SAN PEDRO DE MERIDA: Paulino muy sorprendido por la extraña petición del...

Marcos por más que lo pensaba no podía imaginar que sería lo que estaría haciendo ahora su amigo y hermano Roberto. Y aunque desde hacía bastante tiempo los hermanos no se veían, al estar separados por la guerra, el sabía que Roberto actuaba como guerrillero del maquí en un terreno de riesgo, en una zona belga que está entre la ciudad de Namur y la frontera Francesa.
Es un territorio de grandes bosques llamado las Ardenas y Marcos tenía la completa seguridad de que Roberto se escondía en los tupidos bosques de un lugar llamado Fagminoul.

En esos impresionantes bosques era donde estaban apostadas y bien protegidas por la frondosa espesura de los árboles las divisiones acorazadas de las SS alemanas a la espera de un posible y apremiante desembarco aliado en el Canal de la Mancha.

Roberto y sus ayudantes del maquís, se escondían en las proximidades de la ciudad de Namur alrededor del cauce del rió Meuse.
Una pequeña ciudad que tenía un esencial y estratégico nudo ferroviario militar, por donde forzosamente deberían de pasar todos los suministros alemanes que iban dirigidos a las guarniciones costeras en el Canal de la Mancha.

Las Ardenas era una antigua región boscosa que fue en lejanos tiempos una importante capital del departamento Sambre-et Meuse.

Marcos sabía que este punto era bastante caliente, porque la ciudad de Namur al iniciar los alemanes la ofensiva relámpago en contra del ejército ingles y el francés, sería completamente arrasada por un terrible bombardeo que padeció durante el avance Alemán hacía la costa de Dunquerque, al inicio de la II Guerra Mundial.

Marcos cansado de recordar tantas cosas, despachó los documentos que redactaba para ser distribuidos entre las células del Partido en París y cuando lo finalizó, se retiró a dormir porque estaba cansado de tanto papel.
Un penoso trabajo que no es en principio su mejor responsabilidad por estar preparado para trabajos militares.

El estaba adiestrado para trabajos de campo y había solicitado al Comité Central del Partido su inmediato traslado para la resistencia armada en el interior de España.

Argumentando a sus dirigentes comunistas que deberán de servirse de su específico entrenamiento militar para utilizar esa preparación en contra del franquismo. Porque él en contra de los alemanes lo había demostrado ya con creces en infinidad de golpes de mano. Pero la dirección del partido siempre le respondía que aún no había llegado el momento para atacar de firme al régimen de Franco. Y se disculpaban diciendo que ahora el objetivo más importante para el partido, era derrotar al ocupante fascista de Europa, porque la prioridad de ellos como comunistas eran los nazis, porque en esos tiempos el imperioso deber de un buen comunista se concentraba ahora en ayudar a la Unión Soviética desde Francia.

La primera misión del Partido en territorio francés, era la destrucción de los lugares estratégicos del enemigo, para retener a las tropas alemanas en territorio francés el ma-yor tiempo posible y así darle un esperado respiro al castigado ejército soviético que batallaba sin tener una pausa ni un respiro en los fríos e inhóspitos frentes rusos.

Su misión ahora era entretener a base de nuevos atentados a unas cuantas unidades alemanas que hacían falta inaplazablemente en el frente del este, aligerando de alguna forma la presión que ejercían los ejércitos alemanes sobre la madre Rusia.

Marcos transigía en esa política y seguía su rutina diaria burocrática y ese trabajo no le impedía que alguna vez el grupo organizara algún sorprendente golpe de mano ha las tropas alemanas acantonadas en París.

Evocaba los atrevidos actos de guerra en los que el había participado con el Maquís español de París y uno de los hechos lo recordaba de manera especial porque fue en su día el más importante y juicioso atentado en contra de las tropas ocupantes por su gran espectacularidad.
Se trata de un asalto a la sede central de la policía secreta alemana, que era el baluarte de la temida gestapo, para poder liberar a los camaradas del partido que la gestapo torturaba en los calabozos que estaban en los sótanos de ese triste edificio.

Los hombres que participaron en aquel asombroso golpe de mano vestían todos uniformes alemanes que se habían robado en la intendencia alemana.

La invasión de la sede principal de la gestapo en Paris, la hicieron los maquís ataviados de soldados y de oficiales de las SS, montados en los vehículos alemanes sustraídos por la fuerza a las patrullas de vigilancia nocturna.
Penetraron en el siniestro edificio con la documentación falsa, al anochecer, en el patio de la sede y prisión de la gestapo que estaba vigilada por las SS.

Los centinelas, al comprobar que éramos alemanes y teníamos todos los papeles en regla, nos dejaron pasar hasta el edificio interior en donde estaban las celdas y el departamento de la gestapo.
Entre los papeles que presentamos a los miembros de la gestapo para acceder al prisionero, había uno que decía que estábamos autorizados a interrogar a Michael Trufo, un cautivo del Maquís que estaba en sus calabozos.
Presentamos las credenciales firmadas por el Gobernador Militar de París, Von Choltiz, el cual apuntaba en el escrito, que daba carta blanca para actuar de la forma más conveniente y segura para dar el mejor final al servicio encomendado.

La media docena de miembros de la gestapo, que se ocu-paban de interrogar a los presos esa noche, aun cuando estaban algo recelosos con nosotros se vieron impotentes para pedir la confirmación de la orden que llevábamos.

El teléfono hacía el exterior no comunicaba porque un equipo nuestro, les había cortado las líneas que salían del edificio hacía el exterior.
Los asesinos nazis cansados de llamar al despacho del Gobernador sin poder lograrlo, enervados, nos dejaron al final una dependencia de los sótanos.
Y esta fue su ruina, porque uno a uno los fuimos eliminando, hasta que dejamos limpió de asesinos tan lúgubre sótano.

En esa noche liberamos a todos los presos que allí había y después salimos por las enormes puertas del edificio imperturbablemente, montados en los furgones alemanes sin ser detenidos por los SS de la guardia.

Y como hasta la mañana no se hacían los cambios de la guardia y cambiaban el turno los hombres de la gestapo, no descubren a los muertos en los sótanos. Entonces fue cuando dieron la alarma general, pero ya era muy tarde para encontrar a los responsables.
Los presos y los maquís que habíamos intervenido en el temerario golpe de mano a la policía nazi estábamos ya escondidos y a salvo.

Desde aquel día la gestapo de París se mancilló tanto que el propio Himmler decidió sustituir a sus policías por uni-dades de los SS en la cárcel y en la búsqueda de los atrevidos saboteadores.
De esa pasta estaba echo Marcos, el mayor de los hijos del doble de Franco, Paulino Godoy.

El día 6 de junio en cuando despuntó el alba desembar-caron los ejércitos aliados en las playas de Normandía, ante el asombro de Hitler que lo había previsto y anun-ciado a sus generales con bastante anterioridad.

La ignorancia en una disciplina militar fue lo que perdió al terrible dictador, dejando a las mejores divisiones aco-razadas alemanas en la otra orilla del Sena.
Hitler tenía algunas razones para creer que este desem-barco en Normandía no fuese una falsa maniobra de dispersión de los ejércitos aliados.
Hitler creía que el desembarco aliado se efectuaría en el paso de Cale, porque era el trayecto más corto desde las costas de Inglaterra.

Llegado el momento de comenzar la acción armada sería cuando Marcos comenzaría a actuar por su cuenta sa-liendo de la tediosa rutina burocrática.

Empleó sus conocimientos en golpes de sabotaje contra las tropas que se movían por las carreteras y los caminos de la Francia, destruyendo unos equipos que servían a los alemanes para matar. Unidades de reserva que acudían en auxilio de las frágiles divisiones costeras para la defensa, que se apostaban frente al mar. Las Unidades alemanas estaban compuestas en su mayor parte por voluntarios y soldados de los países del Este y entre ellas había pocas tropas alemanes autenticas en toda la zona de Normandía.

Con tan intenso bombardeo, la supremacía aérea aliada y unos efectivos golpes de mano del maquí. Los ejércitos nazis retrocedían en todos los frentes y la invasión aliada se convertía por momentos en una verdadera riada im-parable de tropas, vehículos y armas de todas clases, que progresaban luchando sin tregua hacía el corazón de Alemania.

Todo fue posible por la colaboración, el arrojo y por la bravura de un puñado de valientes hijos de la República española.

La liberación de Francia estaba próxima y los esfuerzos aportados por los españoles republicanos de todas las ideologías fue esencial para entorpecer las defensas alemanas y así provocar el inexorable final de la guerra en el frente francés.

Casi la totalidad de los historiadores franceses se olvidan del sacrificio en vidas de los hombres de la República española; que la sacrificaron valientemente por liberar a Francia del yugo del dictador Alemán.
Gloria para los españoles que ofrendaron su vida, en este silencio gélido que se esconde detrás de la muerte.
Pero hay tristeza en el aire, cuando la vida es entregada con honor y se recibe el desprecio de una patria que no es España.

LAS ARDENAS, BÉLGICA
Roberto dormitaba apaciblemente en una estrecha cavidad que estaba situada dentro de una profunda gruta entre los insondables precipicios que se caían hacía al cauce del caudaloso río Meuse en Bélgica.
El reducido grupo de compañeros españoles de la resistencia anarquista descansaba en la cueva y nadie vigilaba el exterior.
La calma en la zona es total.

Los soldados alemanes no se atrevían a penetrar en los espesos bosques que se extendían en cientos de hectáreas a la redonda, aún cuando ellos sabían que en sus tupidas espesuras se escondían los maquís y los saboteadores.

El estado mayor Alemán que estaba desesperado por la gran cantidad de sabotajes en las numerosas redes ferro-viarias de la región, decidió proteger los trenes de suministro, con plataformas que iban delante de la maquina de los trenes y estaban llenas de prisioneros, para disuadir a los maquís de efectuar tan devastadores golpes de mano y los terribles atentados en las vías.

Todos los trenes que llevaban maquinas blindadas dispo-nían de eficaces escoltas, con ametralladoras y cañones montados en plataformas blindadas, que a la menor señal de peligro disparaban contra todo lo se moviese al paso del convoy.

Ya anochecía en el espeso bosque cuando se despertaban Roberto y sus compañeros.
Todos los días hacían igual, salían de noche con el objetivo planificado por el comité de organización, el cual los transmitía en clave a través de la radio a cada uno de los comandos que operaban en las distintas zonas de operaciones especiales, en actos de sabotajes y de destrucción del enemigo común.

La reposición de todo el material que utilizaban en los sabotajes y en golpes de mano, lo suministraban de noche los aviones aliados en claros del bosque, establecidos ya de antemano para cada comando.
Arrojaban el suministro en largos contenedores metálicos sin paracaídas a muy baja altitud.

Alguna vez era enviado un militar de apoyo aliado a la zona para instruir a los guerrilleros en nuevas armas, y para preparar a los guerrilleros de manera especial en los específicos golpes selectivos que al mando aliado le inte-resaba destruir.
La red de transportes ferroviarios que pasaba por Namur era vital para el ejército Alemán.

Era tan importante, para los nazis, que para vigilar estas redes viarias, el ejército tenía en la zona una división completa de zapadores de montaña la cual se había desplegado entre los accesos a las redes ferroviarias.

De continuo estas disciplinadas tropas minaban las zonas más fáciles de acceso a las vías y colocaban señales de falsos campos minados en otras zonas para asustar a la población civil y así evitar que se acercase la gente a las vías. Cualquier civil que se encontrase dentro del perímetro viario de la zona de Namur era seguidamente pasado por las armas y el cadáver era después colgado cómo un ejemplo para los demás.

En este riguroso ambiente de muerte y destrucción combatía el valiente cordobés Roberto Godoy, con los otros camaradas anarquistas del maquís belga y se entregaba en cuerpo y en alma al difícil trabajo de matar a los ene-migos sin remordimiento alguno.

La separación de su hermano Marcos le entristeció a más no poder, porque en la guerra de España y los primeros años de exilio en Francia siempre habían estado juntos.
Desde la niñez hasta que se fueron distanciando debido a las normas de los partidos en los Pirineos jamás se habían separado. Marcos se marchó a París por órdenes del Partido Comunista y Roberto fue enviado por los dirigentes anarquistas en Bélgica a la región de las Ardenas para reforzar el maquís en la zona dominada por la C. N. T.

La coordinación de los dos partidos era más bien regular, por no decir mala. Los comunistas, siempre se debían a la disciplina de un Partido que ordenaba las líneas a seguir de acuerdo con las directrices de la Unión Soviética.

Los Anarquistas eran todo lo contrario, se separaban en células completamente autónomas y operaban con completa independencia, sin menoscabo de algunas acciones puntuales en las cuales debían intervenir las otras fuerzas guerrilleras para el buen éxito de una operación.

Por la noche, Roberto y sus tres hombres tenían la misión de sabotear la vía belga en la encrucijada más peligrosa que había en la región. Era un punto en donde se unían varios cambios de agujas, que al ser volados por los aires harían retrasar los largos trenes de municiones y de re-puestos militares que pasaban siempre de noche.
Más tarde, los aviones aliados, coordinados por radio con las patrullas del maquí, bombardeaban esos trenes antes de que los convoyes militares alemanes se ocultaran en los túneles ferroviarios y desaparecieran de la vista de los aviones.

El próximo objetivo era ferroviario y el maquís lo tenía que atacar por la noche, y estaba a tres horas largas de camino desde el refugio actual.
A pesar de lo escarpado del terreno, esté no les suponía especiales dificultades porque estaban acostumbrados a caminar sin descanso alguno todos los días del año por las mismas sendas, escabulléndose de los alemanes y de los traidores franceses.
Cuando llegaron ante el terraplén que bajaba hasta la pequeña estación de control de las agujas de la vía férrea, observaron que los alemanes habían dejado una patrulla armada en el lugar.

Roberto reconoció este lugar con los prismáticos y vio a los soldados alemanes que patrullaban a píe entre las vías y quizás otros que ellos no percibían seguro que estaban apostados y bien situados a la espera de acontecimientos.
Roberto al intuir dificultad en la operación de sabotaje, se creció. Siempre lo hacía, porque así era su estilo.
Las ideas entonces le surgían de su instinto como cascadas de agua en una catarata.

Rápidamente ordenó a Ismael, uno de sus mejores hom-bres, que se marchara e hiciera explosionar una potente carga plástica en la vía a doscientos metros a la salida de un túnel, para distraer la atención de los soldados que estaban apostados y no se veían.

Ordenó que esperase a los soldados alemanes un poco después de la explosión y que disparase unas ráfagas de su metralleta hacía los soldados que se aproximasen a el. Y que después de perpetrar estos disparos, rápidamente debía de abandonar el lugar y emprender la retirada hacía el punto de reunión que tenían convenido de antemano.

Roberto mientras tanto preparó con otros camaradas del maquís las potentes cargas explosivas para volar las vías y esperaron los tres pacientemente hasta que comenzase la fiesta.
Roberto sería el encargado de colocar los explosivos en los raíles, mientras los dos compañeros le cubrirían su trabajo en las vías con las ametralladoras y las bombas de mano.

No habían pasado los veinte minutos, cuando una potente explosión se dejo sentir en la entrada del túnel.

Rápido Roberto comprobó como aparecían los soldados alemanes que estaban emboscados y se dirigían corriendo por encima de las vías hacía el lugar de la deflagración, de la cual salían columnas de humo negro.

Al aproximarse los alemanes a ese lugar se oyeron varias ráfagas de disparos a las cuales los soldados alemanes le respondían con ráfagas de metralleta sin volver la mirada a la estación de agujas de las vías.

Roberto aprovechó este momento para deslizarse ágilmente hacía la red viaria, y pausadamente sin acelerarse, colocó en los raíles las potentes cargas utilizando para el encendido un fulminante de mercurio que le dejaba cinco minutos de tiempo para huir.

Acto seguido Roberto desapareció del lugar con los dos compañeros hacía los farallones, y los tres no habían hecho más que llegar a este punto, cuando la estación de triaje junto con las vías saltaron por los aires en miles de pedazos, dejando inutilizado el traficó de trenes alemanes para toda la noche.

Los zapadores alemanes que son muy intuitivos y disciplinados en sus cometidos lo reparaban rápido, pero ese largo retrasó era vital para que los aliados evitasen una concentración excesiva de tropas y de equipos entre las zonas costeras del estrecho Canal de la Mancha.

Cuando volvieron a reunirse los cuatro en el punto de en-cuentro, el rojo amanecer de un nuevo día ya despuntaba por el horizonte.
Después de comer de algunas de las conservas que traían, marcharon y durmieron en otro refugió algo más aparta-do de la zona de sabotaje.

Roberto algunos días antes de dormir pensaba un instante en los suyos, pensaba en donde se hallaría Marcos y al tiempo que pensaba en su hermano Marcos, Roberto se quedaba de inmediato dormido por la intensa fatiga.

Ese día soñó que toda su familia vivía feliz en una gra-ciosa y blanca casa en Belalcázar, en donde reinaba la armonía y la paz; en donde todos los vecinos del pueblo se ayudaban sin interés alguno en las tareas y funciones de la vida cotidiana. En donde respirar se convertía en un placer. En donde todo se compartía, lo que era bueno y lo que malo, en la satisfacción y el amor de sus habitantes.

Soñando Roberto se sentía muy feliz, viendo a sus padres que vivían en una buena casa, con un buen jornal, y sin agobios de alimentos.
Todos los días del año iban los hijos al colegió decorosamente vestidos y ellos jugaban con todos los niños y las chicas de su pueblo en plena igualdad de oportunidades.

Soñaba con una nueva España, que era rica y feliz. En donde los garantes políticos se desvivían por armonizar a la sociedad civil para que ningún ciudadano de distinta clase social fuese segregado por su rala economía, por su cuna ó por su sensatez.

Al despertar Roberto de este placentero sueño, ya estaba la noche cerrándose y la triste realidad le traumatizó.

Estaba sumido hasta el tuétano en una guerra cruel y mataba para poder sobrevivir. Tenía que matar a personas tan sencillas como el.
Aun cuando quizás tendrían otras ideas y otras creencias pero también tenían seres queridos como él los tenía.

Todo hombre fanático será siempre arrastrado por los clásicos manipuladores ideológicos.
Son todos esos que medran en nuestra vida enfrentando a los obreros con el fanatismo de los dogmas totalitarios y estériles.
Son los dilapidadores de las palabras que engatusan al pueblo con falsas promesas de idílicos paraísos que al solo al final lo disfrutaran los dictadores y los aprovechados.

Envolver a los habitantes del planeta Tierra en una guerra más, no tiene ninguna importancia para los imperecederos manipuladores sociales, porque desde que Adán y Eva salieron del Jardín del Edén, sus hijos Caín y Abel, ya se violentaron hasta la muerte.
La guerra entre los seres humanos es natural, desde los tiempos que el hombre habita sobre el planeta Tierra.

Roberto ya cansado de tan quiméricas ideas, se concentró al instante en sus habituales trabajos de maquí de campo. Había recibido un aviso urgente del Comité Anarquista de Bruselas en el cual le ordenaban que abandonase esta zona del maquís y tenía que presentarse junto con sus camaradas lo más pronto posible ente el responsable de la C. N. T, que estaba en una calleja en los alrededores de la estación del mediodía, que se encontraba en uno de los barrios obreros de la capital.

Antes de marcharse de la zona ocultaron en una profunda cueva en el bosque los equipos, las armas y las municio-nes y dejando los materiales bien embalados y envueltos con lonas impermeables para su buena conservación y pa poder utilizarlos en un futuro próximo.

Después con documentación falsa para cada uno de ellos, se disfrazaron con ropas campesinas muy habituales de la región, y cogieron los compañeros por separado el tren hacía Bruselas en la destrozada estación de Namur.

Cuando después del largo días de lentísimo y arduo viaje los cuatro compañeros se apearon en la Estación Central de Bruselas, tuvieron que proteger sus vidas en el refugió antiaéreo de la estación.
Porque gran cantidad de aviones aliados bombardeaban las estaciones y los centros ferroviarios Belgas, para intentar paralizar los abastecimientos militares del ejercito alemán y el trafico ferroviario civil.

Dos horas más tarde cuando la sirena de la estación anun-ció el final del bombardeo a las personas que habían sobrevivido a la espantosa lluvia de bombas metidos en los refugios antiaéreos; al salir, no reconocían nada de lo que había anteriormente.
La estación entera había sido eclipsada del mapa y un enorme montón de escombros hu-meantes estaban entremezclados con restos de vagones y vías retorcidas que se entremezclan caóticamente en un paisaje desolador.

El intenso humo entremezclado con las llamas no dejaban respirar y una niebla de cenizas quemadas irrespira-ble flotaba entre el humo y el aire dejando a los pocos supervivientes que se atrevían a salir de los refugios medio asfixiados.

Roberto y los compañeros, como veteranos en esas lides, aprovecharon el caos para marcharse de allí.
Ellos conocían bien a los alemanes y sabían que después de cada bombardeo tomaban rehenes civiles para desescombrar el área de la estación y todo el complejo de las vías y poder de esa manera reanudar el tráfico de trenes cuanto antes.

Con los pañuelos empapados en agua sobre el rostro sé alejaron los cuatro camaradas entre el acre y polvoriento humo y hasta que no llegaron los cuatro a unas manzanas de casas un poco apartadas de lo que había sido antes la estación, no se sintieron aliviados entre las viejas callejas de la rue Blas, cercana a la estación de Midí.

Allí en la esquina de una de las avenidas, en una calle estrecha, penetraron en una tasca española que tenía un letrero de la fachada con el nombre de Bar Andalucía. La dueña de tan español nombre era una gruesa señora belga que estaba casada con un simpático andaluz, que además de entonar bien el flamenco, era refugiado republicano.

El marido por ser del partido anarquista había sido deportado por los ocupantes alemanes y se hallaba prisionero en los campos de trabajo construyendo por la fuerza los búnkeres del muro del Atlántico.

La paisana Belga cuando vio penetrar a Roberto en el bar acompañado de sus camaradas les reconoció enseguida y con un disimulado aspaviento les hizo la señal convenida que les indicaba que dentro del bar había peligro.

Los cuatro que estaban acostumbrados a vivir en la clandestinidad, impasibles ante el gesto, se aproximaron con mucha tranquilidad a la barra, mientras observaban a la clientela que había en las mesas y la pidieron cerveza.

Después de bebérsela muy tranquilos salieron del bar sin pronunciar ni una palabra y por la señal del peligro que les había hecho la dueña del bar, los cuatro compañeros anarquistas dedujeron que la gestapo vigilaba el local.

Con mucho cuidado escondiéndose entre los viejos soportales y sabiendo que debían evitar el trajín de las antiguas callejas en donde cualquier patrulla de policía podía pedirles la documentación y detenerlos, para comprobar en la comisaría la autenticidad de los salvoconductos que llevaban.

Roberto después de deambular un buen rato junto con sus camaradas por las estrechas callejas de los viejos barrios de Bruselas, se metió por fin junto a los compañeros en un viejo portal y subieron con gran sigilo la carcomida escalera de la vieja casa hasta llegar a la guardilla.
Allí la desvencijada y vieja puerta aguantó con verdadero estoicismo los golpes espaciados de los nudillos, que fueron tres, seguidos de otros cuatro y de uno al final.

Cuando la puerta al fin se abrió sigilosamente, el rostro de un conocido camarada apareció por el hueco y esté al reconocer a los cuatro que venían, muy contento les con-minó a que entrasen.
Una vez dentro cerró la puerta detrás del último, a la vez que hacía señales con el dedo en los labios para que guardaran silenció.

De puntillas penetraron los amigos en la vieja habitación interior y entonces Anselmo, que así se llamaba el cama-rada, pulsó un resorte de la pared, que estaba camuflado con una escarpia, de la cual colgaba el retrató de Hitler.
En aquel momento y ante al asombro de los visitantes, la vieja pared se abrió silenciosa y los cinco camaradas anarquistas penetraron por el hueco que había dejado la pared al descubierto, sin hacer ruido alguno.

Cuando cerraron tan disimulada puerta detrás de ellos y la luz se encendió en el techo de la inclinada guardilla, Anselmo abrazó a Roberto y a los demás diciendo:

Escuchar bien lo que os voy a decir:
_ Han detenido a una parte del Comité ayer por la noche y alguno de los detenidos ha debido hablar porque la ges-tapo anda por todas partes vigilando los antiguos puntos de reunión.

_ ¿Estamos seguros aquí?
Preguntó Roberto.
_ ¡Sí!… Es el sitio más seguro que por ahora tenemos.
Le respondió Anselmo y continuó:
_ Con el camuflaje que tengo ahora, de colaborador de los fascistas y de chivato, no se atreven a registrar esta casa.

_ ¿Tienes órdenes para nosotros?
_ ¡Sí!…Vuestras órdenes están en un sobre lacrado que se encuentra encima de la mesa.
Les apunto el compañero Anselmo señalando una mesa con la mano, y continuó:
_ Yo debo regresar a mí trabajo camaradas.
En el cajón grande que esta a mano derecha tenéis municiones y armas de toda clase y si marcháis de aquí, dejad todo tal como estaba y cerrar las puertas y la entrada secreta al salir.

Cuando estaban solos Roberto rompió nervioso los lacres del sobre y algo alterado leyó ansioso las instrucciones del Consejo Anarquista.

El texto que le habían entregado estaba escrito en fino papel cebolla y decía lo siguiente:
_ Consejo Anarquista.
_ Bruselas 4 de junio de 1944
_ Órdenes para el comando. A - 42.
_ Primero tenéis que abrir el mapa nº 12 y buscar en las coordenadas 10/30-32/17 en el perímetro de la ciudad de Bruselas.
_ Santo y seña: Rosa negra.
_ Contraseña: Roja y negra.
_ Una vez allí recibiréis instrucciones precisas y al final de este viaje cuando ya estéis todos en Paris, recibiréis por separado las ordenes de acción.
_ La salida y el viaje deberán ser individuales para la seguridad de todos.
_ ¡Salud!

Roberto desplegó el mapa nº 12 sobre la mesa y trazó con una regla y un lápiz las líneas, hasta que halló el punto en donde estas se entrecruzaban con matemática precisión.

El punto de encuentro de las líneas era una calle en pleno centro de la ciudad y en el edificio había un garaje donde se reparaban habitualmente los coches de la gestapo, al tener la policía política alemana su centro operativo en un edificio que estaba próximo al local.

Roberto dedujo por la situación de este local, que la tapa-dera era sorprendente buena para ellos.
Nada mejor que estar cerca de la sede de la policía nazi para camuflarse convenientemente.

Después de comer de las lastas de conserva que allí había los cuatro anarquistas se cambiaron de ropa y con nueva documentación que tenían preparada para ellos salieron pausadamente el uno trás del otro del viejo edificio, muy espaciados y sigilosos y desaparecieron entre el acelerado trasiego de los habitantes de la bella ciudad belga. Se presentaron cada uno de ellos por separado en las ofici-nas del garaje, con el subterfugio de que buscaban trabajo como mecánicos.

En el despacho el jefe de taller les entrevista según van llegando y al oír la contraseña, el responsable del taller los esconde en una habitación secreta que había en un lateral de las oficinas.

Allí dentro el equipo de expertos en ocultamiento, viste a cada uno con el flamante uniforme de SS belga y después los llevan uno a uno hasta la Estación Central de Bruselas con el tiempo justo para coger el tren a París

El largo tren que era mitad civil y la otra militar, al salir de la estación de Bruselas tuvo que ser desviado hacía Estrasburgo y obligado a circular en el triaje de Milouse con infinitas y largas paradas en todos los túneles por el continuo bombardeo aliado de la vía férrea en el centro de Europa.

Tardo el tren dos largos días en llegar hasta su destino y en la madrugada del tercer día y en vagones separados llegaron sin más incidentes los cuatro a la Estación del Norte de la ciudad de París.

Roberto aun cuando iba vestido con uniforme reglamentario alemán, no pudo salir de la Estación del Norte de París sin antes presentar a la policía la documentación en los severos controles de la gendarmería mixta, francesa y alemana.

Todos los papeles de identificación que llevaba Roberto le acreditaban como un soldado que se hallaba en estado de convalecencia de heridas de guerra y ahora retornaba, después de curar sus heridas en un hospital, a una brigada belga de las SS acantonada en Paris.

Como todos ellos hablaban un francés perfecto ninguno tuvo dificultad para pasar todos los controles de la policía y de la gestapo y también porque todos llevaban órdenes escritas del alto mando Alemán que les obligaba a incorporarse en la unidad Belga que estaba en la ciudad.

Los anarquistas pasaron todos los controles sin más dificultades que el eterno miedo natural de los activistas que militan en la clandestinidad porque recelaban de todo y de todos.

Fuera de la estación un destartalado vehículo les aguar-daba.
El vehiculo, tenía sobre el techo un letrero encima de la vieja carrocería, que anunciaba una marca conocida de cerveza que es identificada enseguida por los cuatro españoles.
Discretamente subieron uno detrás del otro en el anticuado furgón sin llamar demasiado la atención y una vez dentro ya tenían dispuesta otras ropas y dispuesta otra documentación, que encajaba con las nuevas ropas que se ponían. Se cambiaron en el camino los ropajes militares que llevaban puestos a cambio de ropajes civiles, mientras tanto la vieja camioneta circulaba con su ritmo asmático por las desiertas avenidas de París hacía el nuevo destino de los denodados luchadores españoles.

La sede que tenía el Consejo Anarquista Español en la ciudad de París, tenían la célula y el centro de su complicada organización ubicada en un viejo túnel de la red del metro.
Era un antiguo túnel que había sido anulado desde hacía tiempo para el trasiego del metro.

La entrada a los locales secretos estaba camuflada con tal maña, que nadie que pasara por allí podía imaginarse que detrás de las gruesas paredes de piedra de sillería estaban los anarquista españoles del maquí.

A esta misteriosa entrada secreta se acedía a través de un ingenioso pasadizo que tenía la entrada por debajo en la baza turca del retrete de caballeros del Café de la Bastilla de París.

La cafetería era muy frecuentada por los soldados y por los oficiales alemanes y solamente el compañero que se encargaba de los servicios sabía como se podía accionar el escondido resorte que hacía que se levantara el cuadra-do de la baza turca en los servicios de la cafetería.

Como este local era grande y espacioso, a los servicios se accedía por un largo pasillo, en el cual se hallaba la mesa del servicio de limpieza de los retretes. Sentado delante de la mesa se hallaba el camarada anarquista que conocía la entrada secreta y era el responsable de la seguridad del centro oculto bajo las baldosas de la plaza de la Bastilla.

El encargado de los servicios era el que accionaba el mecanismo de entrada si le daban como propina una can-tidad exacta de monedas y una contraseña que se cam-biaba todos los días del año.
Solamente entonces invitaba al solicitante a entrar en la letrina turco y una vez que este había cerrado la puerta del retrete, el encargado de los servicios accionaba el mando que abría el pasadizo. Hasta que unos segundos después este volvía a cerrar ese secreto dispositivo y cuando la puerta se habría de nuevo, el compañero que había entrado con la contraseña ade-cuada había desaparecido.
Así entraron en la base operativa de los anarquistas en la ciudad de París, los cuatro maquís belgas.

Las órdenes que recibieron una vez dentro de la sede secreta son precisas y concisas. Roberto y sus compañeros tenían que desplazarse a Montpellier, para adiestrar a los soldados regulares que se estaban preparando para el nuevo ejército de la República y también los grupos de partisanos que después se introducirían en España.

Además debían reorganizar la coordinación de los guías y las nuevas rutas para futuras expediciones de sabotaje en territorio fascista.

Una vez en Montpellier se os informará con más detalles sobre los planes del laborioso trabajo de campo. Ahora os entregaran los camaradas la nueva identidad y todos via-jareis en tren al destino señalado sin contacto alguno entre vosotros.
Y si alguno de vosotros fuera detenido en el viaje, deberá ingerir una de estas cápsulas de cianuro que cada uno deberá llevarse consigo.

Cualquiera de vosotros está autorizado, en caso de peligro para la operación, a ejecutar a cualquiera de entre vosotros que trate de incumplir las normas de seguridad.
_ ¡Salud y suerte!
_ ¡Viva la República!

EL PARDO MAYO DE 1944.
El Coronel Blanco estaba bastante contento por la gran perfección que Paulino Godoy, el Rojo, hacía del papel del caudillo.

La exaltación hacía la persona del Jefe de Estado había aumentado considerablemente en los últimos años por la mucha frecuencia con la cual asistía Franco a cualquier actuación en el cual su presencia fuera necesaria, y la prensa, la radio, el nodo y los medios de información política, se ufanaban de la enorme vitalidad de un líder que se desvivía por acudir a cualquier evento que fuera necesario.

Los Embajadores y todos los nuevos diplomáticos que llegaban a España, comentaban entusiasmados las amenas charlas coloquiales que mantenían sin ningún límite con el Generalísimo Franco.

El doble de Franco asumió tan perfectamente bien su pa-pel, que hasta Blanco dudaba muchas veces si el que estaba presente era el verdadero o el falso. El descubrimiento del gran parecido entre el socialista Rojo y el Caudillo, había favorecido su carrera militar, porque de Comandante de la cárcel en Córdoba él había ascendido rápidamente a Coronel.

En Dos Torres la gente le adulaba y reverenciaba más que nunca porque todos sabían que su Marques, tenía una buena y más que privilegiada posición ante el mismo Caudillo.

Recordaba la noche del día 17 de julio cuando se marchó con la familia en el pequeño automóvil por las peligrosas curvas de la difícil carretera hasta la capital. Se fueron apenas sin nada muy apresurados y solamente con lo que tenían puesto para refugiarse en casa del jefe de falange de Córdoba. La misma noche empezaron las escaramuzas entre los rojos y los fascistas en los barrios obreros de la capital.
La prisa de la falange y el fundamental apoyo de los leales al alzamiento de las fuerzas de la Guardia Civil determinaron la inmerecida toma de Córdoba para las zonas de los rebeldes.
Los grupos de rojos vencían a los rebeldes parcialmente en los barrios obreros y también en los pueblos de la sierra, pero en el centro de la ciudad y los pueblos colindantes mandaban los fascistas.

Las llamadas ejecuciones expeditivas hicieron el efecto esperado entre los ignorantes campesinos de la temerosa y cobarde población civil.
Los que fueron más obstinados y los que no habían sido eliminados, se marchaban a la sierra dejando a los nacionales el terreno libre para poder actuar y así pudimos eliminar a los rojos a nuestro libre albedrío.

La suerte nos acompañó en los días cruciales que siguie-ron al exitoso alzamiento nacional a causa de la cobardía del General Miaja que había avanzado con sus tropas hasta Cerro Muriano y circundó por completo la ciudad de Córdoba sin querer atacarla. Y su extraña actitud pasi-va, salvó a los rebeldes de una fallida sublevación y de paso salvo la vida de los facciosos.

Si el ejército regular republicano hubiese sabido que los rebeldes nacionales tenían tan escasas fuerzas en la capital, en ese momento el más ligero ataque de las tropas que tenía el General Miaja rodeando la ciudad hubiese sido suficiente para apoderarse totalmente de ella.

Cuando llegaron las columnas de apoyo fascistas desde los pueblos de la campiña de Sevilla, con los soldados regulares y legionarios, ya era tarde para Miaja. La toma de los pueblos de los alrededores y el pánico por los fusilamientos expeditivos a los elementos de la izquierda, es lo que provocaría un pánico general en todas las zonas limítrofes.

La población asustada por las noticias que corrían de los fusilamientos expeditivos, abandonaban los hogares y se marchaba hacia los pueblos altos de la sierra dejando sin ninguna defensa a los pueblos de la campiña, que las triunfadoras tropas fascistas ocupaban con facilidad.

Las órdenes en los facciosos eran tajantes y expeditivas. Se fusilaría a todos los sospechosos rápidamente para provocar un intenso pánico entre la población civil. Esa constante pérdida de sangre se hizo sin ninguna medida hasta que se normalizó la guerra y a nosotros los fascistas estas medidas nos sirvieron para despejar el camino y consolidar nuestro frente para unas posteriores maniobras de avance hacía Extremadura.
Se inicio la conquista de España a través de los errores y los fracasos de las desorganizadas fuerzas republicanas.
Fracasaron, porque la ignorancia quiso mandar.

Preparamos después con la tranquilidad que nos daban estas victorias, el futuro enfrentamiento del ejército regu-lar de la Republica, contra el nuestro. Planificando con nuestras disciplinadas tropas los lugares en donde unos enemigos irreconciliables nos enfrentaríamos de verdad.

La batalla decisiva para ganar la Guerra Civil, fue ganada a la República en un frente de la sierra, en la batalla de Valsequillo, un pequeño poblado del alto Córdoba.
La susodicha batalla se extendió hasta el frente de Don Benito en la provincia de Badajoz.

Fue la primera batalla entre tanques en la historia de las guerras modernas. Tanques Rusos en contra de tanques alemanes é italianos, se enfrentaron sin cuartel entre los campos del Valle de los Pedroches.

Cuando se derrumbó por fin, después de muchos meses de dura lucha, el frente de Valsequillo.
Fue el momento crucial para que los ejércitos nacionales empezaran a ganar la Guerra Civil.
Después de esa terrible derrota de la Republica, los pueblos del Valle de los Pedroches que todavía estaban en las manos de los rojos fueron ocupados rápidamente.

Yo por orden directa de la jefatura de falange de Córdoba me hice cargo como capitán de carrera y especialista de orden publico de la organización y de la disciplina de la prisión provincial.

Cuando llegue al penal e inspeccione un poco por encima el funcionamiento general de la prisión me di perfecta cuenta que dentro de sus muros reinaba la anarquía más brutal.

Después de algunos días finalicé con las torturas indiscriminadas que hacían ciertos elementos de la falange a algunos de los presos más significativos, solo por perversión y venganza.

Era el habitual procedimiento que practicaban en la cár-cel con toda normalidad, por el día como de noche unos elementos indignos de llevar el uniforme que se cubrían emboscados en la retaguardia.
Esos querían vengar con sadismo, los sufrimientos y las adversidades que habían pasado sus familias durante la ocupación roja.

Había alguno que se pasaba toda la noche en estado de embriaguez abusando de las mujeres detenidas.
A todos esos sádicos cobardes, les fue aplicada la pena de muerte y después de un juicio sumarísimo fueron ejecuta-dos para ejemplo de los funcionarios responsables de los prisioneros.
Una férrea disciplina se estableció dentro de la cárcel de Córdoba y la impuse yo por la fuerza, la disciplina y por el miedo.

Las listas diarias para ajusticiar a los que tenían verdade-ros delitos de sangre entre los centenares de prisioneros que llegaban desde todos los puntos de la provincia todos los días a la prisión, estaba preparaba y estaba lista por mí personalmente. Para este fin de limpieza necesaria me basaba esencialmente en acusaciones sensatas de los nu-merosos testigos de la represión roja. Esos testigos ocu-lares acudían diariamente a la prisión desde los remotos pueblos de la provincia para identificar a los verdaderos responsables de los miles de crímenes contra la gente de derechas. A mí me servían para valorar y para separar las mentiras de la intrínseca verdad en estos delitos de abuso del poder asesinando a gente inocente.

Blanco que estaba cansado y entristecido por esos trági-cos recuerdos apartó de pronto sus pensamientos de tanta tragedia de la Guerra Civil y se concentro en el trabajo.

Esperaba órdenes de Franco para esta noche.
Esa misma noche Franco ó el doble tenían una cena en el Pardo con el Ministro Alemán de Asuntos Exteriores.

El final de la Guerra Mundial era el principal tema a tratar y como el final del imperio nazi se acercaba a pasos agigantados, todos en el Pardo esperaban con ansiedad la proposición del Ministro Von Papen y la del Embajador Alemán, unas ofertas que podían interesar a España, pero especialmente a Franco.

El Caudillo ordenó al Coronel Blanco que su doble estuviera preparado para sustituirle en la cena con Von Papen y el Embajador, dado que Franco no podía hacer de anfitrión en tan trascendental cena, por estaba obligado por su medico a una rigurosa dieta a causa de la flebitis crónica que padecía y entonces Blanco preparo a Paulino para la delicada cena.

Como la prescripción médica, le impedía beber vino y las comidas con grasa, dejaba en las manos del Coronel el desarrolló de las conversaciones.
Franco antes de retirarse le ordenó a Blanco que al día siguiente fuese informado con todo detalle de las peticiones del Gobierno Alemán para analizar con más calma el contenido de las mismas.

Cuando el caudillo Franco se retiró a sus aposentos privados el Coronel Blanco se acercó a la sala donde estaba preparada y aderezada la mesa para la cena.

En ella había una mesa redonda con tres sillas que esta-ban dispuestas en todo su contorno; el Coronel examinó con mirada de experto la posición de platos y cubiertos; y viendo que todo estaba perfecto, salió a buscar al doble que estaba encerrado bajo llave en una habitación secreta.

Al entrar en el departamento donde vivía Paulino, le vio cómodamente sentado en una de las butacas sumido en la lectura de un grueso libró y ahora sabía más que antes de la vida y del mundo en que vivía.
Tenía una extraordina-ria abundancia de libros en sus aposentos y el los leía con voracidad aprendiendo de ellos y acumulando en el cere-bro la sabiduría literaria que servía para hacer mejor el trabajo de ser en algún momento el dictador Franco.

Al ver en la puerta al Coronel, mostró en su semblante una mueca de sincera alegría por el permanente contacto diario con el extraño militar, despertando en su doliente organismo algún signo de cordialidad.

Blanco entra en la habitación para ordenarle el mandato deseado por el Caudillo y el imitador le agradecía el salir porque le alegraba el ánimo, ya que al menos dejaba por algún tiempo este dorado encierro y la monotonía de los cerrados aposentos.

Blanco al penetrar en el dormitorio del doble del Caudillo le dijo:
_ Se vestirá con uniforme de gala porque esta noche tiene que cenar con dos diplomáticos alemanes en la sala del comedor privado del Caudillo.

_ Estarán con usted en el banquete el ministro de asuntos exteriores Alemán Von Papen, que estará acompañado de su Embajador en España.

_ Nuestro Caudillo está convencido de que los representantes del gobierno Alemán de Hitler nos van a presentar importantísimos asuntos que le vendrán bien al futuro de la patria.

_ Y también debo de informarle de lo apegados que son los diplomáticos al vino español y a la buena mesa. Nada les agrada más que unos alimentos bien condimentados y que estén regados con los excelentes vinos españoles.

_ Así que usted hoy, tiene el sagrado deber de hacer los debidos honores para que los diplomáticos extranjeros se sientan a gusto como en su casa y con el abundante vino de la rioja y así hablen más de la cuenta para sonsacarles el motivo de su demanda.

_ Debajo de la mesa del comedor, los servicios de escucha de gobernación, han colocado micrófonos para grabar las conversaciones que ustedes tengan, para facilitar a usted el trabajo y no tenga que redactarlas después y así no tener que informar al Caudillo después de la recepción con los diplomáticos alemanes.

_ Dentro de media hora entrara usted en el comedor, y esperamos que efectué un excelente trabajo como ya es habitual en usted.

Cuando se marchó el Coronel, Paulino comenzó a vestirse con un traje de Almirante. Era el uniforme que más impresionaría a los comensales, porque la pechera estaba repleta de toda clase de medallas y condecoraciones de todo el mundo.

Cuando el doble del Caudillo penetraba en el amplio co-medor, los alemanes se pusieron atentamente en pie y saludaron a Franco al más puro estilo fascista con el bra-zo en alto y después de un fuerte apretón de manos se sentaron los tres a la mesa distendidos y relajados.

Los exquisitos platos que se sirvieron estaban aderezados y bien regados con los mejores vinos que había en las bodegas del Pardo, lo que efectuaba en los ávidos arios el efecto deseado. Von Papen con la cara arrebolada por el exceso de vino se dirigió a Franco y le habló de la gran cantidad de oro y plata que el Gobierno Alemán tenia la intención de depositar en territorio español, siempre con el beneplácito de su Excelencia el Caudillo, si los países llegaban a un acuerdo.

Si el General Franco aceptaba el espléndido ofrecimiento del Gobierno Alemán, los españoles tendrían un diez por ciento del oro y la plata que se transfiriese.

Franco le preguntó al Ministro Alemán:
_ ¿De que cantidad se trata?

_ ¡Son cinco mil toneladas de lingotes de oro y diez mil toneladas de lingotes de plata!
Respondió Von Papen y siguió:
_ Las condiciones para hacer el depositó en el Banco de España deberán de establecerse esta noche entre vuestra Excelencia y mi persona. Y yó como representante del Gobierno Alemán me aventuro a proponer ahora, que una vez que se haya deducido la parte correspondiente del envío, el resto del oro y plata depositado en España se puedan transferir en lotes pequeños a las gentes que sean debidamente autorizadas. Ustedes transferirán el metal precioso a cualquier nación del mundo y en la moneda que nosotros demandemos hasta agotar las existencias del depósito si es necesario.
_ Eso es todo Excelencia.

Paulino muy sorprendido por la extraña petición del diplomático alemán se volvió rápidamente a su papel de Caudillo, mostrándose por un instante algo dubitativo.
Respuestas ya existentes para el anterior mensaje:
No debía aparecer impresionado por la asombrosa oferta del diplomático alemán, pensó de inmediato el doble del Caudillo, y también pensó enseguida que la economía de la familia Franco se reforzaría cuantiosamente por la gran cantidad de oro y de plata que caería entre las manos del dictador.
Cómo el plan personal de Paulino era la ven-ganza fría y dura, él podría aprovecharse en un futuro no muy lejano de aquellos tesoros para compensar de alguna forma los sufrimientos de toda su familia.