SAN PEDRO DE MERIDA: ¿Seguirá en el futuro la buena racha?...

Chupahuesos desbordado por este extraño ser, dejo que alegara Rascahuertos, porque su poco entender no le capacitaba para pensar más de la cuenta.
Rascahuertos, dijo al extraño ser, con palabras que brotaron de la garganta como brota el agua en una impetuosa cascada que descienda de la montaña.
-El creador de los hombres ya tuvo en su poderosa mano lo que a nosotros nos ofrecéis hoy y Él supo dominarlo con su inmortal sabiduría.

-Nosotros somos mortales y vuestra merced deberá estar suficientemente instruido, de que sólo somos sumisos pordioseros y no puede exigirnos ninguna contingencia que sea imposible de realizar para los seres creados con su poder en el Paraíso Terrenal.
-La energía divina y la humana, están atadas en el ombligo del neonato y desde allí brota la sabiduría y el conocimiento de los hombres.

-Si de verdad quieres hacer con nosotros la prueba de la inmortalidad, debe de empezar por demostrar a nosotros que somos hombres que pertenecemos a los inmortales curando nuestra hambre y después, sanando nuestros muchos pecados terrenales.

-Prepáranos para adentrarnos en la senda final de la vida, no trates de ocultar a los ojos del hombre, la podredumbre microscópica que conlleva toda la existencia de los seres vivos dentro de los planetas del Universo conocido y desconocido.
Así finalizó la exposición de Rascahuertos.
La sorprendida cosa giratoria, se paró un instante y viendo que los dos vagamundos estaban asustados, les dijo:

-Debéis de cubrir vuestro rostro y orejas mortales, antes de oír de mis labios los azabaches signos que os otorga el creador de la vida.
Los mendigos traumatizados y seriamente tocados por las maravillas que presenciaban, acataron las directrices del extraño ser y se cubrieron el rostro y orejas, esperando muy sorprendidos al siguiente acto. Nada más hacerlo, sintieron que penetraba en sus cuerpos una intensa luz y comprobaron que su sabiduría aumentaba extraordinariamente y podían analizar todo lo que veían con una diáfana claridad y un exacto raciocinio.

-Tomad la caja de las brasas del fuego sin temor y envolver los dos, vuestra miserable existencia, con las piezas del ajedrez.
-Pero desde ahora debéis de hacer, sólo por mí, lo que a continuación os diga:
-Proteger al rey.
-Amar a la reina.
-Atacar con la torre.
-Pretejeros con los alfiles.
-Cabalgar con los caballos.
-Salvaguardar con los soldados el baluarte.
-Si lo cumplís y lo hacéis cómo os digo, estaréis en el Paraíso con el Creador al final de vuestros días.
Nada más pronunciar las últimas palabras, la cosa se esfumo y el antiguo sótano recobró la humedad y la tranquila paz que anteriormente tenía.

Rascahuertos y Chupahuesos, sacaron el cofre de las brasas con apresuramiento dado el maledicien-te e huraño temperamento del malandrín y secreto entrometido.
Cuando los dos comprobaron que todas las piezas y el cofre estaban intactos, se santiguaron por todo el cuerpo, mojando el dedo con saliva para mitigar el mal de ojo, que posiblemente les había dejado el extraño y ridículo ser.
El castigo de no comer más, era para Chupahuesos más superficial que efectivo, porque le liberaba de ser protagonista de sancho pancismo, el duro papel que fue obligado a representar por los polvorientos caminos y las sendas que hay por toda España.

Rascahuertos se consolaba de otra manera, porque ahora prestaría más atención a otros mendigos que jamás tendrían el mismo privilegio que tenían los dos expertos y afortunados vagamundos.
Lo que le sobraba, ahora, le servia para mitigar las penas y los sufrimientos de personas que padecen hambre y sed. Sobre todo por la falta de alimentos y también por la carencia de igualdad que los amos sinvergüenzas olvidan siempre a sus vasallos.
Chupahuesos era la cara opuesta de Rascahuertos.
Era el negro y el blanco del tablero de ajedrez, que le libera de alimentarse día a día por esos caminos donde sólo transitaban ellos y la caridad del Señor.

Capìtulo 3
Rascahuertos, cuando sintió el roce de algo suave sobre el hombro, se despertó sobresaltado y al no ver, por hallarse deslumbrado porque le daba el sol de frente, se puso el antebrazo sobre el rostro para tratar de evitar la ceguedad que la fuerza del sol le producía a la vez que pegaba un fuerte codazo a su amigo Chupahuesos para que se despertara y entre los dos trataran de averiguar que entidad les había importunado su delicioso y placentero sueño.

Cuando sus ojos fueron capaces de distinguir las formas del lugar en donde se hallaban comenzaron a entrever la sombra de un ser alargado y chocante que les pareció bastante sobrenatural debido a la luminosidad fantasmagórica que desprendía la luz del sol de la mañana sobre su cuerpo.

Sorprendidos aún por la sobrecogedora aparición, nuestros hombres escucharon de pronto una dulce voz de tono melodioso, que tenía sosegado acento y repetía insistente y machaconamente.
¡Hambre!… ¡hermanos!… ¡tengo mucha hambre!

Asombrados todavía por el extraño requerimiento, Rascahuertos y Chupahuesos se levantaron despacio del lugar en donde habían dormido esa noche y observaron bastante sorprendidos al sujeto que tal demanda les hacía.

Cuando al final contemplaron, de arriba a bajo, al famélico ser que tenían delante, se les dulcificó el corazón. Aunque Rascahuertos y Chupahuesos no andaban sobrados de alimentos, se decidieron por compartir con el personaje, las escasas viandas que tenían. Sin pensarlo dos veces y compadecidos por el extraño ser, metieron la mano en sus zurrones y sacaron de cada uno de ellos un trozo de queso y un pedazo de pan bastante duro que les quedaba y se lo ofrecieron al ente que parecía más pobre que ellos dos.

- ¡Tómelo!
- ¿Aunque no creo que tan escaso alimento os quite las muchas ganas que decir tenéis?
Dijo Rascahuertos.

La famélica aparición extiendo sus dedos largos en extremo sucios y malolientes y cogió las viandas que Rascahuertos y Chupahuesos le daban con tan-to desprendimiento y compasión.

El extraño ente haciendo una mueca muy rara con el rostro, que parecía sonreírles, negó con la cabe-za y sin decir palabra alguna partió en tres partes las miserables viandas que ellos le habían dado y les devolvió una parte a cada uno.

Turbados y sorprendidos por tan raro espléndido y desprendido gesto del personaje que tenían delante Rascahuertos y Chupahuesos se volvieron el rostro para poder meter en sus zurrones la comida que le había devuelto y al volver los dos la vista de nuevo hacía el personaje vieron con admiración que el famélico sujeto había desaparecido.

Sorprendidos por la tan súbita y desacostumbrada huida, buscaron al personaje por los alrededores y al no encontrar ningún rastro del ser, se resignaron pensando que este pobre que era mucho más pobre que ellos se había esfumado para siempre.

Estaba Rascahuertos encogiéndose de hombros ante el asombro por la súbita desaparición del canijo pordiosero y se inclinaba para recoger su zurrón y reemprender el camino; cuando Chupahuesos, que miraba siempre hacía el suelo, estuviese parado o andando, vio algo que brillaba en la base del arco del pequeño puente, que había sobre un riachuelo que atravesaba la verde y espaciosa campiña.

Curioso Chupahuesos se aproximo hasta el puente y se agachó sobre el objeto que brillaba con el sol de una manera fuerte y poderosa, y observó, que se trataba de un pequeño arcón de madera que estaba profusamente decorado con extrañas figuras y con misteriosos signos.

Al observar la caja algo más detenidamente, nues-tro vagabundo disipó los temores que tenía a tocar algo que sobrepasaba su intelecto, por lo enigma-tico que era todo lo que les había sucedido y avisó a Rascahuertos para que contemplase el objeto que alguien se había dejado olvidado bajo el puente.

Rascahuertos recogió el objeto, que estaba debajo del puente con sumo cuidado, observando que era una bella caja que tenía la cerradura y las bisagras, que se asemejaban que estaban hechas de oro puro, con primorosa talla y buen acabado. La caja era de madera de acacia elaborada con primorosos signos que representaban figuras de luchadores blancos y negros, enfrentándose con espadas entre ellos.

Una vez perdida toda desconfianza por tan extraño suceso, Rascahuertos decidido la abrió, viendo que en el interior había hermosas fichas de un delicado juego de domino, tallado en marfil y azabache, con filigranas tan extrañas en la parte posterior que no acababa de comprender si era una lengua cristiana ó escritura mora.

Rascahuertos con ese precioso cofre en la mano se volvió a Chupahuesos para tratar de encontrar los dos al excepcional pordiosero que tal objeto debe-ría de haberse olvidado al marcharse tan presuroso de la presencia de los dos amigos.

Después de buscarle y no hallarle, levantaron los dos la vista al firmamento y su osada imaginación de inmutables vagabundos le estimularon a repen-sar con más sosiego sobre las posibilidades que el raro y valioso cofre tenía para ellos dos.

Rascahuertos examinando algo más detenidamente el cofre y el contenido dedujo que las 28 hermosas fichas del dominó debían tener alguna relación con los extraños jeroglíficos que ornamentaban la caja de madera de acacia.

El día avanzaba inexorablemente y como la noche se acercaba, se guardaron la caja del pordiosero en un zurrón y dejando para más adelante la búsqueda del anónimo personaje, emprendieron los cofrades de nuevo el camino y tratar de encontrar antes de la noche, el adecuado refugio donde guarecerse del frió de la tarde que caía.

Chupahuesos más ágil y más dicharachero que su amigo Rascahuertos enseguida encontró entre unas rocas, al lado del camino, una cueva que le pareció conveniente para pasar la noche.
Una buena hoguera y un buen atado de hierba seca para los lechos, fue lo primero que prepararon los dos amigos, antes de comer un poco de lo que les quedaba y soñar con un buen banquete arropados con el olor que desprendía la hierba seca.

Capitulo 4
En el amanecer del siguiente día, Rascahuertos se hallaba en las proximidades de la fuente de la cual manaba un agua pura y cristalina, encendiendo una hoguera con las abundantes ramas que por doquier había, tratando de calentar el cuerpo al amor de las rojas y amarillas llamas, mientras Chupahuesos se despertaba perezoso estirando brazos y piernas.

Cuando en muy poco tiempo entraron en calor sus ateridos organismos más notaban el hambre atrasada, porque las tripas comenzaban a reverberar en los castigados y sufridos estómagos.

Rascahuertos y Chupahuesos, sacaron, cuando ya estaban algo más repuestos del intenso frío, de los respectivos zurrones, las pocas viandas que el mis-terioso pedigüeño había dejado y con el hambre y con su paciente calma, comenzaron a mosdisquear despacio los pequeños trozos de queso y el pedazo de pan duro como las piedras.

Se encontraban los dos tendidos ricamente sobre la seca y olorosa hierba, en la más grata y placentera ociosidad que podían desear los dos vagabundos, cuando delante sus cuerpos vieron proyectada una alargada sombra que les tapaba los nacientes rayos de sol de la mañana.

Alzando con sorpresa la mirada, nuestros hombres ven a un ser pasmoso y deforme, vestido de raídos harapos, que en colgajos le caían del hombro hasta unos pies sucios y descalzos. Tenía un rostro que expresaba ansiedad y desesperación, a través de la intensa opacidad de unos ojos tristes y desvalidos, que estaban fijos en la escasa comida que los dos amigos tenían en sus manos.

Sin pronunciar palabra alguna el depauperado ser extendió una mano señalando a los trozos de queso y al duro pan.

Los dos pobres amigos sin pensárselo dos veces le entregaron de inmediato los pequeños trozos, que el extraño personaje devoró apresuradamente; y en cuanto dio termino a tan escasa comida, se puso a gritar desaforado, mientras efectuaba un prodigioso salto de 360 grados y desaparecía, dejando que se abatiera en la verde hierba, al mismo tiempo, un extraño bulto que en la mano llevaba.

Rascahuertos y Chupahuesos sorprendidos y de al-guna manera algo maravillados por estos extraños acontecimientos que les habían sucedido en tan es-caso margen de tiempo, se tuvieron que resignar ante la evidencia y recogieron del suelo lo que les pareció que era un libro.

En efecto era un hermoso libro, con hojas de cuero repujado artísticamente, que tenía las páginas más primorosamente grabadas que habían visto en sus vidas; con unos signos que le parecieron de origen religioso, por la insistencia en sus labrados de di-versas formas de cruz, los cuales se entremezclan con profusión entre el texto que estaba escrito con letras que los dos amigos desconocían. Hurgando en el libro vieron que una de las páginas reclamaba más su atención por el interesantísimo grabado que estaba repujado sobre la hoja de cuero.

El grabado trataba de una puerta de lo que parecía un Monasterio y delante esta puerta luchaban dos caballeros ataviados de yelmo, coraza y espaldares que estaban enzarzados en una furiosa lid y al lado de esta puerta había un arcón repujado en oro con dos ángeles del mismo metal encima de la cubierta que estaban enfrentados con espadas en las manos, en actitud muy semejante ha los dos hombres que parecía que luchaban para conseguir el arcón de la puerta.

Un caballero bestia ropajes de color negro y el otro de color blanco.
El escudo del caballero negro, tenía por emblema una corona de espinas sangrantes y sobre la corona estaba grabado el número, 666, el cual destacaba por estar pintado de un blanco inmaculado.

El escudo del caballero vestido de blanco, llevaba pintada la tiara del Papa y sobre ella tenia pintado en brillante color negro azabache el número 999.
Los cerebelos de Chupahuesos y Rascahuertos, intentaban deducir el significado de estos extraños grabados, cuando se borraron de repente todos sus escasos sentidos, al sentir en los famélicos estóma-gos la fuerte mordedura del hambre brutal.

Pensando en sus maltratados organismos, al girar Rascahuertos el recodo del sendero por donde ca-minaban, vio una arboleda de sauces llorones, que crecían en los alrededores de un lindo y pequeño lago y se recordó de inmediato (por la hambruna que padecía) que podían pescar peces para comer.

Del deseo ciego por el hambre que los dos tenían, surgieron desde sus estómagos hacía sus bocas, un alarido de hambruna milenaria, que resonó con sus ecos entre la arboleda como si de truenos y rayos de una tormenta se tratara.

La voz de Rascahuertos sonó poderosa y fuerte en el aire:
- ¡El que poderíos tenga, que convierta a los peces del lago en nuestra cena!

Chupahuesos, estaba en un lado a la expectativa de lo que pudiera suceder, aunque no pensaba que ese maleficio ó como se quiera llamar, funcionase.

Al instante un clamor, (como si fuese el galopar de cien caballos) se produjo y como si fuesen rodea-dos por una densa nube, cientos de peces del lago le llovieron literalmente encima.

Rascahuertos y Chupahuesos se espantaron tanto, que emprendieron una veloz huida hacía el bosque más próximo y una vez allí; desde la protección de los árboles, contemplaron el gran montón de peces que estaban apilados en el lugar donde se hallaban los dos amigos.

El asombro se reflejó en la cara de los pordioseros, mientras se aproximaban con suma lentitud hasta poder rozar con los dedos a los enormes peces que aún palpitaban.
Su hambre y su contento, activaron lo demás.
Prepararon un buen fuego de leña, limpiaron los peces que pensaban engullirse entre los dos y los asaron en las brasas de la hoguera.

Después de comer peces hasta reventar, lo amigos se apartaron del camino para encontrar un lugar en donde podrían pasar la noche. Se metieron dentro de una oquedad aparente para los dos y se prepara-ron un buen lecho, con la olorosa hierba seca que por doquier había y se quedaron al instante los dos profundamente dormidos.

Capitulo 5
Una noche que estaban placidamente dormidos los dos en alguna de las cuevas que había, tuvieron los dos el mismo y extraño sueño.

Soñaron que ellos estaban jugando una partida de dominó de compañeros y tenían como contrarios a dos amables diablillos rojos, que juraban con énfa-sis que los vencedores podían pedir su mejor deseo si ganaban la partida.

Como vencer a los diablos una partida de dominó era rigurosamente imposible, (porque si tenían de contrarios a los dos diablillos jamás les vencerían) pensaron la mejor manera y forma de solucionar el conflicto.

Como al dominó siempre gana la pareja que tiene menos puntos en las fichas que queden si se cierra en secuencia de uno al seis ó las blancas; cómo los amigos son magníficos jugadores, se las compusie-ron de tal manera que todas las jugadas que los dos hacían acababan siempre en cierre.

Al contar las fichas después de cada cierre, los dos contabilizaban solamente las fichas de uno de ellos porque argumentaron a los diablillos, con ninguna razón, pero con bastante cara dura, que como seres humanos que eran, jugaban los dos para uno sólo y al contar sólo las de uno siempre ganaban el cierre de cada partida.

Jugaron 7 partidas hasta completar los 40 puntos, sumando 50 veces 6, más una de 100 que sumaba 10 puntos. Cerraron, dos veces al 6, dos al 4, dos al 2 y una sola vez a las fichas blancas.

Y cuando Rascahuertos y Chupahuesos, por dere-cho le pedían a los diablillos el deseo que siempre habían tenido, se despertaron del profundo sueño de repente, por la fuerte luz del sol de la mañana que les daba de lleno sobre sus rostros.

El frío de la mañana y la mucha claridad del día, espabilaron la actividad de los amigos y después de guardarse en los zurrones su precario ajuar sa-lieron de la cueva, para estirar sus perezosamente entumecidos músculos, quedándose hechizados los dos por la maravillosa salida del sol.

En uno de los estanques próximos, una bandada de patos silvestres amerizaban torpemente sobre las cristalinas aguas, agitándolas entre fuertes revolti-jos de espuma blanca, mientras los pajarillos muy asustados por el enorme escándalo que provocaban sus congéneres, huían despavoridos hasta los rin-cones más profundos del bosque.

Rascahuertos mientras tanto, atizaba los rescoldos de la hoguera (que les había servido para asar los peces la noche anterior) y asó el resto de pescados que les habían sobrado. Después de comerse entre los dos todos los peces que les quedaban con toda la tranquilidad del mundo reflexionaron sobre esos excepcionales sucesos que iban ha transformar por completo las vidas que hasta ahora llevaban. El ajedrez, el dominó y el precioso libro, les habían trastocado en gran manera, su forma errabunda de vivir y el portento de los peces les tenían alucina-dos por las oportunas consecuencias que para ellos tenían, al no tener que trabajar ni pedir para comer ninguno de los dos vagabundos profesionales.

¿Seguirá en el futuro la buena racha?
Se preguntaban, pensando en que todo lo que les había sucedido podía ser debido a unos fenómenos casuales.
Respuestas ya existentes para el anterior mensaje:
Encogiéndose de hombros y sin dar más importan-cia a tan extraños sucesos, se echaron el zurrón a la espalda y se emplazaron los dos sosegadamente a caminar con paso pausado pero inmutable.
Más adelante tendrían tiempo de averiguar si este milagro de los peces había sido casualidad ó podía ser pura magia.