esos impresionantes bosques era donde estaban apostadas y bien protegidas por la frondosa espesura de los árboles las divisiones acorazadas de las SS alemanas a la espera de un posible y apremiante desembarco aliado en el Canal de la Mancha.

Roberto y sus ayudantes del maquís, se escondían en las proximidades de la ciudad de Namur alrededor del cauce del rió Meuse.
Una pequeña ciudad que tenía un esencial y estratégico nudo ferroviario militar, por donde forzosamente deberían de pasar todos los suministros alemanes que iban dirigidos a las guarniciones costeras en el Canal de la Mancha.

Las Ardenas era una antigua región boscosa que fue en lejanos tiempos una importante capital del departamento Sambre-et Meuse.

Marcos sabía que este punto era bastante caliente, porque la ciudad de Namur al iniciar los alemanes la ofensiva relámpago en contra del ejército ingles y el francés, sería completamente arrasada por un terrible bombardeo que padeció durante el avance Alemán hacía la costa de Dunquerque, al inicio de la II Guerra Mundial.

Marcos cansado de recordar tantas cosas, despachó los documentos que redactaba para ser distribuidos entre las células del Partido en París y cuando lo finalizó, se retiró a dormir porque estaba cansado de tanto papel.
Un penoso trabajo que no es en principio su mejor responsabilidad por estar preparado para trabajos militares.

El estaba adiestrado para trabajos de campo y había solicitado al Comité Central del Partido su inmediato traslado para la resistencia armada en el interior de España.

Argumentando a sus dirigentes comunistas que deberán de servirse de su específico entrenamiento militar para utilizar esa preparación en contra del franquismo. Porque él en contra de los alemanes lo había demostrado ya con creces en infinidad de golpes de mano. Pero la dirección del partido siempre le respondía que aún no había llegado el momento para atacar de firme al régimen de Franco. Y se disculpaban diciendo que ahora el objetivo más importante para el partido, era derrotar al ocupante fascista de Europa, porque la prioridad de ellos como comunistas eran los nazis, porque en esos tiempos el imperioso deber de un buen comunista se concentraba ahora en ayudar a la Unión Soviética desde Francia.

La primera misión del Partido en territorio francés, era la destrucción de los lugares estratégicos del enemigo, para retener a las tropas alemanas en territorio francés el ma-yor tiempo posible y así darle un esperado respiro al castigado ejército soviético que batallaba sin tener una pausa ni un respiro en los fríos e inhóspitos frentes rusos.

Su misión ahora era entretener a base de nuevos atentados a unas cuantas unidades alemanas que hacían falta inaplazablemente en el frente del este, aligerando de alguna forma la presión que ejercían los ejércitos alemanes sobre la madre Rusia.

Marcos transigía en esa política y seguía su rutina diaria burocrática y ese trabajo no le impedía que alguna vez el grupo organizara algún sorprendente golpe de mano ha las tropas alemanas acantonadas en París.

Evocaba los atrevidos actos de guerra en los que el había participado con el Maquís español de París y uno de los hechos lo recordaba de manera especial porque fue en su día el más importante y juicioso atentado en contra de las tropas ocupantes por su gran espectacularidad.
Se trata de un asalto a la sede central de la policía secreta alemana, que era el baluarte de la temida gestapo, para poder liberar a los camaradas del partido que la gestapo torturaba en los calabozos que estaban en los sótanos de ese triste edificio.

Los hombres que participaron en aquel asombroso golpe de mano vestían todos uniformes alemanes que se habían robado en la intendencia alemana.

La invasión de la sede principal de la gestapo en Paris, la hicieron los maquís ataviados de soldados y de oficiales de las SS, montados en los vehículos alemanes sustraídos por la fuerza a las patrullas de vigilancia nocturna.
Penetraron en el siniestro edificio con la documentación falsa, al anochecer, en el patio de la sede y prisión de la gestapo que estaba vigilada por las SS.

Los centinelas, al comprobar que éramos alemanes y teníamos todos los papeles en regla, nos dejaron pasar hasta el edificio interior en donde estaban las celdas y el departamento de la gestapo.
Entre los papeles que presentamos a los miembros de la gestapo para acceder al prisionero, había uno que decía que estábamos autorizados a interrogar a Michael Trufo, un cautivo del Maquís que estaba en sus calabozos.
Presentamos las credenciales firmadas por el Gobernador Militar de París, Von Choltiz, el cual apuntaba en el escrito, que daba carta blanca para actuar de la forma más conveniente y segura para dar el mejor final al servicio encomendado.

La media docena de miembros de la gestapo, que se ocu-paban de interrogar a los presos esa noche, aun cuando estaban algo recelosos con nosotros se vieron impotentes para pedir la confirmación de la orden que llevábamos.

El teléfono hacía el exterior no comunicaba porque un equipo nuestro, les había cortado las líneas que salían del edificio hacía el exterior.
Los asesinos nazis cansados de llamar al despacho del Gobernador sin poder lograrlo, enervados, nos dejaron al final una dependencia de los sótanos.
Y esta fue su ruina, porque uno a uno los fuimos eliminando, hasta que dejamos limpió de asesinos tan lúgubre sótano.

En esa noche liberamos a todos los presos que allí había y después salimos por las enormes puertas del edificio imperturbablemente, montados en los furgones alemanes sin ser detenidos por los SS de la guardia.

Y como hasta la mañana no se hacían los cambios de la guardia y cambiaban el turno los hombres de la gestapo, no descubren a los muertos en los sótanos. Entonces fue cuando dieron la alarma general, pero ya era muy tarde para encontrar a los responsables.
Los presos y los maquís que habíamos intervenido en el temerario golpe de mano a la policía nazi estábamos ya escondidos y a salvo.

Desde aquel día la gestapo de París se mancilló tanto que el propio Himmler decidió sustituir a sus policías por uni-dades de los SS en la cárcel y en la búsqueda de los atrevidos saboteadores.
De esa pasta estaba echo Marcos, el mayor de los hijos del doble de Franco, Paulino Godoy.

El día 6 de junio en cuando despuntó el alba desembar-caron los ejércitos aliados en las playas de Normandía, ante el asombro de Hitler que lo había previsto y anun-ciado a sus generales con bastante anterioridad.

La ignorancia en una disciplina militar fue lo que perdió al terrible dictador, dejando a las mejores divisiones aco-razadas alemanas en la otra orilla del Sena.
Hitler tenía algunas razones para creer que este desem-barco en Normandía no fuese una falsa maniobra de dispersión de los ejércitos aliados.
Hitler creía que el desembarco aliado se efectuaría en el paso de Cale, porque era el trayecto más corto desde las costas de Inglaterra.

Llegado el momento de comenzar la acción armada sería cuando Marcos comenzaría a actuar por su cuenta sa-liendo de la tediosa rutina burocrática.

Empleó sus conocimientos en golpes de sabotaje contra las tropas que se movían por las carreteras y los caminos de la Francia, destruyendo unos equipos que servían a los alemanes para matar. Unidades de reserva que acudían en auxilio de las frágiles divisiones costeras para la defensa, que se apostaban frente al mar. Las Unidades alemanas estaban compuestas en su mayor parte por voluntarios y soldados de los países del Este y entre ellas había pocas tropas alemanes autenticas en toda la zona de Normandía.

Con tan intenso bombardeo, la supremacía aérea aliada y unos efectivos golpes de mano del maquí. Los ejércitos nazis retrocedían en todos los frentes y la invasión aliada se convertía por momentos en una verdadera riada im-parable de tropas, vehículos y armas de todas clases, que progresaban luchando sin tregua hacía el corazón de Alemania.

Todo fue posible por la colaboración, el arrojo y por la bravura de un puñado de valientes hijos de la República española.

La liberación de Francia estaba próxima y los esfuerzos aportados por los españoles republicanos de todas las ideologías fue esencial para entorpecer las defensas alemanas y así provocar el inexorable final de la guerra en el frente francés.

Casi la totalidad de los historiadores franceses se olvidan del sacrificio en vidas de los hombres de la República española; que la sacrificaron valientemente por liberar a Francia del yugo del dictador Alemán.
Gloria para los españoles que ofrendaron su vida, en este silencio gélido que se esconde detrás de la muerte.
Pero hay tristeza en el aire, cuando la vida es entregada con honor y se recibe el desprecio de una patria que no es España.

LAS ARDENAS, BÉLGICA
Roberto dormitaba apaciblemente en una estrecha cavidad que estaba situada dentro de una profunda gruta entre los insondables precipicios que se caían hacía al cauce del caudaloso río Meuse en Bélgica.
El reducido grupo de compañeros españoles de la resistencia anarquista descansaba en la cueva y nadie vigilaba el exterior.
La calma en la zona es total.

Los soldados alemanes no se atrevían a penetrar en los espesos bosques que se extendían en cientos de hectáreas a la redonda, aún cuando ellos sabían que en sus tupidas espesuras se escondían los maquís y los saboteadores.

El estado mayor Alemán que estaba desesperado por la gran cantidad de sabotajes en las numerosas redes ferro-viarias de la región, decidió proteger los trenes de suministro, con plataformas que iban delante de la maquina de los trenes y estaban llenas de prisioneros, para disuadir a los maquís de efectuar tan devastadores golpes de mano y los terribles atentados en las vías.

Todos los trenes que llevaban maquinas blindadas dispo-nían de eficaces escoltas, con ametralladoras y cañones montados en plataformas blindadas, que a la menor señal de peligro disparaban contra todo lo se moviese al paso del convoy.

Ya anochecía en el espeso bosque cuando se despertaban Roberto y sus compañeros.
Todos los días hacían igual, salían de noche con el objetivo planificado por el comité de organización, el cual los transmitía en clave a través de la radio a cada uno de los comandos que operaban en las distintas zonas de operaciones especiales, en actos de sabotajes y de destrucción del enemigo común.

La reposición de todo el material que utilizaban en los sabotajes y en golpes de mano, lo suministraban de noche los aviones aliados en claros del bosque, establecidos ya de antemano para cada comando.
Arrojaban el suministro en largos contenedores metálicos sin paracaídas a muy baja altitud.

Alguna vez era enviado un militar de apoyo aliado a la zona para instruir a los guerrilleros en nuevas armas, y para preparar a los guerrilleros de manera especial en los específicos golpes selectivos que al mando aliado le inte-resaba destruir.
La red de transportes ferroviarios que pasaba por Namur era vital para el ejército Alemán.

Era tan importante, para los nazis, que para vigilar estas redes viarias, el ejército tenía en la zona una división completa de zapadores de montaña la cual se había desplegado entre los accesos a las redes ferroviarias.

De continuo estas disciplinadas tropas minaban las zonas más fáciles de acceso a las vías y colocaban señales de falsos campos minados en otras zonas para asustar a la población civil y así evitar que se acercase la gente a las vías. Cualquier civil que se encontrase dentro del perímetro viario de la zona de Namur era seguidamente pasado por las armas y el cadáver era después colgado cómo un ejemplo para los demás.

En este riguroso ambiente de muerte y destrucción combatía el valiente cordobés Roberto Godoy, con los otros camaradas anarquistas del maquís belga y se entregaba en cuerpo y en alma al difícil trabajo de matar a los ene-migos sin remordimiento alguno.

La separación de su hermano Marcos le entristeció a más no poder, porque en la guerra de España y los primeros años de exilio en Francia siempre habían estado juntos.
Desde la niñez hasta que se fueron distanciando debido a las normas de los partidos en los Pirineos jamás se habían separado. Marcos se marchó a París por órdenes del Partido Comunista y Roberto fue enviado por los dirigentes anarquistas en Bélgica a la región de las Ardenas para reforzar el maquís en la zona dominada por la C. N. T.

La coordinación de los dos partidos era más bien regular, por no decir mala. Los comunistas, siempre se debían a la disciplina de un Partido que ordenaba las líneas a seguir de acuerdo con las directrices de la Unión Soviética.

Los Anarquistas eran todo lo contrario, se separaban en células completamente autónomas y operaban con completa independencia, sin menoscabo de algunas acciones puntuales en las cuales debían intervenir las otras fuerzas guerrilleras para el buen éxito de una operación.

Por la noche, Roberto y sus tres hombres tenían la misión de sabotear la vía belga en la encrucijada más peligrosa que había en la región. Era un punto en donde se unían varios cambios de agujas, que al ser volados por los aires harían retrasar los largos trenes de municiones y de re-puestos militares que pasaban siempre de noche.
Más tarde, los aviones aliados, coordinados por radio con las patrullas del maquí, bombardeaban esos trenes antes de que los convoyes militares alemanes se ocultaran en los túneles ferroviarios y desaparecieran de la vista de los aviones.

El próximo objetivo era ferroviario y el maquís lo tenía que atacar por la noche, y estaba a tres horas largas de camino desde el refugio actual.
A pesar de lo escarpado del terreno, esté no les suponía especiales dificultades porque estaban acostumbrados a caminar sin descanso alguno todos los días del año por las mismas sendas, escabulléndose de los alemanes y de los traidores franceses.
Cuando llegaron ante el terraplén que bajaba hasta la pequeña estación de control de las agujas de la vía férrea, observaron que los alemanes habían dejado una patrulla armada en el lugar.

Roberto reconoció este lugar con los prismáticos y vio a los soldados alemanes que patrullaban a píe entre las vías y quizás otros que ellos no percibían seguro que estaban apostados y bien situados a la espera de acontecimientos.
Roberto al intuir dificultad en la operación de sabotaje, se creció. Siempre lo hacía, porque así era su estilo.
Las ideas entonces le surgían de su instinto como cascadas de agua en una catarata.

Rápidamente ordenó a Ismael, uno de sus mejores hom-bres, que se marchara e hiciera explosionar una potente carga plástica en la vía a doscientos metros a la salida de un túnel, para distraer la atención de los soldados que estaban apostados y no se veían.

Ordenó que esperase a los soldados alemanes un poco después de la explosión y que disparase unas ráfagas de su metralleta hacía los soldados que se aproximasen a el. Y que después de perpetrar estos disparos, rápidamente debía de abandonar el lugar y emprender la retirada hacía el punto de reunión que tenían convenido de antemano.

Roberto mientras tanto preparó con otros camaradas del maquís las potentes cargas explosivas para volar las vías y esperaron los tres pacientemente hasta que comenzase la fiesta.
Roberto sería el encargado de colocar los explosivos en los raíles, mientras los dos compañeros le cubrirían su trabajo en las vías con las ametralladoras y las bombas de mano.

No habían pasado los veinte minutos, cuando una potente explosión se dejo sentir en la entrada del túnel.

Rápido Roberto comprobó como aparecían los soldados alemanes que estaban emboscados y se dirigían corriendo por encima de las vías hacía el lugar de la deflagración, de la cual salían columnas de humo negro.

Al aproximarse los alemanes a ese lugar se oyeron varias ráfagas de disparos a las cuales los soldados alemanes le respondían con ráfagas de metralleta sin volver la mirada a la estación de agujas de las vías.

Roberto aprovechó este momento para deslizarse ágilmente hacía la red viaria, y pausadamente sin acelerarse, colocó en los raíles las potentes cargas utilizando para el encendido un fulminante de mercurio que le dejaba cinco minutos de tiempo para huir.

Acto seguido Roberto desapareció del lugar con los dos compañeros hacía los farallones, y los tres no habían hecho más que llegar a este punto, cuando la estación de triaje junto con las vías saltaron por los aires en miles de pedazos, dejando inutilizado el traficó de trenes alemanes para toda la noche.

Los zapadores alemanes que son muy intuitivos y disciplinados en sus cometidos lo reparaban rápido, pero ese largo retrasó era vital para que los aliados evitasen una concentración excesiva de tropas y de equipos entre las zonas costeras del estrecho Canal de la Mancha.

Cuando volvieron a reunirse los cuatro en el punto de en-cuentro, el rojo amanecer de un nuevo día ya despuntaba por el horizonte.
Después de comer de algunas de las conservas que traían, marcharon y durmieron en otro refugió algo más aparta-do de la zona de sabotaje.

Roberto algunos días antes de dormir pensaba un instante en los suyos, pensaba en donde se hallaría Marcos y al tiempo que pensaba en su hermano Marcos, Roberto se quedaba de inmediato dormido por la intensa fatiga.

Ese día soñó que toda su familia vivía feliz en una gra-ciosa y blanca casa en Belalcázar, en donde reinaba la armonía y la paz; en donde todos los vecinos del pueblo se ayudaban sin interés alguno en las tareas y funciones de la vida cotidiana. En donde respirar se convertía en un placer. En donde todo se compartía, lo que era bueno y lo que malo, en la satisfacción y el amor de sus habitantes.

Soñando Roberto se sentía muy feliz, viendo a sus padres que vivían en una buena casa, con un buen jornal, y sin agobios de alimentos.
Todos los días del año iban los hijos al colegió decorosamente vestidos y ellos jugaban con todos los niños y las chicas de su pueblo en plena igualdad de oportunidades.

Soñaba con una nueva España, que era rica y feliz. En donde los garantes políticos se desvivían por armonizar a la sociedad civil para que ningún ciudadano de distinta clase social fuese segregado por su rala economía, por su cuna ó por su sensatez.

Al despertar Roberto de este placentero sueño, ya estaba la noche cerrándose y la triste realidad le traumatizó.

Estaba sumido hasta el tuétano en una guerra cruel y mataba para poder sobrevivir. Tenía que matar a personas tan sencillas como el.
Aun cuando quizás tendrían otras ideas y otras creencias pero también tenían seres queridos como él los tenía.

Todo hombre fanático será siempre arrastrado por los clásicos manipuladores ideológicos.
Son todos esos que medran en nuestra vida enfrentando a los obreros con el fanatismo de los dogmas totalitarios y estériles.
Son los dilapidadores de las palabras que engatusan al pueblo con falsas promesas de idílicos paraísos que al solo al final lo disfrutaran los dictadores y los aprovechados.

Envolver a los habitantes del planeta Tierra en una guerra más, no tiene ninguna importancia para los imperecederos manipuladores sociales, porque desde que Adán y Eva salieron del Jardín del Edén, sus hijos Caín y Abel, ya se violentaron hasta la muerte.
La guerra entre los seres humanos es natural, desde los tiempos que el hombre habita sobre el planeta Tierra.

Roberto ya cansado de tan quiméricas ideas, se concentró al instante en sus habituales trabajos de maquí de campo. Había recibido un aviso urgente del Comité Anarquista de Bruselas en el cual le ordenaban que abandonase esta zona del maquís y tenía que presentarse junto con sus camaradas lo más pronto posible ente el responsable de la C. N. T, que estaba en una calleja en los alrededores de la estación del mediodía, que se encontraba en uno de los barrios obreros de la capital.

Antes de marcharse de la zona ocultaron en una profunda cueva en el bosque los equipos, las armas y las municio-nes y dejando los materiales bien embalados y envueltos con lonas impermeables para su buena conservación y pa poder utilizarlos en un futuro próximo.

Después con documentación falsa para cada uno de ellos, se disfrazaron con ropas campesinas muy habituales de la región, y cogieron los compañeros por separado el tren hacía Bruselas en la destrozada estación de Namur.

Cuando después del largo días de lentísimo y arduo viaje los cuatro compañeros se apearon en la Estación Central de Bruselas, tuvieron que proteger sus vidas en el refugió antiaéreo de la estación.
Porque gran cantidad de aviones aliados bombardeaban las estaciones y los centros ferroviarios Belgas, para intentar paralizar los abastecimientos militares del ejercito alemán y el trafico ferroviario civil.

Dos horas más tarde cuando la sirena de la estación anun-ció el final del bombardeo a las personas que habían sobrevivido a la espantosa lluvia de bombas metidos en los refugios antiaéreos; al salir, no reconocían nada de lo que había anteriormente.
La estación entera había sido eclipsada del mapa y un enorme montón de escombros hu-meantes estaban entremezclados con restos de vagones y vías retorcidas que se entremezclan caóticamente en un paisaje desolador.

El intenso humo entremezclado con las llamas no dejaban respirar y una niebla de cenizas quemadas irrespira-ble flotaba entre el humo y el aire dejando a los pocos supervivientes que se atrevían a salir de los refugios medio asfixiados.

Roberto y los compañeros, como veteranos en esas lides, aprovecharon el caos para marcharse de allí.
Ellos conocían bien a los alemanes y sabían que después de cada bombardeo tomaban rehenes civiles para desescombrar el área de la estación y todo el complejo de las vías y poder de esa manera reanudar el tráfico de trenes cuanto antes.

Con los pañuelos empapados en agua sobre el rostro sé alejaron los cuatro camaradas entre el acre y polvoriento humo y hasta que no llegaron los cuatro a unas manzanas de casas un poco apartadas de lo que había sido antes la estación, no se sintieron aliviados entre las viejas callejas de la rue Blas, cercana a la estación de Midí.

Allí en la esquina de una de las avenidas, en una calle estrecha, penetraron en una tasca española que tenía un letrero de la fachada con el nombre de Bar Andalucía. La dueña de tan español nombre era una gruesa señora belga que estaba casada con un simpático andaluz, que además de entonar bien el flamenco, era refugiado republicano.

El marido por ser del partido anarquista había sido deportado por los ocupantes alemanes y se hallaba prisionero en los campos de trabajo construyendo por la fuerza los búnkeres del muro del Atlántico.

La paisana Belga cuando vio penetrar a Roberto en el bar acompañado de sus camaradas les reconoció enseguida y con un disimulado aspaviento les hizo la señal convenida que les indicaba que dentro del bar había peligro.

Los cuatro que estaban acostumbrados a vivir en la clandestinidad, impasibles ante el gesto, se aproximaron con mucha tranquilidad a la barra, mientras observaban a la clientela que había en las mesas y la pidieron cerveza.

Después de bebérsela muy tranquilos salieron del bar sin pronunciar ni una palabra y por la señal del peligro que les había hecho la dueña del bar, los cuatro compañeros anarquistas dedujeron que la gestapo vigilaba el local.

Con mucho cuidado escondiéndose entre los viejos soportales y sabiendo que debían evitar el trajín de las antiguas callejas en donde cualquier patrulla de policía podía pedirles la documentación y detenerlos, para comprobar en la comisaría la autenticidad de los salvoconductos que llevaban.

Roberto después de deambular un buen rato junto con sus camaradas por las estrechas callejas de los viejos barrios de Bruselas, se metió por fin junto a los compañeros en un viejo portal y subieron con gran sigilo la carcomida escalera de la vieja casa hasta llegar a la guardilla.
Allí la desvencijada y vieja puerta aguantó con verdadero estoicismo los golpes espaciados de los nudillos, que fueron tres, seguidos de otros cuatro y de uno al final.

Cuando la puerta al fin se abrió sigilosamente, el rostro de un conocido camarada apareció por el hueco y esté al reconocer a los cuatro que venían, muy contento les con-minó a que entrasen.
Una vez dentro cerró la puerta detrás del último, a la vez que hacía señales con el dedo en los labios para que guardaran silenció.

De puntillas penetraron los amigos en la vieja habitación interior y entonces Anselmo, que así se llamaba el cama-rada, pulsó un resorte de la pared, que estaba camuflado con una escarpia, de la cual colgaba el retrató de Hitler.
En aquel momento y ante al asombro de los visitantes, la vieja pared se abrió silenciosa y los cinco camaradas anarquistas penetraron por el hueco que había dejado la pared al descubierto, sin hacer ruido alguno.

Cuando cerraron tan disimulada puerta detrás de ellos y la luz se encendió en el techo de la inclinada guardilla, Anselmo abrazó a Roberto y a los demás diciendo:

Escuchar bien lo que os voy a decir:
_ Han detenido a una parte del Comité ayer por la noche y alguno de los detenidos ha debido hablar porque la ges-tapo anda por todas partes vigilando los antiguos puntos de reunión.

_ ¿Estamos seguros aquí?
Preguntó Roberto.
_ ¡Sí!… Es el sitio más seguro que por ahora tenemos.
Le respondió Anselmo y continuó:
_ Con el camuflaje que tengo ahora, de colaborador de los fascistas y de chivato, no se atreven a registrar esta casa.

_ ¿Tienes órdenes para nosotros?
_ ¡Sí!…Vuestras órdenes están en un sobre lacrado que se encuentra encima de la mesa.
Les apunto el compañero Anselmo señalando una mesa con la mano, y continuó:
_ Yo debo regresar a mí trabajo camaradas.
En el cajón grande que esta a mano derecha tenéis municiones y armas de toda clase y si marcháis de aquí, dejad todo tal como estaba y cerrar las puertas y la entrada secreta al salir.

Cuando estaban solos Roberto rompió nervioso los lacres del sobre y algo alterado leyó ansioso las instrucciones del Consejo Anarquista.

El texto que le habían entregado estaba escrito en fino papel cebolla y decía lo siguiente:
_ Consejo Anarquista.
_ Bruselas 4 de junio de 1944
_ Órdenes para el comando. A - 42.
_ Primero tenéis que abrir el mapa nº 12 y buscar en las coordenadas 10/30-32/17 en el perímetro de la ciudad de Bruselas.
_ Santo y seña: Rosa negra.
_ Contraseña: Roja y negra.
_ Una vez allí recibiréis instrucciones precisas y al final de este viaje cuando ya estéis todos en Paris, recibiréis por separado las ordenes de acción.
_ La salida y el viaje deberán ser individuales para la seguridad de todos.
_ ¡Salud!

Roberto desplegó el mapa nº 12 sobre la mesa y trazó con una regla y un lápiz las líneas, hasta que halló el punto en donde estas se entrecruzaban con matemática precisión.

El punto de encuentro de las líneas era una calle en pleno centro de la ciudad y en el edificio había un garaje donde se reparaban habitualmente los coches de la gestapo, al tener la policía política alemana su centro operativo en un edificio que estaba próximo al local.

Roberto dedujo por la situación de este local, que la tapa-dera era sorprendente buena para ellos.
Nada mejor que estar cerca de la sede de la policía nazi para camuflarse convenientemente.

Después de comer de las lastas de conserva que allí había los cuatro anarquistas se cambiaron de ropa y con nueva documentación que tenían preparada para ellos salieron pausadamente el uno trás del otro del viejo edificio, muy espaciados y sigilosos y desaparecieron entre el acelerado trasiego de los habitantes de la bella ciudad belga. Se presentaron cada uno de ellos por separado en las ofici-nas del garaje, con el subterfugio de que buscaban trabajo como mecánicos.

En el despacho el jefe de taller les entrevista según van llegando y al oír la contraseña, el responsable del taller los esconde en una habitación secreta que había en un lateral de las oficinas.

Allí dentro el equipo de expertos en ocultamiento, viste a cada uno con el flamante uniforme de SS belga y después los llevan uno a uno hasta la Estación Central de Bruselas con el tiempo justo para coger el tren a París

El largo tren que era mitad civil y la otra militar, al salir de la estación de Bruselas tuvo que ser desviado hacía Estrasburgo y obligado a circular en el triaje de Milouse con infinitas y largas paradas en todos los túneles por el continuo bombardeo aliado de la vía férrea en el centro de Europa.

Tardo el tren dos largos días en llegar hasta su destino y en la madrugada del tercer día y en vagones separados llegaron sin más incidentes los cuatro a la Estación del Norte de la ciudad de París.

Roberto aun cuando iba vestido con uniforme reglamentario alemán, no pudo salir de la Estación del Norte de París sin antes presentar a la policía la documentación en los severos controles de la gendarmería mixta, francesa y alemana.

Todos los papeles de identificación que llevaba Roberto le acreditaban como un soldado que se hallaba en estado de convalecencia de heridas de guerra y ahora retornaba, después de curar sus heridas en un hospital, a una brigada belga de las SS acantonada en Paris.

Como todos ellos hablaban un francés perfecto ninguno tuvo dificultad para pasar todos los controles de la policía y de la gestapo y también porque todos llevaban órdenes escritas del alto mando Alemán que les obligaba a incorporarse en la unidad Belga que estaba en la ciudad.

Los anarquistas pasaron todos los controles sin más dificultades que el eterno miedo natural de los activistas que militan en la clandestinidad porque recelaban de todo y de todos.

Fuera de la estación un destartalado vehículo les aguar-daba.
El vehiculo, tenía sobre el techo un letrero encima de la vieja carrocería, que anunciaba una marca conocida de cerveza que es identificada enseguida por los cuatro españoles.
Discretamente subieron uno detrás del otro en el anticuado furgón sin llamar demasiado la atención y una vez dentro ya tenían dispuesta otras ropas y dispuesta otra documentación, que encajaba con las nuevas ropas que se ponían. Se cambiaron en el camino los ropajes militares que llevaban puestos a cambio de ropajes civiles, mientras tanto la vieja camioneta circulaba con su ritmo asmático por las desiertas avenidas de París hacía el nuevo destino de los denodados luchadores españoles.

La sede que tenía el Consejo Anarquista Español en la ciudad de París, tenían la célula y el centro de su complicada organización ubicada en un viejo túnel de la red del metro.
Era un antiguo túnel que había sido anulado desde hacía tiempo para el trasiego del metro.

La entrada a los locales secretos estaba camuflada con tal maña, que nadie que pasara por allí podía imaginarse que detrás de las gruesas paredes de piedra de sillería estaban los anarquista españoles del maquí.

A esta misteriosa entrada secreta se acedía a través de un ingenioso pasadizo que tenía la entrada por debajo en la baza turca del retrete de caballeros del Café de la Bastilla de París.

La cafetería era muy frecuentada por los soldados y por los oficiales alemanes y solamente el compañero que se encargaba de los servicios sabía como se podía accionar el escondido resorte que hacía que se levantara el cuadra-do de la baza turca en los servicios de la cafetería.

Como este local era grande y espacioso, a los servicios se accedía por un largo pasillo, en el cual se hallaba la mesa del servicio de limpieza de los retretes. Sentado delante de la mesa se hallaba el camarada anarquista que conocía la entrada secreta y era el responsable de la seguridad del centro oculto bajo las baldosas de la plaza de la Bastilla.

El encargado de los servicios era el que accionaba el mecanismo de entrada si le daban como propina una can-tidad exacta de monedas y una contraseña que se cam-biaba todos los días del año.
Solamente entonces invitaba al solicitante a entrar en la letrina turco y una vez que este había cerrado la puerta del retrete, el encargado de los servicios accionaba el mando que abría el pasadizo. Hasta que unos segundos después este volvía a cerrar ese secreto dispositivo y cuando la puerta se habría de nuevo, el compañero que había entrado con la contraseña ade-cuada había desaparecido.
Así entraron en la base operativa de los anarquistas en la ciudad de París, los cuatro maquís belgas.

Las órdenes que recibieron una vez dentro de la sede secreta son precisas y concisas. Roberto y sus compañeros tenían que desplazarse a Montpellier, para adiestrar a los soldados regulares que se estaban preparando para el nuevo ejército de la República y también los grupos de partisanos que después se introducirían en España.

Además debían reorganizar la coordinación de los guías y las nuevas rutas para futuras expediciones de sabotaje en territorio fascista.

Una vez en Montpellier se os informará con más detalles sobre los planes del laborioso trabajo de campo. Ahora os entregaran los camaradas la nueva identidad y todos via-jareis en tren al destino señalado sin contacto alguno entre vosotros.
Y si alguno de vosotros fuera detenido en el viaje, deberá ingerir una de estas cápsulas de cianuro que cada uno deberá llevarse consigo.

Cualquiera de vosotros está autorizado, en caso de peligro para la operación, a ejecutar a cualquiera de entre vosotros que trate de incumplir las normas de seguridad.
_ ¡Salud y suerte!
_ ¡Viva la República!

EL PARDO MAYO DE 1944.
El Coronel Blanco estaba bastante contento por la gran perfección que Paulino Godoy, el Rojo, hacía del papel del caudillo.

La exaltación hacía la persona del Jefe de Estado había aumentado considerablemente en los últimos años por la mucha frecuencia con la cual asistía Franco a cualquier actuación en el cual su presencia fuera necesaria, y la prensa, la radio, el nodo y los medios de información política, se ufanaban de la enorme vitalidad de un líder que se desvivía por acudir a cualquier evento que fuera necesario.

Los Embajadores y todos los nuevos diplomáticos que llegaban a España, comentaban entusiasmados las amenas charlas coloquiales que mantenían sin ningún límite con el Generalísimo Franco.

El doble de Franco asumió tan perfectamente bien su pa-pel, que hasta Blanco dudaba muchas veces si el que estaba presente era el verdadero o el falso. El descubrimiento del gran parecido entre el socialista Rojo y el Caudillo, había favorecido su carrera militar, porque de Comandante de la cárcel en Córdoba él había ascendido rápidamente a Coronel.

En Dos Torres la gente le adulaba y reverenciaba más que nunca porque todos sabían que su Marques, tenía una buena y más que privilegiada posición ante el mismo Caudillo.

Recordaba la noche del día 17 de julio cuando se marchó con la familia en el pequeño automóvil por las peligrosas curvas de la difícil carretera hasta la capital. Se fueron apenas sin nada muy apresurados y solamente con lo que tenían puesto para refugiarse en casa del jefe de falange de Córdoba. La misma noche empezaron las escaramuzas entre los rojos y los fascistas en los barrios obreros de la capital.
La prisa de la falange y el fundamental apoyo de los leales al alzamiento de las fuerzas de la Guardia Civil determinaron la inmerecida toma de Córdoba para las zonas de los rebeldes.
Los grupos de rojos vencían a los rebeldes parcialmente en los barrios obreros y también en los pueblos de la sierra, pero en el centro de la ciudad y los pueblos colindantes mandaban los fascistas.

Las llamadas ejecuciones expeditivas hicieron el efecto esperado entre los ignorantes campesinos de la temerosa y cobarde población civil.
Los que fueron más obstinados y los que no habían sido eliminados, se marchaban a la sierra dejando a los nacionales el terreno libre para poder actuar y así pudimos eliminar a los rojos a nuestro libre albedrío.

La suerte nos acompañó en los días cruciales que siguie-ron al exitoso alzamiento nacional a causa de la cobardía del General Miaja que había avanzado con sus tropas hasta Cerro Muriano y circundó por completo la ciudad de Córdoba sin querer atacarla. Y su extraña actitud pasi-va, salvó a los rebeldes de una fallida sublevación y de paso salvo la vida de los facciosos.

Si el ejército regular republicano hubiese sabido que los rebeldes nacionales tenían tan escasas fuerzas en la capital, en ese momento el más ligero ataque de las tropas que tenía el General Miaja rodeando la ciudad hubiese sido suficiente para apoderarse totalmente de ella.

Cuando llegaron las columnas de apoyo fascistas desde los pueblos de la campiña de Sevilla, con los soldados regulares y legionarios, ya era tarde para Miaja. La toma de los pueblos de los alrededores y el pánico por los fusilamientos expeditivos a los elementos de la izquierda, es lo que provocaría un pánico general en todas las zonas limítrofes.

La población asustada por las noticias que corrían de los fusilamientos expeditivos, abandonaban los hogares y se marchaba hacia los pueblos altos de la sierra dejando sin ninguna defensa a los pueblos de la campiña, que las triunfadoras tropas fascistas ocupaban con facilidad.

Las órdenes en los facciosos eran tajantes y expeditivas. Se fusilaría a todos los sospechosos rápidamente para provocar un intenso pánico entre la población civil. Esa constante pérdida de sangre se hizo sin ninguna medida hasta que se normalizó la guerra y a nosotros los fascistas estas medidas nos sirvieron para despejar el camino y consolidar nuestro frente para unas posteriores maniobras de avance hacía Extremadura.
Se inicio la conquista de España a través de los errores y los fracasos de las desorganizadas fuerzas republicanas.
Fracasaron, porque la ignorancia quiso mandar.

Preparamos después con la tranquilidad que nos daban estas victorias, el futuro enfrentamiento del ejército regu-lar de la Republica, contra el nuestro. Planificando con nuestras disciplinadas tropas los lugares en donde unos enemigos irreconciliables nos enfrentaríamos de verdad.

La batalla decisiva para ganar la Guerra Civil, fue ganada a la República en un frente de la sierra, en la batalla de Valsequillo, un pequeño poblado del alto Córdoba.
La susodicha batalla se extendió hasta el frente de Don Benito en la provincia de Badajoz.

Fue la primera batalla entre tanques en la historia de las guerras modernas. Tanques Rusos en contra de tanques alemanes é italianos, se enfrentaron sin cuartel entre los campos del Valle de los Pedroches.

Cuando se derrumbó por fin, después de muchos meses de dura lucha, el frente de Valsequillo.
Fue el momento crucial para que los ejércitos nacionales empezaran a ganar la Guerra Civil.
Después de esa terrible derrota de la Republica, los pueblos del Valle de los Pedroches que todavía estaban en las manos de los rojos fueron ocupados rápidamente.

Yo por orden directa de la jefatura de falange de Córdoba me hice cargo como capitán de carrera y especialista de orden publico de la organización y de la disciplina de la prisión provincial.

Cuando llegue al penal e inspeccione un poco por encima el funcionamiento general de la prisión me di perfecta cuenta que dentro de sus muros reinaba la anarquía más brutal.

Después de algunos días finalicé con las torturas indiscriminadas que hacían ciertos elementos de la falange a algunos de los presos más significativos, solo por perversión y venganza.

Era el habitual procedimiento que practicaban en la cár-cel con toda normalidad, por el día como de noche unos elementos indignos de llevar el uniforme que se cubrían emboscados en la retaguardia.
Esos querían vengar con sadismo, los sufrimientos y las adversidades que habían pasado sus familias durante la ocupación roja.

Había alguno que se pasaba toda la noche en estado de embriaguez abusando de las mujeres detenidas.
A todos esos sádicos cobardes, les fue aplicada la pena de muerte y después de un juicio sumarísimo fueron ejecuta-dos para ejemplo de los funcionarios responsables de los prisioneros.
Una férrea disciplina se estableció dentro de la cárcel de Córdoba y la impuse yo por la fuerza, la disciplina y por el miedo.

Las listas diarias para ajusticiar a los que tenían verdade-ros delitos de sangre entre los centenares de prisioneros que llegaban desde todos los puntos de la provincia todos los días a la prisión, estaba preparaba y estaba lista por mí personalmente. Para este fin de limpieza necesaria me basaba esencialmente en acusaciones sensatas de los nu-merosos testigos de la represión roja. Esos testigos ocu-lares acudían diariamente a la prisión desde los remotos pueblos de la provincia para identificar a los verdaderos responsables de los miles de crímenes contra la gente de derechas. A mí me servían para valorar y para separar las mentiras de la intrínseca verdad en estos delitos de abuso del poder asesinando a gente inocente.

Blanco que estaba cansado y entristecido por esos trági-cos recuerdos apartó de pronto sus pensamientos de tanta tragedia de la Guerra Civil y se concentro en el trabajo.

Esperaba órdenes de Franco para esta noche.
Esa misma noche Franco ó el doble tenían una cena en el Pardo con el Ministro Alemán de Asuntos Exteriores.

El final de la Guerra Mundial era el principal tema a tratar y como el final del imperio nazi se acercaba a pasos agigantados, todos en el Pardo esperaban con ansiedad la proposición del Ministro Von Papen y la del Embajador Alemán, unas ofertas que podían interesar a España, pero especialmente a Franco.

El Caudillo ordenó al Coronel Blanco que su doble estuviera preparado para sustituirle en la cena con Von Papen y el Embajador, dado que Franco no podía hacer de anfitrión en tan trascendental cena, por estaba obligado por su medico a una rigurosa dieta a causa de la flebitis crónica que padecía y entonces Blanco preparo a Paulino para la delicada cena.

Como la prescripción médica, le impedía beber vino y las comidas con grasa, dejaba en las manos del Coronel el desarrolló de las conversaciones.
Franco antes de retirarse le ordenó a Blanco que al día siguiente fuese informado con todo detalle de las peticiones del Gobierno Alemán para analizar con más calma el contenido de las mismas.

Cuando el caudillo Franco se retiró a sus aposentos privados el Coronel Blanco se acercó a la sala donde estaba preparada y aderezada la mesa para la cena.

En ella había una mesa redonda con tres sillas que esta-ban dispuestas en todo su contorno; el Coronel examinó con mirada de experto la posición de platos y cubiertos; y viendo que todo estaba perfecto, salió a buscar al doble que estaba encerrado bajo llave en una habitación secreta.

Al entrar en el departamento donde vivía Paulino, le vio cómodamente sentado en una de las butacas sumido en la lectura de un grueso libró y ahora sabía más que antes de la vida y del mundo en que vivía.
Tenía una extraordina-ria abundancia de libros en sus aposentos y el los leía con voracidad aprendiendo de ellos y acumulando en el cere-bro la sabiduría literaria que servía para hacer mejor el trabajo de ser en algún momento el dictador Franco.

Al ver en la puerta al Coronel, mostró en su semblante una mueca de sincera alegría por el permanente contacto diario con el extraño militar, despertando en su doliente organismo algún signo de cordialidad.

Blanco entra en la habitación para ordenarle el mandato deseado por el Caudillo y el imitador le agradecía el salir porque le alegraba el ánimo, ya que al menos dejaba por algún tiempo este dorado encierro y la monotonía de los cerrados aposentos.

Blanco al penetrar en el dormitorio del doble del Caudillo le dijo:
_ Se vestirá con uniforme de gala porque esta noche tiene que cenar con dos diplomáticos alemanes en la sala del comedor privado del Caudillo.

_ Estarán con usted en el banquete el ministro de asuntos exteriores Alemán Von Papen, que estará acompañado de su Embajador en España.

_ Nuestro Caudillo está convencido de que los representantes del gobierno Alemán de Hitler nos van a presentar importantísimos asuntos que le vendrán bien al futuro de la patria.

_ Y también debo de informarle de lo apegados que son los diplomáticos al vino español y a la buena mesa. Nada les agrada más que unos alimentos bien condimentados y que estén regados con los excelentes vinos españoles.

_ Así que usted hoy, tiene el sagrado deber de hacer los debidos honores para que los diplomáticos extranjeros se sientan a gusto como en su casa y con el abundante vino de la rioja y así hablen más de la cuenta para sonsacarles el motivo de su demanda.

_ Debajo de la mesa del comedor, los servicios de escucha de gobernación, han colocado micrófonos para grabar las conversaciones que ustedes tengan, para facilitar a usted el trabajo y no tenga que redactarlas después y así no tener que informar al Caudillo después de la recepción con los diplomáticos alemanes.

_ Dentro de media hora entrara usted en el comedor, y esperamos que efectué un excelente trabajo como ya es habitual en usted.

Cuando se marchó el Coronel, Paulino comenzó a vestirse con un traje de Almirante. Era el uniforme que más impresionaría a los comensales, porque la pechera estaba repleta de toda clase de medallas y condecoraciones de todo el mundo.

Cuando el doble del Caudillo penetraba en el amplio co-medor, los alemanes se pusieron atentamente en pie y saludaron a Franco al más puro estilo fascista con el bra-zo en alto y después de un fuerte apretón de manos se sentaron los tres a la mesa distendidos y relajados.

Los exquisitos platos que se sirvieron estaban aderezados y bien regados con los mejores vinos que había en las bodegas del Pardo, lo que efectuaba en los ávidos arios el efecto deseado. Von Papen con la cara arrebolada por el exceso de vino se dirigió a Franco y le habló de la gran cantidad de oro y plata que el Gobierno Alemán tenia la intención de depositar en territorio español, siempre con el beneplácito de su Excelencia el Caudillo, si los países llegaban a un acuerdo.

Si el General Franco aceptaba el espléndido ofrecimiento del Gobierno Alemán, los españoles tendrían un diez por ciento del oro y la plata que se transfiriese.

Franco le preguntó al Ministro Alemán:
_ ¿De que cantidad se trata?

_ ¡Son cinco mil toneladas de lingotes de oro y diez mil toneladas de lingotes de plata!
Respondió Von Papen y siguió:
_ Las condiciones para hacer el depositó en el Banco de España deberán de establecerse esta noche entre vuestra Excelencia y mi persona. Y yó como representante del Gobierno Alemán me aventuro a proponer ahora, que una vez que se haya deducido la parte correspondiente del envío, el resto del oro y plata depositado en España se puedan transferir en lotes pequeños a las gentes que sean debidamente autorizadas. Ustedes transferirán el metal precioso a cualquier nación del mundo y en la moneda que nosotros demandemos hasta agotar las existencias del depósito si es necesario.
_ Eso es todo Excelencia.

Paulino muy sorprendido por la extraña petición del diplomático alemán se volvió rápidamente a su papel de Caudillo, mostrándose por un instante algo dubitativo.

No debía aparecer impresionado por la asombrosa oferta del diplomático alemán, pensó de inmediato el doble del Caudillo, y también pensó enseguida que la economía de la familia Franco se reforzaría cuantiosamente por la gran cantidad de oro y de plata que caería entre las manos del dictador.
Cómo el plan personal de Paulino era la ven-ganza fría y dura, él podría aprovecharse en un futuro no muy lejano de aquellos tesoros para compensar de alguna forma los sufrimientos de toda su familia.

Al finalizar tan personal meditación, el buen imitador de su Excelencia embozó un grácil mohín de asenso a los alemanes, diciéndoles:

_ Apreciado Von Papen…
Nuestros dos países han sido igualados por las victorias del ejército Alemán por toda Europa y ahora a llegado el momento en que nosotros debemos apoyarles a ustedes por las fuertes derrotas que han sufrido recientemente en el frente ruso. España mí querido amigo jamás olvidará los favores recibidos de su mejor aliado.

_ El pueblo alemán mí estimado Ministro, ha ocupado el puesto privilegiado que le pertenece entre los corazones agradecidos de los españoles.

_ La gran ayuda que a prestado el pueblo Alemán al régimen, para colaborar en nuestra victoria contra la masonería y el comunismo internacional son recompensados por mí aceptando su oferta. Y por todos los favores prestados a España, que está agradecida, aceptará sin dudarlo ni un instante las condiciones de vuestra justa demanda.
_ Solamente debo de pediros un último favor, Señor Von Papen.

_ ¿Usted dirá Excelencia?

_ Mí más ferviente deseo es que estas transferencias de metales preciosos, sea secreto de Estado entre mi persona y el Führer.
Sólo un contacto aceptaré para la entrega de los depósitos y será la persona elegida personalmente por Hitler.

_ Nosotros prepararemos un almacén blindado dentro de los terrenos del Palacio del Pardo, en donde serán depositadas y protegidas las preciosas mercancías.
_ Ustedes deberán transportarlas a un puerto español y su preciosa mercancía deberá de estar embalada como si fuesen piezas de maquinas o herramientas industriales.

_ Una vez que la mercancía se halle dentro de España yo seré el único responsable de su custodia y de su traslado hasta el Pardo.

_ Después con la clave secreta que acordemos entre los dos países para poder identificar a la persona que usted autorice, entregaremos en metálico la parte que le corres-ponde al pueblo Alemán.

_ Para la retirada de las partidas de oro y de plata, su enlace nos debe indicar en su momento la cantidad exacta a enviar. Espero por el bien de todos que las cantidades de oro y plata que tengamos que enviar, no sean exce-sivas ni cuantiosas, para así evitar la duda en el mercado mundial de metales preciosos. La orden para el ingreso de cada partida de oro o de plata en el Banco de España, llevará mi firma personal. Y el abonó de las cantidades reclamadas por ustedes se efectuará en la divisa y en la cuenta del país que ustedes quieran.

_ Pero debo de insistir, que las entregas se deben efectuar en los países con normales relaciones con España para evitar las suspicacias y los embargos en el mercado de metales preciosos ilegales.

Von Papen feliz y satisfecho por el éxito de su gestión, entregó al Caudillo un sobre lacrado en donde estaban escritas, claras y precisas, las claves para toda la operación.
Después de dar el sobre al Caudillo el Ministro se aproximó discreto al oído del Caudillo, susurrando el nombre del puerto en donde se descargaría la mercancía.
Recomendando, al doble de Franco, que lo mantuviera en secreto hasta la llegada de la carga al puerto de destino.
El lugar de arribada del barco era el puerto de Santander.

Cuando salían los coches del Embajador Alemán y del Ministro Von Papen por la puerta del Palacio del Pardo, un espléndido y placido amanecer se vislumbraba en el horizonte de Madrid.

Al día siguiente el Generalísimo Franco recibió de manos del Coronel Blanco el sobre lacrado con la cinta donde se transcribía todo la conversación que hablaron en la cena.
Examinaba estos documentos Franco, acompañado por el Coronel, cuando este se dio cuenta de que les faltaba el nombre del puerto en donde desembarcaría el oro.

Prestos los dos se dirigieron a los aposentos de Paulino, para reclamarle el nombre que les faltaba y cuando Paulino les vio entrar supuso enseguida la causa de la presencia personal del Caudillo en sus aposento y dudaba si debería decírselo a los dos o solo al Generalísimo como le había sugerido el Ministro Von Papen.

Cuando el coronel Blanco le preguntó por el detalle que faltaba, el cordobés y Socialista de Belálcazar, se levantó indicando al Caudillo que le siguiera al interior de su habitación.
El Jefe de Estado enfadado por tanto misterio, penetró trás de él y cuando se cerró la puerta le demandó exigente:

_ ¡Ordeno que diga de inmediato el nombre del puerto en donde atracará el barco Alemán!
_ ¡Es en Santander Excelencia!...
La fecha de llegada del navío, es dentro de quince días exactos.

Y finalizo la conversación diciendo sin más embargos al Caudillo:
_ No le informé al Coronel, Excelencia, por órdenes del Alemán Von Papen, que me lo apunto al oído en secreto.

El General muy agradecido por el buen hacer y la lealtad de Paulino y también porque se veía a sí mismo como hubiera querido ser él en realidad le dio un abrazo dicién-dole cariñoso:
_ ¡Gracias compañero!
_ Algún día nuestra Patria os agradecerá lo que estáis haciendo por ella, pídame lo que usted desee, que le será concedido sin ninguna demora.
_ Daré instrucciones al Coronel para que pueda salir usted sólo a pasear por el Pardo.
_ ¡Arriba España!

Cuando el Generalísimo Franco salía por la puerta del dormitorio de Paulino, pensó, que un día sería el mismo el que saldría por la puerta como el autentico Franco sin ocultarse ni avergonzarse de nadie. Y después procuraría tener a sus dos hijos si estaban vivos en este palacio con a él.
Pensando en donde estarían ahora mismo sus dos hijos, se emocionó de tal forma, que unas lágrimas rebeldes de tristeza brotaban y resbalaban por el rostro del veterano campesino de izquierdas.

SANTANDER 6 JUNIO DE 1944
El Capitán del navío de carga Alemán maniobraba contra la fuerte galerna que rugía en este día sobre el Golfo de Vizcaya, entre los canales y difíciles estrechos que había a la entrada del puerto de Santander en el mar cantábrico. Los submarinos que le habían escoltado hasta la entrada del puerto, regresaban navegando rumbo a sus bases y los puestos de guerra. Nadie podía imaginar en este barco, que en este día los ejércitos aliados desde sus bases en Inglaterra habían comenzado la invasión de sus ejércitos en Europa por las costas de la Normandía francesa.

El destino de la existencia humana, y la tempestad, habían librado al navío alemán de ser descubierto por las patrullas de la flota de aviones aliados que patrullaban continuamente el Canal de la Mancha, en el día más trascendental para el mejor éxito de esa gran invasión.

Cuando después de muchas horas de ingentes y jadean-tes esfuerzos de la cansada maquinaria el barco consiguió penetrar por la difícil bocana de la entrada del puerto de Santander; los pasajeros y los marineros que se hallaban en el puente de mando ya pudieron respirar tranquilos.

El SS de más alta graduación, que se hallaba en el puen-te, felicitó al capitán por la maestría y por la pericia con la cual había pilotado el carguero. Las órdenes desde la Cancillería de Berlín habían sido tajantes, bajo ningún concepto, ningún país debería apoderarse de la carga del barco y si hubiese peligro de abordaje, la tripulación deberá sabotearlo y hundirlo inmediatamente.

Y después señalar el punto exacto del hundimiento en las cartas de navegación secretas y evacuar la tripulación en los submarinos que escoltaban a tan misteriosa nave de carga.

Los pasajeros del barco sabían que la guerra para ellos había finalizado.

Entremezclados entre la tripulación viajaban camuflados como marineros mercantes altos oficiales de la gestapo y de las SS, junto a políticos con alguna responsabilidad en la aniquilación de Judíos de los campos de concentración que los alemanes habían construido por toda Europa.

Pero este tema tan peliagudo y sangriento era un hermé-tico secreto de Estado entre Franco y el Führer Alemán.
Los asesinos que llegaban ahora al puerto de Santander eran las mismas personas que se encargarían después de transferir los fondos del tesoro de los nazis a los países de Sudamérica.
En donde los nazis ya estaban preparando la acogida de los más comprometidos para el cambió total de sus identidades.

Está parafernalia se había preparado desde hacía tiempo en Alemania y fue elaborada y planificada concienzuda-mente según el complicado sistema de evasión metódica que había proyectado Heissman.
Lo más trascendental para salvaguardar el futuro de los nazis, estaba a punto de ocurrir.

La reserva nazi de metales preciosos y otros fondos del Partido, era un dinero que había sido robado a los judíos en los campos de exterminio, que ahora se encontraba a salvo en España, muy bien protegidos por el poder del Generalísimo en persona.
Con dificultad, por el fuerte viento y por ser la noche muy obscura y cerrada, atracó el barco en el muelle del puerto de Santander, en donde estaba una grúa de piedra para la descarga marítima.

En cuanto la escalera del barco descendió, subió a bordo el Comandante de Marina de Santander, que tenía órde-nes precisas del Generalísimo de hacerse cargo en persona de la descarga de la mercancía.
El responsable militar del puerto debía de alijar la carga en los vagones del largo convoy ferroviario, que estaba estacionado a pocos metros del barco.

Con la coartada de tener que descargar equipos valiosos para la industria española, la vigilancia en toda la zona de los muelles era muy intensa.
Las compañías del Regimiento de Infantería de Valencia, acordonaban el perímetro del muelle de carga ayudados por los miembros fuertemente armados de la Marina de Guerra.

Cuando se presentó el Comandante de Marina delante del capitán del barco el teniente de Navío le saludo al estilo falangista con el brazo en alto, siendo correspondido por los alemanes que se hallaban en el puente de mando.
El Capitán Hoffman, recibió las credenciales que acreditaban al Comandante de Marina como el único receptor de tan valiosa mercancía.

El Alemán se aparto discretamente hacía un lado, para examinar la documentación presentada, junto con el SS Heissman como responsable y custodio del oro y la plata durante todo el tiempo del transporte, hasta la llegada al puerto español.
Al ver que todo estaba en perfecto orden, sin más preám-bulos Heissman ordenó el Capitán Alemán que abriesen las bodegas y que descargasen las cajas con la ayuda de la pesada grúa que había en el muelle.
Cuando la descarga comenzó eran las tres de la mañana.

Sin tardanza se realizó la descarga de todas las cajas en los vagones de carga y cuando los llenaban, los mismos alemanes eran los encargados de sellarlos y de cerrarlos herméticamente con un marchamo de plomo nazi.
La descarga completa de la valiosa mercancía no finalizó hasta las ocho de la mañana.

Entonces todos los miembros de la tripulación se bajaron de su barco y disciplinadamente formaron en los muelles con el capitán al frente, saludando y mirando todos hacía la bandera alemana.
En este instante, la bandera con la cruz gamada se bajo del mástil de popa y fue entregada por el capitán Alemán al Comandante de Marina, que era el único con poderes necesarios para admitir la rendición del mercante.

Seguidamente fue izada la bandera de España en el mástil del barco y el navío pasó con la tristeza de la tripulación a ser propiedad del Gobierno español con el mismo nom-bre que ahora tenía.
ODESSA, era el nombre del mercante Alemán.

Los marineros y los demás pasajeros del barco montaron con todas sus pertenencias en tres elegantes vagones de pasajeros que estaban enganchados en la cabeza del tren, unos vagones que estaban detrás de las dos maquinas que lo arrastraban.

En la cola de aquel largo tren, había montado sobre unas plataformas ferroviarias varias ametralladoras y un cañón para la defensa del tren y del cargamento.
El convoy arrancó de Santander a las ocho y media de la mañana y sin parar llegó a la estación de Torrelavega.
Allí el tren se detuvo durante todo el resto del día.

Cuando empezaba el anochecer y con las vías libres, el tren inició el camino sin detenerse en ninguna parte hasta que llegó a las cercanías de Madrid, a la mañana del día siguiente, cuando se paraba en la estación del Pardo.

La pequeña estación ferroviaria jamás había visto un des-pliegue militar como en aquel día.
La estación se hallaba ocupada, por una compañía de legionarios fuertemente armados, que vigilaban los alrededores de la estación y no consentían que se acercarse nadie bajo ningún concepto.
La orden era terminante, tirar a matar al primer conato de agresión.

Una columna de camiones militares esperaba la llegada del convoy y en cada cabina se hallaba un miembro de la Guardia del Caudillo al volante, con instrucciones muy precisas de lo que se debía de hacer una vez cargados los vehículos.

El Coronel Blanco con órdenes expresas de Franco dirigía la delicada operación y las cumplía como le ordenaban porque intuía que si esa operación se hacía como estaba planificada por el Caudillo, este agradecido por la labor realizada le compensaría con el ascenso a General.

Cuando el largo convoy entró en la estación, ya estaban dispuestas grandes grúas del ejército para descargar el tren y para cargar las pesadas cajas en los camiones que esperaban la mercancía.

En los autobuses militares que estaban esperando la llegada del tren con los alemanes, se marcharon todos a un destino desconocido.
Ningún Alemán de los que viajaban ese día en el valioso tren se quedó a vigilar la mercancía.
Su misión al llegar el barco a Santander había finalizado y ahora era Franco el que debía cumplir con la parte del secreto acuerdo.

Los camiones al ser cargados salían escoltados por unos motoristas fuertemente armados y se encaminaban hacía una de las puertas laterales de la formidable finca del Pardo, desapareciendo todos los vehículos después en el interior de enorme finca del Caudillo, sin dejar rastro al-guno que les pudiera comprometer

Cuando las cajas del mercante Alemán estuvieron todas ellas apiladas en perfecto orden dentro de una casamata blindada cerca del Palacio y el Coronel Blanco atrancaba la puerta blindada, no se respiro tranquilidad.

Una vez terminado el transporte de las cajas del barco, el Coronel ordenaba a los colaboradores que retirasen los efectivos que habían desplegado dejando solo la poderosa guardia en las garitas y en las alambradas electrificadas que rodean el búnker y su contenido.

Estaba rayando el mediodía, cuando el Coronel Blanco le confirmaba al Caudillo el total éxito de la maniobra.
Franco, muy feliz por el éxito de la operación, llamó al secretario y ordenó que Blanco fuese nombrado General de Brigada y Jefe de su Casa Militar.
El General, tenía el mando de su guardia personal.
Franco le ordenó al secretario que estas órdenes fuesen publicadas en el Boletín Oficial del Ejército.

El Marques de Dos Torres, muy feliz y contento, saludo emocionado al Caudillo brazo en alto y se marchaba sin demora del despacho para decírselo a su esposa.

El doble de Franco se impresiono mucho cuando supo que la mercancía ya estaba depositada en el Pardo. Eso favorecía sus firmes propósitos para el futuro, pero debería de poner mucho cuidado con los pasos que tenía que dar ahora, porque la estrecha vigilancia del general era constante y recelosa.
Aunque últimamente estaba un poco más relajado por la confianza que depositaba hacía su actuación personal y por sus excelentes intervenciones en público.
Se fiaba el Coronel Blanco con la actuación del falso Caudillo que en algunas ocasiones decía que lo hacia mejor que el mismo Generalísimo.

Paulino esperaba que llegase una propicia ocasión para poder hacerse con el mando de toda España y alcanzar el dominio político de los centros del poder económico.
Entonces, cuando lo conseguiría tendría que encontrar a sus hijos y a los parientes que quedasen en Belalcázar para que disfrutaran del poderío económico con él.
Con esos pensamientos entremezclados con tiernos recuerdos de toda la familia, quedó profundamente adormilado el doble del Caudillo, en los suntuosos aposentos del Pardo.
El destino infalible que tenían marcadas a todas las personas, debería decir la última palabra.
Mientras tanto, soñar era fácil, sin riesgos, sin agobios, además él era muy fuerte y tesón no le faltaba.

El dictador mientras tanto, relataba a su señora Carles, la extraordinaria cantidad de oro y plata que les había llovido del cielo; fondos que les llegaban desde las sucias rapiñas del Partido Nazi. Ahora la familia de Franco podía hacer planes más sólidos para su agraciado destino, porque con ese oro y esa plata consolidarían el inmenso poder político que tenían añadiendo todo eso a su poder económico actual.

El valor que tenían en dinero las 15000 toneladas de oro y plata y el valor real de las comisiones del 10 % sobre el total del material almacenado en el Pardo, le servirían a Franco para apuntalarse con las familias poderosas de la renta mundial.

Y ahora ellos se codearían como sus iguales y con el marchamo personal de ser el mejor gobernante que había tenido España. La puerta de los lujos y de las relaciones Internacionales, se abriría de par en par.
Sobre manera, por su señora esposa, que se desvivía con las reuniones sociales y las relaciones de poder del dinero. Los que ahora la miraban con la insolencia de sus títulos y de su sangre azul.
Pero los dictadores siempre tratan de olvidarse de todas las terribles tragedias que había detrás de un oro y de una plata maldita y sucia.

El mismo día del desembarco aliado en Normandía el 6 de junio, entró con el oro y la plata expoliada a los judíos de toda Europa, algunos responsables del genocidio más miserable y espantoso que los seres humanos hallan efectuado jamás en la historia de la humanidad.

Esta es la lista de los que llegaron a España en el carguero alemán, ODESSA:
Adolfo Heissman:
Supervisor general de los depósitos de oro y plata del Partido Nazi, entró en España por el puerto de Santander con falsificada documentación y vestido de marinero.
Después de terminada la II Guerra Mundial se marchó a la Argentina.
Frac. Stangl:
Responsable del campo de Teblinka, que formaba equipo con el anterior para la distribución de los fondos de los SS entre los países de Mundo en donde el dinero fuera necesario.
Emigro de España hasta Sudamérica.
Klaus Barbie:
El llamado carnicero de Lión, que formaba con los anteriores la compleja avanzadilla burocrática de la organización llamada Odessa.
Una estructura nazi que ocultaría por entre los países del mundo entero a la mayoría de los fanáticos asesinos alemanes.
Joseph. Mengele:
El médico más sádico y más criminal de la Tierra.
El doctor sádico que sometió a bestiales experimentos a los prisioneros esclavos, en el campo de exterminio de Auschwitz.
Es enviado a Bolivia donde morirá tranquilamente en la cama.
Vinieron estos criminales y también llegaron otros algo menos reveladores, pero no menos culpables, para preparar el futuro camuflaje de los máximos responsables del gigantesco genocidio contra la especie humana.
El oro de los judíos ayudo a que escaparan de la justicia Internacional.
Además, se trajeron con ellos, a los burócratas que tenían preparados para controlar la economía del partido por todo el Mundo, personajes que no habían sido ni más ni menos sanguinarios que los demás fanáticos asesinos.
Estos son los responsables de proporcionar la huida y la distribución de los más comprometidos. Todos se queda-ron tranquilamente en España camuflados en una institu-ción legal, financiada para coordinar las subvenciones y planificar la llegada de muchos otros responsables por la frontera española de los Pirineos. El objetivo fundamental de los nazis, era lavar el dinero invirtiéndolo en em-presas y grandes fincas en los países sudamericanos.
Allí era donde preparaban la verdadera infraestructura de acogida y el camuflaje de los miembros del Partido y de las SS que consiguieron huir de Alemania.
El capitulo negro de la mayor peste negra que a tenido Europa en toda su existencia, se cerraba en falso por la ambición desatada que tienen los hombres por conseguir acumular oro y plata.
Los nazis se salvaran ahora momentáneamente, ante las propias razones de ser asesinos potenciales, al tener muy corrosivo su corazón y ser los más salvajes y mediocres seres humanos que aún se mueven por los más obscuros rincones del planeta Tierra.

MONTPELLIER 26, JUNIO, 1948
Roberto entrenaba militarmente a los grupos de soldados voluntarios republicanos en los campos secretos del sur de Francia. Con su paciencia y tesón estaba enseñándoles el manejo del sofisticado y moderno armamento militar pesado, que una sólida red de abastecimiento francés del partido comunista les habían proporcionado.
El voluntariado español, se adaptaba para el manejo del material militar de primera categoría y en las tácticas de ofensiva real.

Después de la liberación de Francia el maquís español había acumulado una enorme cantidad de armamento de los alemanes y de todos los incontables depósitos que los aliados tenían de los sobrantes de la guerra que había por Europa.
En el campo de entrenamiento era donde preparaba Roberto a los republicanos con la meta de liberar al pueblo español del dictador fascista.

El duro entrenamiento se realizaba en el campo clandestino que estaba rodeado de alambradas y de una fuerte pro-tección armada. Los amplios campos de entrenamiento y la instrucción militar de los nuevos reclutas, estaban casi siempre situados entre los claros de un espeso bosque y bastante cerca de la ciudad de Montpellier.
La instrucción para el manejo de los tanques ligeros y las ametralladoras pesadas se efectuaba por riguroso turno de día y de noche sin detenerse jamás.

Los soldados republicanos eran avituallados con equipos sobrantes del ejército Americano y tenían una extraordinaria y buena moral de conquista.

Las compañías de los anarquistas que entrenaban Roberto y los demás como instructores y una intensa formación militar que todos los republicanos recibían, hacía que se volviesen más disciplinados para el mando a medida que el entrenamiento de la tropa se intensificaba.

Estaba Roberto en esta durísima y agotadora tarea de instrucción, cuando le llegaba un correo desde la jefatura del campo ordenándole que se presente de inmediato en su despacho del responsable del campo.
Al entrar en el despacho, Roberto le saluda puño en alto diciendo:
_ ¡Salud!...
Roberto Godoy, presente.

El Comandante del campo después de estrechar la mano le preguntó amable.
_ ¿Qué tal se comportan los soldados?
_ Muy bien camarada; su entrenamiento es perfecto; En pocos días están todos preparados y dispuestos para una ofensiva de guerra.

El Comandante que ya conocía su expediente y la efica-cia militar de Roberto, se levanto de la mesa y le dijo:
_ Roberto, le he llamado en contra mi voluntad, porque el Gobierno de la República necesita de su conocimiento en sabotajes y en expertos golpes de mano, para ejecutar algunos objetivos importantes, que están planificados de antemano por los mandos militares.

_ Tengo órdenes concretas de la Junta Militar republica-na para organizar comandos especiales de intervención en territorio español. Unos guerrilleros integrados por los mejores especialistas en golpes de guerrilla y de sabotaje que poseamos. Tienen que intervenir en esta acción, los mejores expertos, porque deberán maniobrar solos, desde el interior de España.
Es una misión peligrosa difícil y arriesgada para infringir daño a los objetivos selectivos y si le fuese ordenado por los mandos también en contra de la existencia del dictador fascista.
La República necesita su consejo y su ayuda, porque usted Roberto es el experto que necesitamos, en territorio español.

_ ¿Se presenta voluntario para emprender esta peligrosa misión?

Roberto, al escuchar la directa pregunta del responsable sintió un estremecimiento en su interior; era la oportunidad que estaba esperando desde hacía tiempo para acabar de una vez con los responsables del asesinato de su gente en Belálcazar. Temblándole la voz por la agitación intensa le dijo al jefe sin titubear:
_ Cuándo usted ordene, camarada, empiezo a preparar la misión.

El responsable del campo impresionado por la entrega de ese indomable Anarquista le confirió en la mano un sobre lacrado, diciéndole:
_ ¡Gracias en nombre de nuestro pueblo!
_ En este sobre encontraras los mapas detallados con las instrucciones precisas para la misión, dijo tendiéndole el abultado sobre y añadió:
_ Usted personalmente escogerá a los hombres que considere idóneos para la misión. Tiene usted carta blanca, así como todo el material que necesite para estar en contacto permanente con su base y tiene ahora prioridad absoluta sobre las operaciones militares en curso.
_ ¡Salud y suerte camarada!

Roberto Godoy, en la soledad de su habitación, examinó atentamente los planos y las instrucciones para la misión; y cuando comprendió los riesgos y lo peligrosa que esta era, llamó de inmediato a su presencia a los compañeros del maquís Belga que estaban en la base entrenando a las tropas.
Cuando les preguntó si querían ir con él a España en unas misiones de guerrillas no titubearon ni un solo instante.

No habían pasado dos días cuando estos cinco camaradas estaban ya preparados para emprender la difícil misión, junto con otro especialista más, que Roberto seleccionó entre los mejores hombres que allí había.

Un camión al que habían preparado la caja con un compartimiento secreto para llevar los equipos, les llevó hasta un pueblo fronterizo de la alta montaña en los Pirineos.

Allí les esperaba un viejo pasante, experto de los pasos fronterizos de alta montaña y un excelente contrabandista que los transportó por entre los serpenteantes caminos de cabras hasta las altas cumbres; que una vez pasadas le situaría al comando en el interior de España.

Cuando después de muchas fatigas llegaron hasta al interior de España, Roberto y la patrulla de guerrilleros se despidió del experto guía, hasta el teórico regreso de la misión.

Los minuciosos planos que tenían estos maquís, y una buena brújula, facilitaron a Roberto encontrar el camino hacía los posibles objetivos.
Andando siempre con la claridad de una blanca luna de verano, por la noche y descansando de día bien camuflados entre la caliente hojarasca del monte.

TOULOUSE JUNIO 1948
Marcos se hallaba en la sede del partido en sus labores burocráticas cuando recibió un correo urgente del Comité Central de París, que le ordenaba que se presentase al responsable del Partido en la Villa de Burdeos con la urgencia precisa.
Cuando llegó por carretera en su coche, ya le estaba esperando en la sede el responsable comunista.

Después de los saludos de rigor el camarada jefe le intro-dujo en una habitación y sin más le entregó un sobre lacrado y sin decirle palabra alguna se fue, cerrando la puerta al salir.
Marcos se enfrasco en la lectura de un abultado sobre y conforme iba leyendo el texto su rostro se volvía rojo por la intensa emoción que tenía.

En el documento ordenaban que debiera viajar a España para planificar un atentado en contra del dictador Franco. Debía efectuar la misión cuando el general Franco viajase en verano a San Sebastián, entre el sinuoso trayecto de su comitiva oficial por las estrechas carreteras vascas.
La rutina del dictador, en el viaje habitual en los días de vacaciones desde Burgos del mes de julio le facilitaría la labor

Las instrucciones y toda la documentación precisa para efectuar la difícil misión, se encontraban en el sobre lacrado adicional.

En cierto punto del territorio vasco español, que estaba señalado en las detalladas instrucciones, un enlace secreto del partido comunista le haría entrega de todo material necesario para que ese especialista en atentados del KGB efectuase convenientemente su labor de sabotaje.

Y cuando al día siguiente estaba anocheciendo, entraba Marcos al volante de un potente y elegante automóvil con matricula diplomática por el paso fronterizo de Irún y les enseñó a los carabineros en terreno español un pasaporte diplomático suizo, que le acreditaba como el Agregado Cultural de la Embajada Suiza de Madrid.

El documento estaba sellado y estaba homologado por la Embajada de España en Berna.
El carabinero después de examinar muy atentamente el documento de identidad entró en los locales de la aduana y no había pasado un momento cuando volvió a salir y saludando le devolvió la documentación.

Cuando la barrera se alzó ante nuestro hombre, ya más relajado rodó por la estrecha carretera que le llevaba a San Sebastián.
Marcos cuando entro a la bella ciudad, lo primero que hizo fue buscar un buen restaurante para cenar antes de ir a un hotel.

El restaurante que escogió al azar estaba a rebosar de uniformados falangistas y de otra gente adicta al régimen.
Como Marcos era metódico para todo, mientras cenaba un buen cocido de alubias rojas y unas tiernas chuletas de cordero, memorizaba el nombre del pueblo donde debería ser contactado al día siguiente.

Pasado su tiempo en el comedor del restaurante y después de tomarse un buen café, como estaba muy entrada la noche y estaba cansado, le preguntó al camarero si había algún hotel cerca donde pasar la noche.

El camarero atento le indicó el Hotel Meliá porque era el mejor de todos los que había en San Sebastián y además se hallaba enfrente mismo del restaurante.
Ya en el vestíbulo del Hotel y tras enseñar al recepcionista el pasaporte diplomático, al que añadió una buena propina, que le ayudo a suavizar de inmediato las inquisidoras maneras del recepcionista de noche.

Ya en su habitación y después de tomarse un buen baño y sentirse más relajado, enseguida sé acostó.
Entonces fue cuando al ablandar sus músculos, sintió dentro de todo su ser el inmenso placer de estar de nuevo en España.

Cuando se despertó por la mañana se asomó a la ventana del Hotel y vio que estaba amaneciendo, enseguida bajo, pagó la cuenta sin propina, por la facha de fascista que tenía el recepcionista de día.

Después de desayunar espléndidamente bien en el mismo restaurante en donde había cenado la noche anterior, se montó su automóvil y enfiló la estrecha y serpenteante carretera que le llevaría sin ningún problema al siguiente destino.

No habría recorrido Marcos cincuenta kilómetros, cuando metió el auto por un sendero que arrancaba de la carretera y no paro hasta llegar a un claro que estaba rodeado de espesos setos.

Allí con una tranquilidad pasmosa realizó el cambió de sus matriculas diplomáticas por otras de San Sebastián y después enterró en un hoyo que hizo en la blanda tierra los documentos falsos que había usado para penetrar en España y vertió en el hoyo el contenido de una botella de ácido nítrico y después lo tapo.

Quería borrar cualquier rastro de sí, en el hipotético caso de que las alimañas escarbando descubrieran el contenido que había dentro del agujero.

Con un flamante carnet de identidad español falso y una nueva documentación que le confirmaba como miembro destacado de la falange, volvió de nuevo a la carretera y después de rodar algún kilómetro de curvas enrevesadas nuestro hombre llegaba por fin al pueblo de destino cuando ya estaba muy entrada la fresca mañana.

La posada del pueblo en donde se hospedaba tenía el aspecto ancestral de las ventas antiguas que había por doquier en los antiguos senderos de montaña y en los enre-vesados caminos de toda España.

El pueblo vasco se caracteriza fundamentalmente por la simplicidad del parco, simple y austero lenguaje que obliga y retrotrae a sus simples habitantes, hacía unos antiguos tiempos en los que todos adoraban a las vacas blancas como símbolo de una gran pureza y de una fuerte y fiera raza autóctona.
Todos se reunían alrededor de un roble anciano en el bosque, para tratar todos los asuntos sociales que su escueta y simple sociedad necesitaba, y los consejos de ancianos prevalecían sobre las opiniones más radicales de los jóvenes.

BURGOS, 16 DE JULIO DE 1948
El General Blanco estaba despachando junto al Caudillo los últimos detalles de su anual viaje a San Sebastián y este señalaba al Generalísimo todas las medidas que ha-bía tomado para tratar de evitar un atentado contra su persona. Franco estaba tan feliz y contento, que se animó a decir al General Blanco en una extraña tónica de humor que está vez él sería el que viajase a la bella Easo, y argumenta con convicción, de que esa vez tenía que darse los obligados baños de mar por prescripción del medico de cabecera y así mejoraría la circulación de las piernas.

El jefe de la guardia personal ni se inmutó.
Sabía que su deber era obedecer todos los deseos del Jefe del Estado y ya estaba muy acostumbrado a los continuos cambios de actitud.

Una vida tan monótona y austera del representante del pueblo español, no era ninguna agradable manera de vivir para los hombres.
La misa todos los días, acompañado de la comunión diaria; al que le seguía un desayuno frugal, de leche caliente acompañado de unas simples galletas.
La comida del mediodía, era algo más consistente pero no era variada, no había en la mesa del caudillo un plato anómalo jamás.
Las verduras eran sus platos preferidos a las cuales algunas veces le solía acompañar un buen filete de solomillo de ternera.
La cena, la más frugal de todas, se componía de un plato de fruta variada y un flan que era regado con abundante caramelo, como si el dictador fuese un crió glotón, goloso, antojadizo y con las manías habituales del más empalagoso párvulo que jamás haya existido bajo la faz de la tierra.

Como las voluntades del Caudillo, se cumplían sin rechistar, el convoy estaba ya preparado y revisado en la Plana Mayor del Regimiento de Automóviles en la quinta de Burgos.
Chóferes y escoltas deberán de presentarse en Capitanía General, por la mañana a las nueve en punto.

La misma noche, Paulino supo por el General que él se quedaba en Burgos y allí debería de atender a todas las demandas de los Jefes de Estado Mayor que estaban desplazados en la frontera con los Pirineos, para coordinar futuras acciones en contra de la pretendida invasión.

Además tenía que estar presente en Madrid el día 18 de julio por la mañana en el tradicional desfile de la victoria. Esta misión era obligatoria para el doble o para el legítimo dictador y el que estuviera presente era el que tenía que asistir a esos obligados actos castrenses.

Si él se quedaba en Burgos, era mejor para el, porque estaba hartó de los caprichos del dictador.

Y como el Teniente General tenía obligación de acompañar en los viajes al Caudillo, la autonomía total estaba ya asegurada en la Capitanía de Burgos y como sustituto del jefe del Estado en estas instalaciones militares sería libre cuando se marchasen los dos.

Sobre las nueve y media de la mañana fue cuando desde la ventana de sus aposentos los vio partir en silencio.
Salieron sin hacer ningún ruido y sin sirenas de los escoltas hasta que la larga comitiva oficial enfiló la carretera hacía el norte.

Paulino ya más tranquilo llamo al ayuda de cámara y le ordena que le sirva un apetitoso desayuno. Y cuando dio fin al espléndido almuerzo, mandó que le preparasen un baño caliente para relajarse un poco de la enorme tensión y de la monotonía pasada. Se hallaba en esa labor de aseo cuando sonó el teléfono y la voz de la secretaria le anunció la visita a las once en punto del Cardenal Primado de España y el representante oficial del Estado Vaticano ante el generalísimo.
Le recibió, porque el Cardenal había regresado apresurado desde el Vaticano para informarle del resultado de las conversaciones que había tenido con el secretario de Estado Norteamericano sobre el futuro de España en Europa.

Paulino se acicaló despacio, ayudado por su disciplinado y diligente asistente y aunque todavía faltaba más de una hora para la reunión, como tenía tiempo de sobra, vestido y ya preparado para la recepción se enfrasco en la lectura de los periódicos del día, que aparte de los chismes y enredos habituales, todos ensalzaban la figura del Caudillo.
Sólo el diario oficial de la falange, Arriba, era el único que se atrevía a comentar con escritura sutil la probable invasión armada del Valle de Aran por el ejército exiliado rojo en Francia.

Cuando el Cardenal entró en el despacho, el falso Franco se levantó prestamente y se le acercó para besar el anillo del Primado de España.
Este benévolamente, suplicó que no lo hiciese, diciendo que Franco estaba dispensado por el Santo Padre como fiel defensor de la cristiandad.

Paulino ofreció al Cardenal una cómoda butaca mientras él se sentaba en el diván preguntándole si su eminencia deseaba comer o tomar alguna cosa.
Ante la negativa del Primado le preguntó:
_ ¿Cómo han respondido los norteamericanos?

_ ¡Excelentemente!
Respondió el Primado y continuó:
_ Creó con firmeza, que el Ministro de Asuntos Exteriores de esa Nación norteamericana, es más anticomunista que usted mismo excelencia.
Me ha dicho que jamás permitirá que vuelvan a España las hordas rojas.
Respondió el cardenal y prosiguió:
_ El Secretario de Estado le requerirá al general Deguol el desarme incondicional de todas las fuerzas de invasión que se hallan preparadas ante la frontera Española. Pero Norteamérica desea que deberán darse en España algunas señales de cierta libertad democrática al conjunto de la ciudadanía. Y sobre todo pide que ponga punto y final al fusilamiento indiscriminado de militantes de la izquierda radical que están en las cárceles del país.

Paulino en su papel de Caudillo disimuló un gran enfado ante tal demanda del norteamericano.

El Cardenal Primado al contemplar al glorioso Caudillo de esta guisa, se alarmó y preguntó al Generalísimo si le sucedía algo.

Paulino siguiendo la burda comedia del cruel dictador, se repuso enseguida y dijo al Cardenal que su gobierno tomaba debida nota.
Le dijo que trasladaría la demanda del Secretario de Estado Americano, para así poder tratar este asunto, en el próximo Consejo de Ministros.

Cuando el Cardenal marchó, paulino se encaminó al comedor privado de Franco en donde tenía la mesa aderezada con sabrosos platos que estaban regados de los excelentes vinos de la Rioja que tenía la bodega del Pardo.
Comió ese día Paulino Godoy, como si estuviera viviendo en el paraíso.

Después de comer prepararía la marcha para asistir al desfile de la victoria en Madrid.
El desfile de la conmemoración de la victoria del día 18 de julio le fastidiaba sobre manera, pero no tenía más remedio que asistir; debería de estar allí presente saludando y estrechando la mano a tantos lameculos y aduladores.
Pero al menos ahora estaba sólo sin que nadie le ordene lo que debería de hacer.

En estos precisos instantes el campesino socialista del pueblo cordobés de Belálcazar tenía en sus manos todo el poder absoluto de la nación española.
España era suya y podía hacer con ella todo lo que le viniera en gana, sin tener responsabilidad alguna, ni ante Dios, ni delante del mismísimo diablo que se presentara al instante.
Querían tener un doble del dictador, pues ahora lo iban a tener con creces cuando le faltase el original y sin tener otro dictador que le imitase como él.

SAN SEBASTIÁN 16 JULIO DE 1948
Marcos se hallaba sentado ante el pedestal de una antigua cruz de piedra que estaba al pie de un viejo cementerio en el pueblo Vasco de Aitzgorri.

Se recostaba en un monolito que antiguamente era usado por los sádicos eclesiásticos y por otros legos inquisidores, para hacer padecer al pueblo ignorante la penitencia en esos pomposos sacrificios religiosos.
Estos hitos sim-bólicos que los arcaicos y fanáticos clérigos, colocaban como aviso en las cercanías de cementerios y entre los cruces de caminos, porque querían que los cristianos que pasasen por ese lugar, sintiese terror ante las posibles penas de hoguera que el altísimo Jehová podía imponerles a todos los penitentes que no fueran fieles a su Iglesia.

Marcos estaba indeciso.
Había salido desde la casa de huéspedes donde se alojaba muy temprano buscando la frescura de la noche para así poder pensar fríamente un poco antes de que comenzase el amanecer. Quería despejar las ideas para poder pensar con el sentido razonado, el siguiente paso que tenía que dar.
Paso que por su cansancio acumulado y por la clásica indolencia ante los inminentes riesgos, el ritmo cardia-co se aceleraba desordenadamente.
Quería preparar debidamente todo el material que necesitaba para el atentado.
No había pegado ojo en toda la noche y ahora que había salido a la calle para despejarse y para espabilarse camina bordeando la aldea en su contorno.
Caminó durante largo tiempo con paso ágil por el encrespado camino que rodea al antiguo pueblo Vasco. Caminaba ciego sin fijarse en el barro que pisaban sus fuertes botas por la rosada que aún no había terminado de caer.
Al andar por los senderos, hacía caso omiso de los furiosos ladridos de los perros, que desde los corrales le importunaban al pasar.
Pero nada en el mundo era tan importante para él, como la difícil misión que le había confiado el partido.

Los camaradas del Comité Central le habían expuesto con todo detalle, antes de partir, la pauta a seguir para el exacto trato de toda la operación y hasta ahora su trabajo se desarrollaría a la perfección y sin ningún problema.

El enlace que debía de contactar con el, en España, había llegado la tarde anterior a la pensión donde se alojaba.
El correo, ataviado de sacerdote, le inquirió a la dueña de la fonda si se hospedaba en su fonda, Enrique García, que cómo era su hermano, deseaba saludarle y abrazarle.

La mesonera solicita y respetuosa, al tratarse de un cura, avisó enseguida, al tal Don Enrique y cuando bajo hasta la recepción emotivamente se abrazaron los dos delante de la rolliza matrona vasca.

Lagrimas de ternura corrían por la cara de la dueña de la pensión enternecida por la emotiva escena.

Una vez los dos hombres solos en la habitación, la escena cambió de repente.

Primero los dos expertos militantes se aseguraron con sus contraseñas establecidas para la seguridad, de la fiel identidad de cada uno de ellos y después más relajados, el falso sacerdote le hizo entrega de la información que necesitaba y de un maletín de cuero, que contenía armas y los medios técnicos necesarios para que el especialista pudiese ejecutar con garantías tan delicada operación.

Cuando el falso sacerdote desapareció del escenario, todo el desarrollo de esta misión dependía solamente de su coraje personal y de su buena preparación en sabotajes. Para estas misiones había sido entrenado en la Unión Soviética por la KGB y ahora lo tenía que demostrar en la práctica.

Un golpe mortal al Caudillo de cualquier forma que se ejecutase sonaría en España, como resuenan los truenos en una furiosa tormenta.

Al rayar el alba que lentamente despuntaba en el horizon-te animó a Marcos a levantarse de la cruz y volver hacía la pensión.
Al entrar en la posada tenía las ideas mucho más claras. Había pensado en las maniobras que debería hacer para realizar la misión con seguridad; porque así era la arriesgada labor de un perfecto ejecutor profesional del partido.

Planificó con matemática exactitud una ruta de escape para desaparecer después del atentado y marcharse para siempre de aquel maldito lugar.

Mañana era el día señalado para la ejecución del importante y trascendental golpe de mano contra del dictador de la España fascista y estaba listo para ejecutarlo.

Marcos solo debería de esperar hasta que pasase la larga comitiva oficial de Franco, porque él estaría esperándole desde los altos farallones que dominan la difícil y sinuosa carretera de San Sebastián.

A tan ceñida senda entre los altos farallones de las altas montañas se unían las cerradas curvas que tenía la torcida carretera; lo que obligaría a los coches de la comitiva del dictador a circular despacio.
En este preciso instante, es cuando Marcos con el rifle de grueso calibre, con mira telescópica y con balas explosivas que había recibido, se encontraba en perfecto estado para consumar el delicado y difícil trabajo.

Marcos liquidó la cuenta en la vieja fonda antes de reti-rarse a dormir, y al preguntarle la dueña porque se iba pronto, le indicó que se marchaba porque su hermano el cura se hallaba enfermo y le necesitaba a su lado en un pueblo cercano a Pamplona.

Con las mejores indulgencias de la amable señora, que deseó a su hermano una pronta mejoría, tomó Marcos el volante de su coche y enfiló a una velocidad moderada la estrecha carretera en dirección a San Sebastián, abandonando Aitzgorri para siempre.

Ahora estaba dispuesta la maquinaria humana para dar el punto final a la existencia de un dictador que no debía de haber existido jamás en la patria española.

La negra sombra de la muerte iniciaba el camino para la redención del sufrimiento humano en la Tierra y Marcos era el brazo ejecutor de esa eterna sombra inmortal.
Una sublime sutileza que no encajaba bien en la teoría de la inmortalidad divina que nos dejaba el Creador de la vida del hombre, cuando nos creo a su imagen y semejanza en el Jardín del Edén.

BURGOS JULIO DE 1948.
El General Blanco como jefe de las escoltas estaba preo-cupado por la seguridad del Caudillo.
La información que había recibido de los servicios secretos españoles en el extranjero, le anunciaban que había muchas posibilidades de que intentaran atentar al séquito, en el trayecto que el Caudillo hacía por carretera desde la Capitanía General de Burgos a la casa veraniega de San Sebastián.

La información que recibió decía escuetamente que tenía que preparar adecuadamente a los escoltas para la posible defensa del Caudillo, ante un casual atentado terrorista:

Era la información de una fuente segura, recogida por los agentes de espionaje en los centros republicanos de París, Burdeos y Lión, y advierten que de Francia han pasado para España, destacamentos de guerrilleros fuertemente armados.
Todos tienen la misión de desmontar los falsos frenesíes que adulan al Caudillo y que la plebe tiene en los pueblos y en las ciudades de España.

Además, la misión principal de esos comandos es atentar contra las propiedades y contra las personas de todos los incondicionales al régimen.

No descartaban los agentes del servicio secreto, que en la misión de estas patrullas de guerrilleros rojos hubiese terroristas que tengan como objetivo básico atentar contra la caravana del generalísimo.
Porque todos sabían que en los días del verano tiene lugar el acostumbrado viaje del General a San Sebastián por carretera.
El viaje se efectúa, siempre desde la ciudad de Burgos, hasta su residencia ercana a la playa de la concha, en la bella capital de la provincia vascongada.
Hay un peligro muy posible, de un atentado terrorista, a la comitiva de su Excelencia el Generalísimo y Blanco que fue especialista en golpes de mano contra el ejército rojo durante la guerra civil, estudió junto al Capitán de la Guardia de Franco el trazado de la carretera de San Sebastián.
Señalando con trazos rojos, sobre un mapa, los posibles puntos negros que tenía este recorrido oficial y desde donde se podía atentar contra los vehículos de esta comitiva.
Una vez acabado el estudió exhaustivo de la difícil orografía de la carretera por donde los coches de la comitiva de Franco debían de pasar.
El General envió órdenes a todas las casas Cuartel de la Guardia Civil que estaban más cerca de los puntos negros del complicado recorrido.

En el parte oficial ordena que los mejores especialistas en atentados de la Benemérita reconocieran todos los puntos negros que estaban marcados en el mapa, en busca de las posibles trampas explosivas y ordena al Capitán de línea, que disponga de patrullas bien armadas para la vigilancia de los puntos negros hasta que pasen todos los coches de la comitiva oficial del Caudillo.

Cuando un nutrido número de guardias civiles al mando del Capitán de línea llegó a las curvas, los especialistas guerrilleros hacía tiempo que habían enterrado debajo de la cuneta y de las curvas cerradas las poderosas cargas explosivas que estaban conectadas por unos sistemas de cableado eléctrico hasta un cebador de magneto para que las activase el observador desde lo alto de la montaña.

Los cables de estas conexiones que subían hacia los altos, estaban enterrados y camuflados debajo de la vegetación y la hojarasca, en donde estaban escondidos el grupo de partisanos anarquistas que dirigía acertadamente el gran experto y maquís Roberto Godoy, el hijo de Paulino, el socialista de Belálcazar.

Los guardias al llegar, con diligencia y oficio se dedica-ron a buscar los explosivos con verdadero celo e interés, revisando las cunetas y las curvas de la carretera.
Pero los guardias no advirtieron nada anómalo en el largo kilómetro de las peligrosas curvas, aunque buscaron los explosivos exhaustivamente en las cunetas.

A una orden del Capitán los guardias se desplegaron de forma estratégica escondiéndose entre peñascos y en los matorrales la mitad de los efectivos.
La otra mitad de guardias fueron enviados al mando de un Sargento a poner algunos controles antes de la zona de curvas y para que patrullasen a todo lo largo de la sinuosa carretera.

Todo vehículo que circulara por esta carretera debía ser concienzudamente registrado y comprobada toda la carga y también la identidad de los ocupantes.

Cuando en los controles detuvieron al vehiculo en el que viajaba Marcos, este mostró a los guardias la documentación que le acreditaba como miembro de falange, junto con un salvoconducto firmado por el mismo Gobernador Militar de San Sebastián, en el cual estaba autorizado a circular libremente por toda la provincia.
El guardia al leer el documento, saludó brazo en alto y sonriendo le dejó pasar.

Marcos, que estaba acostumbrado a los peligros y tenía los nervios bien templados, aceleró despacio el vehículo y mientras circulaba lentamente con su coche por delante de los guardias los iba contando.

Después de franquear todas las curvas y pasar por el desfiladero, se desvió a la derecha por un estrecho camino forestal que le subiría hacia las montañas con mucha inclinación, hasta que llegó al claro del bosque en donde estacionó el coche.
Borro todas las marcas que habían dejado las ruedas al subir y con calma de experto abrió el maletero, sacó el maletín y una mochila, se cambió su ropa civil por otra más cómoda de camuflaje y después de cubrir todo el coche con ramas y hojas secas, inició a pie la subida hacia los altos farallones que dominaban todas las curvas de la sinuosa carretera.

Mientras subía lentamente con su pesada carga por el empinado sendero, el excelente partisano comunista, no dejaba de cavilar, las posibilidades que tenía para terminar felizmente su misión.
Los pensamientos y los recuerdos de su juventud, se acumulaban en su cerebro y aun cuando él tratase de olvidar en los momentos difíciles de su azarosa vida, aún no había podido conseguir alejarlos de su mente, por esa apacible tranquilidad que había en las altas montañas de la cornisa cantábrica.

MONTAÑAS, SAN SEBASTIÁN, JULIO 1948.
Roberto caminaba muy rápido por el quebrado y estrecho sendero de montaña, apenas visible por una espesa neblina que se pegada al collado.
Caminaban por la Sierra de Aralar, en las estribaciones de los Montes Vascos muy cerca de una antigua comarca llamada Leiza.

Roberto abría la senda al frente del pelotón de partisanos republicanos, dotados de toda clase de armas ligeras; un material que habían pasado a España con fatiga desde Francia, para efectuar la misión especial que le había ordenado el Gobierno de la República en el exilio.

Caminaban por los Montes Vascos, vigilantes, con una metralleta stein cargada y bien apretada contra el costado y con el dedo en el gatillo para disparar de inmediato.
La cuadrilla de partisanos estaba en disposición de repe-ler velozmente cualquier ataque por sorpresa de la Guardia Civil ó del ejército del dictador.

Todos avanzaban atentos bajo el peso de unas abultadas mochilas, cargadas hasta reventar con la provisión adecuada de municiones y la comida necesaria para subsistir en la alta montaña y de la fiera hostilidad de sus eternos enemigos.

La columna del maquís, cuando se esfumaba la pesada niebla, contempló de lo alto de la montaña en la lejanía la aldea de Leiza y justo a los mismos pies del pueblo, ya vislumbraban las serpenteantes curvas de la carretera nacional que iba a San Sebastián.

El grupo de Roberto, llegó sano y salvo, a un claro entre las altas peñas que se encontraban por encima de la carre-tera de San Sebastián y estaban por ello todos alegres y satisfechos porque habían llegado todos sanos y salvos al objetivo militar. Roberto decidió levantar el campamento y pasar la noche que se les estaba echando encima.
Los hombres que componían la partida cenaron frugalmente de las latas de conservas que llevaban y después de cubrir los puntos de guardia; los demás se enfundaron en los sacos de dormir individuales y rápidamente se quedaron dormidos por agotamiento.
Todos ellos habían finalizado por fin la larga marcha desde la frontera francesa hasta su objetivo.

Un poco antes de que despuntara el amanecer, ya estaban despiertos y tomaban una excelente dosis de oloroso café caliente, con la añadidura de rebanadas de una hogaza de pan tostado entre las brasas de una hoguera y untado de roja manteca de cerdo.

Roberto era el que gobernaba el pelotón de guerrilleros cómo máximo responsable del Comité Anarquista en esa misión de guerra y estaba satisfecho con todos ellos por la gran profesionalidad de sus hombres

Con extrema precaución Roberto estaba camuflado entre los espesos matojos y arbustos, observando desde las alturas las sinuosas curvas de la carretera con prismáticos de guerra; estaba buscando el sitio exacto donde debían colocar las cargas explosivas plásticas para finalizar el trabajo de sabotaje que le había ordenado realizar el Gobierno de la Republica en Francia.

Después de observar y de analizar todos los puntos de la carretera en donde podían colocar las cargas, Roberto se decidió por una de las cerradas curvas de la vieja carretera que le pareció que era la más idónea para colocar los explosivos.
Entonces comunicó al especialista que debían colocarlas en el eje de la segunda curva, porque era el punto más adecuado de todos los que había visto.
Allí los vehículos de la larga caravana del dictador debían ralentizar forzosamente la marcha por la dificultad de las mismas.

Era un excelente enclave que Roberto había localizado para enterrar la gran cantidad de explosivo plástico que ahora necesitaban para poder realizar convenientemente el atentado al Caudillo.
Respuestas ya existentes para el anterior mensaje:
Roberto ordenó a sus hombres, que además de las cargas principales, colocasen otras dos cargas más añadidas, una a la entrada y otra a la salida de la serie de curvas.
Estas dos cargas se tenían que poner para poder entorpecer la posterior persecución después de hecho el sabotaje.