SAN PEDRO DE MERIDA: Mientras trepaban por la estrecha vereda, notaron un...

Chupahuesos desbordado por este extraño ser, dejo que alegara Rascahuertos, porque su poco entender no le capacitaba para pensar más de la cuenta.
Rascahuertos, dijo al extraño ser, con palabras que brotaron de la garganta como brota el agua en una impetuosa cascada que descienda de la montaña.
-El creador de los hombres ya tuvo en su poderosa mano lo que a nosotros nos ofrecéis hoy y Él supo dominarlo con su inmortal sabiduría.

-Nosotros somos mortales y vuestra merced deberá estar suficientemente instruido, de que sólo somos sumisos pordioseros y no puede exigirnos ninguna contingencia que sea imposible de realizar para los seres creados con su poder en el Paraíso Terrenal.
-La energía divina y la humana, están atadas en el ombligo del neonato y desde allí brota la sabiduría y el conocimiento de los hombres.

-Si de verdad quieres hacer con nosotros la prueba de la inmortalidad, debe de empezar por demostrar a nosotros que somos hombres que pertenecemos a los inmortales curando nuestra hambre y después, sanando nuestros muchos pecados terrenales.

-Prepáranos para adentrarnos en la senda final de la vida, no trates de ocultar a los ojos del hombre, la podredumbre microscópica que conlleva toda la existencia de los seres vivos dentro de los planetas del Universo conocido y desconocido.
Así finalizó la exposición de Rascahuertos.
La sorprendida cosa giratoria, se paró un instante y viendo que los dos vagamundos estaban asustados, les dijo:

-Debéis de cubrir vuestro rostro y orejas mortales, antes de oír de mis labios los azabaches signos que os otorga el creador de la vida.
Los mendigos traumatizados y seriamente tocados por las maravillas que presenciaban, acataron las directrices del extraño ser y se cubrieron el rostro y orejas, esperando muy sorprendidos al siguiente acto. Nada más hacerlo, sintieron que penetraba en sus cuerpos una intensa luz y comprobaron que su sabiduría aumentaba extraordinariamente y podían analizar todo lo que veían con una diáfana claridad y un exacto raciocinio.

-Tomad la caja de las brasas del fuego sin temor y envolver los dos, vuestra miserable existencia, con las piezas del ajedrez.
-Pero desde ahora debéis de hacer, sólo por mí, lo que a continuación os diga:
-Proteger al rey.
-Amar a la reina.
-Atacar con la torre.
-Pretejeros con los alfiles.
-Cabalgar con los caballos.
-Salvaguardar con los soldados el baluarte.
-Si lo cumplís y lo hacéis cómo os digo, estaréis en el Paraíso con el Creador al final de vuestros días.
Nada más pronunciar las últimas palabras, la cosa se esfumo y el antiguo sótano recobró la humedad y la tranquila paz que anteriormente tenía.

Rascahuertos y Chupahuesos, sacaron el cofre de las brasas con apresuramiento dado el maledicien-te e huraño temperamento del malandrín y secreto entrometido.
Cuando los dos comprobaron que todas las piezas y el cofre estaban intactos, se santiguaron por todo el cuerpo, mojando el dedo con saliva para mitigar el mal de ojo, que posiblemente les había dejado el extraño y ridículo ser.
El castigo de no comer más, era para Chupahuesos más superficial que efectivo, porque le liberaba de ser protagonista de sancho pancismo, el duro papel que fue obligado a representar por los polvorientos caminos y las sendas que hay por toda España.

Rascahuertos se consolaba de otra manera, porque ahora prestaría más atención a otros mendigos que jamás tendrían el mismo privilegio que tenían los dos expertos y afortunados vagamundos.
Lo que le sobraba, ahora, le servia para mitigar las penas y los sufrimientos de personas que padecen hambre y sed. Sobre todo por la falta de alimentos y también por la carencia de igualdad que los amos sinvergüenzas olvidan siempre a sus vasallos.
Chupahuesos era la cara opuesta de Rascahuertos.
Era el negro y el blanco del tablero de ajedrez, que le libera de alimentarse día a día por esos caminos donde sólo transitaban ellos y la caridad del Señor.

Capìtulo 3
Rascahuertos, cuando sintió el roce de algo suave sobre el hombro, se despertó sobresaltado y al no ver, por hallarse deslumbrado porque le daba el sol de frente, se puso el antebrazo sobre el rostro para tratar de evitar la ceguedad que la fuerza del sol le producía a la vez que pegaba un fuerte codazo a su amigo Chupahuesos para que se despertara y entre los dos trataran de averiguar que entidad les había importunado su delicioso y placentero sueño.

Cuando sus ojos fueron capaces de distinguir las formas del lugar en donde se hallaban comenzaron a entrever la sombra de un ser alargado y chocante que les pareció bastante sobrenatural debido a la luminosidad fantasmagórica que desprendía la luz del sol de la mañana sobre su cuerpo.

Sorprendidos aún por la sobrecogedora aparición, nuestros hombres escucharon de pronto una dulce voz de tono melodioso, que tenía sosegado acento y repetía insistente y machaconamente.
¡Hambre!… ¡hermanos!… ¡tengo mucha hambre!

Asombrados todavía por el extraño requerimiento, Rascahuertos y Chupahuesos se levantaron despacio del lugar en donde habían dormido esa noche y observaron bastante sorprendidos al sujeto que tal demanda les hacía.

Cuando al final contemplaron, de arriba a bajo, al famélico ser que tenían delante, se les dulcificó el corazón. Aunque Rascahuertos y Chupahuesos no andaban sobrados de alimentos, se decidieron por compartir con el personaje, las escasas viandas que tenían. Sin pensarlo dos veces y compadecidos por el extraño ser, metieron la mano en sus zurrones y sacaron de cada uno de ellos un trozo de queso y un pedazo de pan bastante duro que les quedaba y se lo ofrecieron al ente que parecía más pobre que ellos dos.

- ¡Tómelo!
- ¿Aunque no creo que tan escaso alimento os quite las muchas ganas que decir tenéis?
Dijo Rascahuertos.

La famélica aparición extiendo sus dedos largos en extremo sucios y malolientes y cogió las viandas que Rascahuertos y Chupahuesos le daban con tan-to desprendimiento y compasión.

El extraño ente haciendo una mueca muy rara con el rostro, que parecía sonreírles, negó con la cabe-za y sin decir palabra alguna partió en tres partes las miserables viandas que ellos le habían dado y les devolvió una parte a cada uno.

Turbados y sorprendidos por tan raro espléndido y desprendido gesto del personaje que tenían delante Rascahuertos y Chupahuesos se volvieron el rostro para poder meter en sus zurrones la comida que le había devuelto y al volver los dos la vista de nuevo hacía el personaje vieron con admiración que el famélico sujeto había desaparecido.

Sorprendidos por la tan súbita y desacostumbrada huida, buscaron al personaje por los alrededores y al no encontrar ningún rastro del ser, se resignaron pensando que este pobre que era mucho más pobre que ellos se había esfumado para siempre.

Estaba Rascahuertos encogiéndose de hombros ante el asombro por la súbita desaparición del canijo pordiosero y se inclinaba para recoger su zurrón y reemprender el camino; cuando Chupahuesos, que miraba siempre hacía el suelo, estuviese parado o andando, vio algo que brillaba en la base del arco del pequeño puente, que había sobre un riachuelo que atravesaba la verde y espaciosa campiña.

Curioso Chupahuesos se aproximo hasta el puente y se agachó sobre el objeto que brillaba con el sol de una manera fuerte y poderosa, y observó, que se trataba de un pequeño arcón de madera que estaba profusamente decorado con extrañas figuras y con misteriosos signos.

Al observar la caja algo más detenidamente, nues-tro vagabundo disipó los temores que tenía a tocar algo que sobrepasaba su intelecto, por lo enigma-tico que era todo lo que les había sucedido y avisó a Rascahuertos para que contemplase el objeto que alguien se había dejado olvidado bajo el puente.

Rascahuertos recogió el objeto, que estaba debajo del puente con sumo cuidado, observando que era una bella caja que tenía la cerradura y las bisagras, que se asemejaban que estaban hechas de oro puro, con primorosa talla y buen acabado. La caja era de madera de acacia elaborada con primorosos signos que representaban figuras de luchadores blancos y negros, enfrentándose con espadas entre ellos.

Una vez perdida toda desconfianza por tan extraño suceso, Rascahuertos decidido la abrió, viendo que en el interior había hermosas fichas de un delicado juego de domino, tallado en marfil y azabache, con filigranas tan extrañas en la parte posterior que no acababa de comprender si era una lengua cristiana ó escritura mora.

Rascahuertos con ese precioso cofre en la mano se volvió a Chupahuesos para tratar de encontrar los dos al excepcional pordiosero que tal objeto debe-ría de haberse olvidado al marcharse tan presuroso de la presencia de los dos amigos.

Después de buscarle y no hallarle, levantaron los dos la vista al firmamento y su osada imaginación de inmutables vagabundos le estimularon a repen-sar con más sosiego sobre las posibilidades que el raro y valioso cofre tenía para ellos dos.

Rascahuertos examinando algo más detenidamente el cofre y el contenido dedujo que las 28 hermosas fichas del dominó debían tener alguna relación con los extraños jeroglíficos que ornamentaban la caja de madera de acacia.

El día avanzaba inexorablemente y como la noche se acercaba, se guardaron la caja del pordiosero en un zurrón y dejando para más adelante la búsqueda del anónimo personaje, emprendieron los cofrades de nuevo el camino y tratar de encontrar antes de la noche, el adecuado refugio donde guarecerse del frió de la tarde que caía.

Chupahuesos más ágil y más dicharachero que su amigo Rascahuertos enseguida encontró entre unas rocas, al lado del camino, una cueva que le pareció conveniente para pasar la noche.
Una buena hoguera y un buen atado de hierba seca para los lechos, fue lo primero que prepararon los dos amigos, antes de comer un poco de lo que les quedaba y soñar con un buen banquete arropados con el olor que desprendía la hierba seca.

Capitulo 4
En el amanecer del siguiente día, Rascahuertos se hallaba en las proximidades de la fuente de la cual manaba un agua pura y cristalina, encendiendo una hoguera con las abundantes ramas que por doquier había, tratando de calentar el cuerpo al amor de las rojas y amarillas llamas, mientras Chupahuesos se despertaba perezoso estirando brazos y piernas.

Cuando en muy poco tiempo entraron en calor sus ateridos organismos más notaban el hambre atrasada, porque las tripas comenzaban a reverberar en los castigados y sufridos estómagos.

Rascahuertos y Chupahuesos, sacaron, cuando ya estaban algo más repuestos del intenso frío, de los respectivos zurrones, las pocas viandas que el mis-terioso pedigüeño había dejado y con el hambre y con su paciente calma, comenzaron a mosdisquear despacio los pequeños trozos de queso y el pedazo de pan duro como las piedras.

Se encontraban los dos tendidos ricamente sobre la seca y olorosa hierba, en la más grata y placentera ociosidad que podían desear los dos vagabundos, cuando delante sus cuerpos vieron proyectada una alargada sombra que les tapaba los nacientes rayos de sol de la mañana.

Alzando con sorpresa la mirada, nuestros hombres ven a un ser pasmoso y deforme, vestido de raídos harapos, que en colgajos le caían del hombro hasta unos pies sucios y descalzos. Tenía un rostro que expresaba ansiedad y desesperación, a través de la intensa opacidad de unos ojos tristes y desvalidos, que estaban fijos en la escasa comida que los dos amigos tenían en sus manos.

Sin pronunciar palabra alguna el depauperado ser extendió una mano señalando a los trozos de queso y al duro pan.

Los dos pobres amigos sin pensárselo dos veces le entregaron de inmediato los pequeños trozos, que el extraño personaje devoró apresuradamente; y en cuanto dio termino a tan escasa comida, se puso a gritar desaforado, mientras efectuaba un prodigioso salto de 360 grados y desaparecía, dejando que se abatiera en la verde hierba, al mismo tiempo, un extraño bulto que en la mano llevaba.

Rascahuertos y Chupahuesos sorprendidos y de al-guna manera algo maravillados por estos extraños acontecimientos que les habían sucedido en tan es-caso margen de tiempo, se tuvieron que resignar ante la evidencia y recogieron del suelo lo que les pareció que era un libro.

En efecto era un hermoso libro, con hojas de cuero repujado artísticamente, que tenía las páginas más primorosamente grabadas que habían visto en sus vidas; con unos signos que le parecieron de origen religioso, por la insistencia en sus labrados de di-versas formas de cruz, los cuales se entremezclan con profusión entre el texto que estaba escrito con letras que los dos amigos desconocían. Hurgando en el libro vieron que una de las páginas reclamaba más su atención por el interesantísimo grabado que estaba repujado sobre la hoja de cuero.

El grabado trataba de una puerta de lo que parecía un Monasterio y delante esta puerta luchaban dos caballeros ataviados de yelmo, coraza y espaldares que estaban enzarzados en una furiosa lid y al lado de esta puerta había un arcón repujado en oro con dos ángeles del mismo metal encima de la cubierta que estaban enfrentados con espadas en las manos, en actitud muy semejante ha los dos hombres que parecía que luchaban para conseguir el arcón de la puerta.

Un caballero bestia ropajes de color negro y el otro de color blanco.
El escudo del caballero negro, tenía por emblema una corona de espinas sangrantes y sobre la corona estaba grabado el número, 666, el cual destacaba por estar pintado de un blanco inmaculado.

El escudo del caballero vestido de blanco, llevaba pintada la tiara del Papa y sobre ella tenia pintado en brillante color negro azabache el número 999.
Los cerebelos de Chupahuesos y Rascahuertos, intentaban deducir el significado de estos extraños grabados, cuando se borraron de repente todos sus escasos sentidos, al sentir en los famélicos estóma-gos la fuerte mordedura del hambre brutal.

Pensando en sus maltratados organismos, al girar Rascahuertos el recodo del sendero por donde ca-minaban, vio una arboleda de sauces llorones, que crecían en los alrededores de un lindo y pequeño lago y se recordó de inmediato (por la hambruna que padecía) que podían pescar peces para comer.

Del deseo ciego por el hambre que los dos tenían, surgieron desde sus estómagos hacía sus bocas, un alarido de hambruna milenaria, que resonó con sus ecos entre la arboleda como si de truenos y rayos de una tormenta se tratara.

La voz de Rascahuertos sonó poderosa y fuerte en el aire:
- ¡El que poderíos tenga, que convierta a los peces del lago en nuestra cena!

Chupahuesos, estaba en un lado a la expectativa de lo que pudiera suceder, aunque no pensaba que ese maleficio ó como se quiera llamar, funcionase.

Al instante un clamor, (como si fuese el galopar de cien caballos) se produjo y como si fuesen rodea-dos por una densa nube, cientos de peces del lago le llovieron literalmente encima.

Rascahuertos y Chupahuesos se espantaron tanto, que emprendieron una veloz huida hacía el bosque más próximo y una vez allí; desde la protección de los árboles, contemplaron el gran montón de peces que estaban apilados en el lugar donde se hallaban los dos amigos.

El asombro se reflejó en la cara de los pordioseros, mientras se aproximaban con suma lentitud hasta poder rozar con los dedos a los enormes peces que aún palpitaban.
Su hambre y su contento, activaron lo demás.
Prepararon un buen fuego de leña, limpiaron los peces que pensaban engullirse entre los dos y los asaron en las brasas de la hoguera.

Después de comer peces hasta reventar, lo amigos se apartaron del camino para encontrar un lugar en donde podrían pasar la noche. Se metieron dentro de una oquedad aparente para los dos y se prepara-ron un buen lecho, con la olorosa hierba seca que por doquier había y se quedaron al instante los dos profundamente dormidos.

Capitulo 5
Una noche que estaban placidamente dormidos los dos en alguna de las cuevas que había, tuvieron los dos el mismo y extraño sueño.

Soñaron que ellos estaban jugando una partida de dominó de compañeros y tenían como contrarios a dos amables diablillos rojos, que juraban con énfa-sis que los vencedores podían pedir su mejor deseo si ganaban la partida.

Como vencer a los diablos una partida de dominó era rigurosamente imposible, (porque si tenían de contrarios a los dos diablillos jamás les vencerían) pensaron la mejor manera y forma de solucionar el conflicto.

Como al dominó siempre gana la pareja que tiene menos puntos en las fichas que queden si se cierra en secuencia de uno al seis ó las blancas; cómo los amigos son magníficos jugadores, se las compusie-ron de tal manera que todas las jugadas que los dos hacían acababan siempre en cierre.

Al contar las fichas después de cada cierre, los dos contabilizaban solamente las fichas de uno de ellos porque argumentaron a los diablillos, con ninguna razón, pero con bastante cara dura, que como seres humanos que eran, jugaban los dos para uno sólo y al contar sólo las de uno siempre ganaban el cierre de cada partida.

Jugaron 7 partidas hasta completar los 40 puntos, sumando 50 veces 6, más una de 100 que sumaba 10 puntos. Cerraron, dos veces al 6, dos al 4, dos al 2 y una sola vez a las fichas blancas.

Y cuando Rascahuertos y Chupahuesos, por dere-cho le pedían a los diablillos el deseo que siempre habían tenido, se despertaron del profundo sueño de repente, por la fuerte luz del sol de la mañana que les daba de lleno sobre sus rostros.

El frío de la mañana y la mucha claridad del día, espabilaron la actividad de los amigos y después de guardarse en los zurrones su precario ajuar sa-lieron de la cueva, para estirar sus perezosamente entumecidos músculos, quedándose hechizados los dos por la maravillosa salida del sol.

En uno de los estanques próximos, una bandada de patos silvestres amerizaban torpemente sobre las cristalinas aguas, agitándolas entre fuertes revolti-jos de espuma blanca, mientras los pajarillos muy asustados por el enorme escándalo que provocaban sus congéneres, huían despavoridos hasta los rin-cones más profundos del bosque.

Rascahuertos mientras tanto, atizaba los rescoldos de la hoguera (que les había servido para asar los peces la noche anterior) y asó el resto de pescados que les habían sobrado. Después de comerse entre los dos todos los peces que les quedaban con toda la tranquilidad del mundo reflexionaron sobre esos excepcionales sucesos que iban ha transformar por completo las vidas que hasta ahora llevaban. El ajedrez, el dominó y el precioso libro, les habían trastocado en gran manera, su forma errabunda de vivir y el portento de los peces les tenían alucina-dos por las oportunas consecuencias que para ellos tenían, al no tener que trabajar ni pedir para comer ninguno de los dos vagabundos profesionales.

¿Seguirá en el futuro la buena racha?
Se preguntaban, pensando en que todo lo que les había sucedido podía ser debido a unos fenómenos casuales.

Encogiéndose de hombros y sin dar más importan-cia a tan extraños sucesos, se echaron el zurrón a la espalda y se emplazaron los dos sosegadamente a caminar con paso pausado pero inmutable.
Más adelante tendrían tiempo de averiguar si este milagro de los peces había sido casualidad ó podía ser pura magia.

Capitulo 6
Después de recorrer un trecho bastante largo por los serpenteantes senderos que había entre la zona boscosa y el monte bajo, se detuvieron en la orilla de un arroyo en donde veían que nadaban algunas hermosas truchas y viendo la posibilidad de repetir la hazaña anterior, vaciaron sus zurrones y después de colocarlos abiertos en la orilla levantaron los brazos y clamaron los dos al cielo:
- ¡Que todas las truchas del lago se metan dentro de nuestros zurrones!

Al instante, el mismo clamor del galope de cientos de caballos del día anterior se dejo oír en la paz del bosque, mientras una nube de tonos plateados, que brotaban desde el pequeño lago, se dirigían veloz-mente hacía los amigos hasta que el conglomerado plateado se metió dentro de los dos zurrones.

Mientras los peces del pantano palpitaban dentro de los dilatados morrales, Rascahuertos y su amigo Chupahuesos estaban maravillados, al comprobar los prodigios que ellos podían realizar sin esfuerzo alguno; saltando de felicidad y contento pensando que a partir de ahora estaban libres de obligaciones y de trabajos.

Continuaron nuestros dos amigos durante bastante tiempo en este alborozado acontecimiento humano hasta que los dos vagamundos agotados de pescar sin caña, se abatieron rendidos en la fresca hierba mientras clamaban alegremente.
- ¡Gracias!... ¡mil gracias!... quien quiera que fuese nuestro bienhechor y samaritano.

Rascahuertos y Chupahuesos, una vez calmados y más tranquilos, sacaron los peces de los zurrones y los seleccionaron en montones por tamaño y por la especie que cada pez tenía.

Entre todos contabilizaron 401 peces.
75 truchas grandes.
75 truchas medianas.
75 carpas grades.
75 carpas medianas.
100 barbos terciados.
Y un alevín de salmón que devolvieron al rió.

Como con tal cantidad de peces no podían caminar se fueron hacía el camino real para tratar de hallar y contratar una carreta, que esas que pasaban con cierta frecuencia por el camino, para que le llevase esa mercancía hasta el poblado más próximo para poder vender los hermosos peces a los habitantes de la aldea más próxima.

Salieron del bosque al camino y en cuando llego la primera, levantaron la mano haciendo una señal al carretero que pasaba.

Cuando uno de los carromatos llegó hasta su altura el arriero detuvo el vehiculo.
El arriero al pararse, miró a los dos zarrapastrosos con desconfianza, debido al desastroso aspecto que tenían, pero en cuando aguzo los sentidos y vio las sinceras miradas de Chupahuesos y Rascahuertos, vio el ellos sólo bondad y sinceridad en sus rostros y enseguida les ofreció cargar la mercancía y subir al pescante.

- ¡Gracias buen hombre, que Dios se lo pague!
- ¡Pagármelo!
Dijo el arriero mirándoles a los ojos.
- ¡Sí!
-Recompensar vuestra bondad.
Respondieron los dos con sincero acento.

-Caros ciudadanos yo cuando deseo montar en mí carro a alguien extraño, sólo inquiero su compañía, porque ya sabréis que estos tortuosos caminos son monótonos y solitarios para tener que hacérmelos sólo con los caballos y ninguno más, mis queridos compadres de fatigas.

-Te pagaremos con peces que hemos pescado en el lago, si vuestra merced lo acepta
Dijo Rascahuertos al carretero.
-Claro que se lo acepto, señores, pues hacía tiempo que no probaba el pescado.
- ¿Tienen muchos para vender?
Pregunto el carretero a Chupahuesos.

Bastantes peces tenemos y no tema vuestra merced que será satisfecho con abundante pesca.
Finalizó Rascahuertos montando en el pescante del carromato.

Cuando Chupahuesos, se sentó en el pescante, sin más preámbulos el carretero arreo a las dos bestias haciendo que tintineara alegremente el collarín de campanillas que los percherones llevaban alrededor del cuello.

Después de andar el carro con el paso cansino, un buen trecho en completo silencio, el carro penetró a en una vasta gradería que estaba completamente desarbolada, lo que dejaba contemplar en la lejanía una empinada montaña coronada con una extraña nube negra que rodeaba en círculo toda la cima.

- ¡Buen hombre!
Pregunto Rascahuertos.
- ¿Por qué tiene ese monte tan alto una nube negra en la cumbre?

El carretero, que estaba silbando una bella tonada mientras conducía el carro, le miró y dijo.
-Más le valdría a vuestra merced ser ciego, porque lo que ahora veis, nosotros no lo queremos ver.
Rascahuertos, al escuchar tan extraña explicación, pensó que podía tener la montaña en una región en donde se respira paz y tranquilidad y le pregunto:

- ¿Es por caso un tirano el amo de la montaña?
El arriero mirándole de reojo, (negó con la cabeza a la par que detenía el carro) y le dijo:
-La montaña que veis no tiene amo ni tiene dueño alguno, que yo sepa.
- ¿Entonces?
Preguntó Rascahuertos mientras mesaba su espesa barba y se arrascaba con preocupación el cogote; pensando en la escasa lucidez que tenía el arriero.

-La pirámide de roca que veis tiene una maldición apocalíptica para los hombres.
- ¿Y cual puede, sí quitamos la muerte, lo que los hombres no puedan sobrellevar?
Dijo Rascahuertos.

- ¡Escuchar y poner mucha atención!
Les dijo el arriero con voz grave.

-Hace mucho…mucho tiempo, en esa montaña que ahora veis, vivían unos apacibles pastores con sus familias; y cuidaban con todo el cariño y primor a sus rebaños de ovejas y cabras.

-Pero sucedió, que un aciago día los que vivían del monte que ahora veis y del ganado que pastaba en él, son de repente salvajemente agredidos por una fuerza extraña que transformó la vida de todos los habitantes de la aldea que depende de los animales que pastan en esa montaña.

-Todo sucedió durante la más esplendida noche de verano que podéis imaginar. Es una de esas noches en que el firmamento resplandece con el esplendor de miríadas de estrellas y los pastores tranquilos y relajados se deleitaban con esta magnifica noche al contarse leyendas y relatos muy antiguos, cuando de repente apareció sobre la cima de la montaña la misma nube negra que ahora contemplan vuestros ojos.

-Al principio los pastores no se extrañaron, porque pensaban que seria una clásica nube de verano que podía descargar agua en cualquier momento. Pero todo cambió cuando de repente escucharon fuertes balidos que salían de una cueva donde se guarecía de las heladas al ganado.

-La gente que se hallaba trabajando en la montaña se alarmó y fueron todos corriendo hacía la cueva, para tratar saber, que fiera o que lobo, inquietaba al ganado.

Cuando los hombres y las mujeres, con las picas y los palos pensando que podía ser el ataque de los lobos, estaban cerca de la entrada de la cueva y los primeros ya llegaban hasta la cerca que rodeaba la entrada, un raro silencio les sobrecogió y cuando descubrieron que la puerta del redil estaba destro-zada y las ovejas y las cabras silenciosas, la duda y el miedo les atemorizó, hasta que los más decidi-dos con el alguacil del pueblo al frente penetraron en su interior.

-Las mujeres que iban por detrás de los hombres, llegaron muy intranquilas deteniéndose a la puerta de las cuevas impacientes por saber lo sucedido.

-Cuando sintieron fuertes gritos y los lamentos que salían del interior de las cuevas y temiendo por sus hombres todas se pusieron a gritar, llevándose las manos a la cabeza con desesperación.

-Al instante apareció el alguacil por la puerta con el cuerpo destrozado y sangrante, mientras gritaba desesperado a los que había fuera.

- ¡Alejaos de este maldito lugar! ¡No oséis penetrar en las cuevas! Y dicho eso, el alguacil no dijo nada más, porque al instante se desplomó sin vida sobre el suelo de roca de la entrada.

Capitulo 7
El carretero enmudeció de repente su relato, como no queriendo acordarse de las tragedias pasadas, y arreando a las dos bestias reemprendió de nuevo el cansino viaje.

Rascahuertos y Chupahuesos, que son curiosos por naturaleza propia é intrigados por saber el final de tan fascinante historia, le preguntan:
- ¿Que sucedió dentro del redil?

El arriero les miro fijamente y con cierta pena en su rostro les contesto:
- Solamente os relatare unas terribles obligaciones que impusieron desde ese día a todos los habitantes de la aldea unos sanguinarios y poderosos seres que moran desde esta trágica noche en las cuevas.

-Todas las 365 noches que tiene el año; tienen los aldeanos la obligación de dejar en la puerta de la cueva, 3 ovejas, 6 capones, 12 gansos, 24 arrobas de vino, 48 litros de aceite y 96 quintales de trigo.

-Todos los 365 amaneceres que tiene el año, tienen los aldeanos que retirar de la entrada de las cuevas, todos los desperdicios y osamentas ensangrentadas de las bestias devoradas por estos misteriosos seres durante la noche. Y si por cualquier circunstancia no dispone la aldea de animales ó de otros géneros para entregar, deberán sacrificar la primera vez, al más joven varón y dejar el cadáver a la entrada de la cueva al anochecer, para retirar los huesos hu-manos por la mañana.

-La segunda vez, si carecen de alimentos, sacrifi-caran a la virgen más bella y hermosa de la aldea y dejaran su cadáver a la entrada de la cueva y hacer lo mismo por la mañana.

-Cuando falte el suministro de la comida por terce-ra vez, dos de los habitantes de la aldea, un varón y una hembra elegidos por sorteo, serán sacrifica-dos y entregaran sus cuerpos a los monstruos para calmar el feroz canibalismo que hay en las cuevas y al siguiente día estos restos serán sepultados por los aldeanos delante de la gruta.

-La única prerrogativa que tienen los aldeanos, era el sacrificio de dos varones adultos, porque al día siguiente de este trágico suceso finalizará la mal-dición y será sólo a partir de entonces, cuando los hombres y mujeres que queden vivos puedan vivir en paz el resto de sus vidas.

-Pero como este hecho aún no ha sucedido, porque nadie quiere morir, el pueblo continúa proveyendo los víveres aunque estén muriéndose poco a poco por falta de alimentos que suministrar a los ogros y también por el hambre del pueblo.

Una vez que les fue contada tan trágica historia, el carretero enmudeció el resto del camino, hasta que penetró el carro por las estrechas calles de la aldea. Cuando se detuvo el vehiculo en el mismo centro, donde estaba la plaza de pueblo y Rascahuertos y Chupahuesos se apearon, agradeciendo al carretero tan caritativo servicio con una buena provisión de peces, se quedaron en la plaza observando al carro, hasta que el vehiculo desapareció de su vista al do-blar por la primera calleja del pueblo.

Mientras el sonido de las ruedas resonaba todavía lejanas y apagadas por las empedradas calles de la aldea, Chupahuesos miró atentamente los edificios que circundaban la bella plaza de corte medieval.

La sonora fuente de granito labrado, vertía el agua por los cuatro chorros que brotaban desde la boca de cuatro cabezas de dragones bellamente talladas. La pileta en donde vertían los cuatro chorros esta-ba construida con la base y la forma octogonal con preciosos grabados en las ocho caras y en cada una se representaba escenas de Caballeros y de monjes en una laboriosa y extraña labor.

En la primera cara, un personaje de la iglesia con la tiara papal y con báculo, entregaba en la mano a un caballero con yelmo y coraza, un pergamino del cual colgaba el sello del Pontífice Vaticano.

En la segunda cara, estaba grabada una comitiva de caballeros y de bestias de carga que transportan un pesado objeto que tiene forma de arca y que se hallaba cargado sobre una carreta que es arrastrada por dos cansinos bueyes.

En la tercera cara, un grupo de monjes trabajaban en la construcción de una casa redonda parecida a un templo, en un claro redondo de un espeso y exuberante bosque de montaña.

En la cuarta cara de la fuente, estaba esculpido un cofre que tenía dos Ángeles con las alas extendi-das labrados encima de la tapa y estaba rodeado de caballeros y monjes arrodillados delante en actitud de devota oración.

En la quinta cara, se representaba a los caballeros arrojando cadáveres, por el hueco de un edificio de piedra con la forma de campana; que recogían de un montón de monjes, siervos y animales muertos. En la sexta cara, se ven a los mismos caballeros, tapando con tierra y barro, la edificación de piedra con forma de campana que habían construido los monjes anteriormente.

En la séptima cara, se ve un claro del bosque, lleno de vegetación sin señal de que en el lugar existiese edificación alguna. Sólo una montaña que tiene su cima con forma de cara humana se halla grabada al final de la espesura de un tupido bosque.

La Octava cara, representaba un acto de fe, en el cual, se quemaba vivó en una plaza pública de una ciudad a un anciano caballero con la cruz grabada en su peto metálico que apuntaba con el dedo de la mano y con el brazo extendido hacía un balcón de la plaza. En el balcón hacía donde el reo apuntaba, estaba un Rey coronado que miraba complacido el suplicio del reo.

Debajo, había una inscripción en letra gótica y en arcaico latín, que decía:
Desanda los ocho caminos que te arrastraban hasta la muerte y encontraras lo que de verdad anhelas.

Rascahuertos, después de analizar en compañía de Chupahuesos las hermosas esculturas de la fuente, recogieron sus escasas pertenencias y se dirigieron sin titubeo alguno hacía la fonda que se anunciaba llamativamente en un letrero de madera colgado en la plaza.

Cuando sus pasos traspasaron el umbral de la vieja taberna, la umbría le cegó la visión de lo que había dentro y al ver que ese local estaba completamente vacío, se extrañaron más por ser la hora punta del mediodía, en la cual todas las tabernas del mundo suelen estar llenas de gente, que por otro motivo.

Resignados por tan solitaria acogida, pero a la vez muy decididos, nuestros hombres penetraron en el vació local y apoyándose sobre el viejo mostrador de roble, que estaba bastante destartalado, soltaron las palabras con sus poderosas voces, diciendo:

- ¡Ha de la casa!
- ¿Es que ninguno se acerca a paliar el hambre y la sed de los viajeros en esta aldea?
- ¡Voto a bríos!
-Que ninguna culpa tenemos los peregrinos de los males que todos vosotros tengáis.
- ¡Es que no hay ningún cristiano en esta fonda!

- ¡Calmaros de vuestros enfados buena gente!
Les rogaba el mesonero de la posada saliendo de la cocina y añadió:
-Perdonen los señores, pero la fonda que poseo se halla prácticamente en la ruina y ningún cristiano desde hace mucho tiempo traspasa el umbral de la puerta de mi posada. Si queréis tomar algo de vino aún dispongo. Porque si al contrario lo que deseáis es comer, podéis marcharos por el mismo camino por donde habéis llegado, porque no tengo comida, ni para mí mismo.

-Rascahuertos y Chupahuesos no salían del asom-bro por la pobre miseria del tabernero, entonces se acordaron de esa historia que les había relatado el carretero; que le había previno de la terrible y caó-tica miseria en que se hallaba la aldea.

Echando mano de sus zurrones, que estaban reple-tos de apetitosos peces y los vertieron encima del vetusto mostrador, desparramando por doquier los plateados peces, dejando embobado al hambriento tabernero.

-Toma la mitad de los peces para pagar la posada y con el resto de peces prepara un festín para mí y para todos los habitantes del pueblo.
Dijo Rascahuertos y continuó:

Quiero que convoques a los aldeanos que queden aún vivos en la taberna por la noche a las diez en punto y ahora buen hombre indícame en que lugar se encuentran nuestras estancias, que nuestros más fervientes deseos son ahora el descargar nuestros cuerpos del agotamiento de los fatigosos caminos que los dos hemos recorrido sin parar.
Avísenos vuestra merced, en cuanto este a punto la pitanza, porque nuestra hambruna puede más que nuestro sueño y la mucha fatiga que tenemos.

Capitulo 8
El tabernero al ver tanta abundancia de comida, se puso a gritar llamando a su señora la mesonera que se moría de pena y tristeza en la vacía cocina, al contemplar sus apagados y solitarios fogones y sus paupérrimas alacenas.

La gorda mesonera cuando vio tantos peces espar-cidos en el mostrador se desmayo estrepitosamente en el mismo dintel de la cocina.

Mientras el obeso marido trataba de reanimar a la obesa mesonera, Rascahuertos y Chupahuesos, se encauzan fatigados escaleras arriba penetrando en la primera estancia que encuentran, dejándose caer exhaustos sobre los mullidos lechos, quedándose al instante dormidos por la intensa fatiga.

Rascahuertos se despertó al sentir un suave roce en la cara que le hacía con delicadeza y con temor el mesonero, a la vez que insistentemente les decía:

- ¡Despertar señorías, el alimento espera! La gente del pueblo quiere que sus señorías les acompañen en la cena y cómo tienen el hambre atrasada, no se si podré contenerlos por más tiempo.
- ¿Deseáis bajar al comedor ahora vuestras señorias ó al contrario desean vuestras mercedes descansar algún tiempo más?

¡Ahora mismo bajamos!
Le dijo Chupahuesos de mal humor, exigiéndole:
-Traed unas jofainas que tengan agua limpia para asearnos un poco y dígale a las gentes del pueblo que aguarden un instante. Anuncie de nuestra parte que desde ahora comienza para la gente del pueblo una era de felicidad y prosperidad.

El mesonero al escuchar lo que Chupahuesos le or-denaba se apresuró a cumplimentar estos deseos de inmediato y saliendo para hacer estos menesteres, dejó solos a tan distinguidos y extraños huéspedes, que habían traído abundancia y felicidad al pueblo.
Cuando después de lavarse y de cambiar los atuen-do en sus diminutos roperos con ropa más a menos a tono para estos casos, nuestros hombres bajaron al mesón y cuando asomaban sus cuerpos gentiles por la puerta del comedor los escasos habitantes de la aldea, (que no llegaban a treinta) aclamaron su presencia y su generosidad por invitarles a comer a todos los paupérrimos habitantes, con el desinterés que solamente tienen las buenas personas.

Los peces (que estaban exquisitamente aliñados) se devoraron en poco tiempo sin pausa ni respiro y a falta del trigo para hacer el pan, la mesonera les había preparado unas exquisitas y calientes tortas de maíz que fueron una delicia para todos.

Rascahuertos aunque tenía mucha hambre, comió al mismo ritmo de Chupahuesos y cuando terminó de apurar el vino del vaso la gente se arremolinaba a su alrededor expectante y curiosa a la espera de los futuros acontecimientos que había anunciado el mesonero.

Muy despacio se levantó Rascahuertos de la mesa y girando la mirada escrutaba los rostros ansiosos de los escasos vecinos que aún quedaban con vida y viendo en ellos la apatía y la resignación decidió hablarles con su sinceridad habitual:

- ¿Cómo se llama el pueblo?
Preguntó Rascahuertos al aldeano que tenía cerca.
- ¡Templanza, se llama nuestro pueblo señor!

-Hombres y mujeres de Templanza:
Comenzó sin titubeos Rascahuertos.
-Se por un carretero que habita en vuestro terminó municipal, todas las desgracias y los sufrimientos que padecéis sin causa ni motivación alguna, cómo ya os he dicho, lo sabe mi amigo Chupahuesos y yó, por ese bondadoso arriero que a tenido la sana virtud de traernos hasta vosotros.

Nos ha contado el estrago de maldad y sufrimiento que padecéis y las trágicas consecuencias que todo ello ocasiona a la economía del pueblo. Sabiendo que vuestra aldea era antes de esta tragedia, feliz y autosuficiente.

-Ahora os debemos de preguntar:
- ¿Quiere el pueblo acabar de una vez por todas con esa maldición que hace consumir vuestras haciendas y vuestras vidas?

- ¡Sí!... ¡muerte a la bestia!
El clamor de protesta fue tan sonoro y fuerte, que rebotaba entre las paredes de la fonda y retumbaba en largo eco por todo el pueblo.

- ¡Si me dais carta blanca exterminare la maldad!
Dijo Rascahuertos con potente voz.

Al oír estas palabras por boca de los forasteros, el Alcalde se acerco hacía ellos y sin preámbulo les preguntó:
- ¿Cómo os llamáis forasteros?
- ¡Rascahuertos y Chupahuesos nos llaman señor!

-Pues bien, Rascahuertos y Chupahuesos, yo cómo Alcalde del pueblo de Templanza os autorizo des-de este mismo instante para que vosotros seáis los exterminadores oficiales de la peste inmunda, que está matando a nuestros animales y a nuestra gente y no nos deja nada para que podamos comer.

El resto del populacho, (al oír las palabras del edil) le vitoreaba con fervor y entusiasmo por tan sensata y acertada decisión.

-Señor Alcalde, tenéis que autorizarnos por escrito esta licencia que nos habéis otorgado, porque si al paso del tiempo alguna cosa nos saliese al revés no queremos ser los responsables directos de vuestras desgracias.
Dijo Rascahuertos muy serio.

-Tendréis esta licencia está misma tarde, yo mismo en persona os la traeré sin demora alguna.
-En la taberna os esperamos señor Alcalde.
Dijo Chupahuesos mirando de soslayo a su amigo.

La región que abarcaba ese término municipal era lo bastante amplia para tener el doble de habitantes que los tenía en estos momentos.
Y nuestros dos héroes intuyendo la difícil misión y el complicado panorama que se les presentaba se adormilaron en sus asientos digiriendo los buenos peces que los dos glotones trotamundos se habían comido.

Capitulo 9
Cuando todos los habitantes del pueblo saciados se retiraron a sus casas, se quedaron los vagamundos solos, junto al mesonero y su mujer, que sudaba la gota gorda fregando y retirando de las mesas los cuencos y los vasos de madera, en donde el pueblo se había comido los peces exquisitos y sabrosos.

Cómo no tenían nada que hacer y el tiempo les so-braba, Rascahuertos le preguntó al posadero si en el pueblo había un río ó lago en donde de pudiese pescar algo para cenar.
- Si tiene a bien vuestra merced yo mismo le indi-care el camino hasta el hermoso lago que bordea la aldea.
Le dijo el posadero saliendo de la fonda.

Rascahuertos y Chupahuesos salieron detrás de él y tomando el camino que el mesonero les señalaba llegaron enseguida al borde de un precioso lago en donde revoloteaban con gran alboroto y escándalo una gran caterva de hermosos patos.

Nuestros vagamundos viendo esa gran oportunidad de poder cenar los patos, abrieron de inmediato sus zurrones y dijeron al unísono, con fuerte y sonora voz:
- ¡Patos patitos adentro de nuestras bolsas estaréis más bonitos!

-Un ruido y un aleteo ensordecedor se acercaba por el aire hacía ellos, hasta que los patos que en el lago había se metieron dentro de los dos zurrones.
Cómo entre los dos no podían llevar tanto peso, le dieron un avisó al posadero para que les llevara los abultados zurrones en una carreta hasta la fonda.

Cuando los patos se hallaron esparcidos encima de dos mesas, Rascahuertos y Chupahuesos los conta-ron por curiosidad y cuando terminaron de contar, vieron que había sobre las dos mesas 90 hermosos y apetitosos patos.

-Rascahuertos, contaba ayudado por el asombrado mesonero los esplendidos patos que habían cogido en el lago, era muy consciente de esa peligrosa y arriesgada aventura que iban a emprender contra la terrible y desconocida fuerza mortal que había en la montaña.

Ningún habitante del pueblo les había visto jamás, ni tampoco sabía nadie absolutamente nada, sobre la naturaleza de estas bestias, que devoraban todos los alimentos que producía el pueblo.

Rascahuertos y Chupahuesos tomaron la decisión de que el Alcalde se encargase de repartir, los 90 patos que había contado, entre la gente que más lo necesitada en la aldea para poder mitigar de alguna forma la hambruna que padecían.

La generosidad de los dos, sorprendió gratamente al Alcalde, el cual muy satisfecho por el caritativo y generoso gesto, les nombró hijos adoptivos de la aldea.

Ya entrada la noche y cuando los habitantes del pueblo habían dejado la ofrenda diaria de comida a la vera de las cuevas, Rascahuertos y Chupahuesos equipados con todos sus avios se encaminaron, sin pensárselo dos veces, pendiente arriba hacía la alta cima de la montaña, donde estaba ubicada la cueva para el ganado.

La negra noche que se iniciaba, se hallaba plagada de estrellas que brillaban centelleantes, haciendo a los esforzados escaladores cómplices guiños desde el hermoso firmamento.

Mientras trepaban por la estrecha vereda, notaron un excepcional silencio que dominaba el ambiente y la noche.
Nada se movía ó respiraba a su alrededor.
La propia naturaleza les pareció que había dejado de existir, porque el profundo silencio lo dominaba todo en el monte.
Respuestas ya existentes para el anterior mensaje:
Cuando después de infinitas fatigas los hombres se acercaron a la entrada donde se hallaban las vallas de los rediles de las cuevas, sus semblantes palide-cieron cuando comprobaron, que la maligna bestia que tenía aterrorizados a los aldeanos es un simple y enorme dragón de siete cabezas.