SAN PEDRO DE MERIDA: Rascahuertos y Chupahuesos, sorprendidos por tan extraño...

Dedico esta fabula, a todas las personas que sepan trazar en una hoja blanca los signos que llamamos letras, para que con estos símbolos construyan las palabras y así faciliten el desarrollo del intelecto y de la sabiduría en los lectores de buena voluntad.
C. Cortés
El hombre de la rosa.
Torrelavega, 24 de diciembre de 2006.

Reservado el derecho de publicación del libro por el autor, Críspulo Cortés, con el AGRH 47755531, porque tiene el original depositado ante Notario.
Torrelavega 24 de diciembre 2006.

INTRODUCCIÓN
La tarde bastante avanzada del crudo invierno caía lentamente sobre la vasta campiña refrigerando los yerbajos de la apelmazada tierra que aún estaba sin remover desde la última siega del verano.
La torre de una de las miles de iglesias castellanas, destacaba orgullosa en la lejanía, sin inmutarse por la estirpe de rezos y de incalculables misas diarias que había celebrado debajo del gallardo campanil.
Los colores, de un ocre intenso, cegaban la visión general de aquel monótono paisaje, mientras algún labrador de aquel vasto lugar trataba de calentar el aterido cuerpo y el alma, arrimándose a una estufa ó libando el vino desde un viejo porrón.

Una vieja tierra plagada de historias de la tradición española; que se sumerge dentro de la negligencia y de la monotonía de unas clases sociales bastante diferenciadas de las miserables. Un hecho real que han procurado tener oculto esos poderosos señores de las tierras de Castilla.

El Quijote y Sancho, (los clásicos personajes de la novela de Cervantes) se asemejan a esos genuinos protagonistas de una antigua leyenda que resume ante cualquier Rey que haya habido en los reinos de la vieja Castilla la tutoría de una de las leyendas más terribles que la mente pueda imaginar.
Locos que equivalen a quijotes los hay por doquier en la geografía española.

Pancistas que se asemejan a los Sanchos, existen y pululan por los pueblos y las ciudades de España.
Ninguno les detiene, ni tampoco se preocupan de saber lo que hacen en su andadura por los barrios y en los círculos de los lugares en donde plantan sus bases operativas.

Las campanas de los pueblos de la campiña suenan todos los días cuando el almuecín católico anuncia al viento la celebración de una representación que se aprueba en Castilla desde el albor del tiempo en que se estableció en las aldeas las leyes vaticanas.
Las personas que han dedicado su vida, a pregonar con dibujos sobre tela y cantando, (los hechos más relevantes que sucedían en aldeas y ciudades de la inmensa Castilla) tienen bien ganada la titularidad de periodistas en una época plagada de ignorancia y prepotencia.

¿Quién puede negarles este pomposo titulo del que presumen cientos de personajes dedicados a poner al día los trapos sucios de toda clase de mamelucos y pelanduscas?
Yo les concedo, sin rubor ni vergüenza alguna, el titulo de sobresalientes académicos de la lengua y de las costumbres españolas y nadie en este mundo que tenga alguna pizca de inteligencia podrá decir lo contrario.

Llega la hora de la renuncia a encasillar a todos los autodidactas en el factor de la suerte ocasional, por atreverse a crear arte ó pensamiento escrito, en una sociedad paternalista que protege a los aristócratas del empuje de la chusma que se atreve a realizar el mismo trabajo y el mismo contexto que los felices poseedores de un título académico oficial.

Ha llegado la hora de proclamar a los cuatro vien-tos la necesaria regeneración de la ilustración libre y soberana, que mantenga en pie de guerra a todos los valores que sostienen la vida real del hombre.

Un clamor del carillón que se aleja despacio, pero sin pausa, por la despejada y extensa campiña; re-suena sin eco alguno languideciendo en la inmensa distancia hasta que llega apagado a los oídos de un pueblo que desea sentir su latir metálico.
Era llegado el tiempo de la verdad.

Sentir la eternidad dentro de uno mismo, es volver al lóbrego pasado de ignorancia y descrédito de los gobernantes de poblaciones de la geografía de una Nación cómo la española, porque ninguno de estos habitantes es eterno en el Universo que rodea a los hombres.
C. Cortés
El hombre de la rosa.

Capitulo 1
Rascahuertos, como tenía sed, detuvo su andadura para darse un trago en el arroyo que corría alegre y juguetón debajo de la parte norte de una alta pared de piedra que había en la senda que recorría desde los albores de aquel día.
El obligado alivio de hacer sus mayores necesida-des a la vez que bebía agua fresca del arroyo, era un diario placer para este enfático pordiosero.

La vida errante que traía y llevaba, le concedía el privilegio de escoger el modo y el lugar para hacer de vientre y llegaba a besar el santo, como se suele decirse vulgarmente, cuando devoraba unas pocas reservas de su ajado zurrón de piel de borrego.

Las razones esenciales de esa eterna peregrinación por los mundos de Dios, se hallaba metida dentro de una mezcla que tenía de sangre gitana y mora; un revoltijo genético que heredaría de su madre, la gitana Carmela y del padre que posiblemente fuese el anciano almuecín llegado a menos en Bagdad, un árabe desterrado por tener unas uñas demasiado largas para ser una persona honrada.

Llevaba bastantes años vagabundeando, por aquí y por allá sin ningún rumbo fijado de antemano y era bastante ágil de mente para conocer de inmediato a cualquier otro ladino gitano y moro como era él.
Jamás se fiaba de nadie y esa forma de ser le daba ventaja sobre otros vividores más avispados que se encontraba por los caminos del Señor.

La tarde caía lentamente, saliendo la oscuridad del horizonte, para anunciarle que su inmediato deber era refugiarse de la terrible helada que llegaba con el derrumbe de la luz del día.

La cueva que había encontrado, para refugiarse de la noche que llegaba, no era de estas enrevesadas y sinuosas por tener escasa ramificación a la vista.
Un poco de hierba y matorral seco sirvió de mulli-do lecho a Rascahuertos, que utilizaría después de comer un pedazo de queso con el resto de pan duro que le había quedado del día anterior.

Se acordaba de su amigo Tuercebotas, al que había dejado hacía tres días en la aldea cercana, bastante enfermo por una fiebre negra que le había brotado de repente.
Fue raro el proceder del amigo Tuercebotas, con la gente de una pequeña localidad que le había dado cobijo. Unos vecinos que le ayudan sin conocer el grave peligro de contagio que su enfermedad tenía.
La fiebre negra es una tenebrosa enfermedad, peor de curar que otras dolencias comunes por la escasa higiene en las aldeas que frecuentaban.

El agotamiento por el caminar diario, atrancaba los ojos del vagabundo Rascahuertos, a medida que el sueño se apoderaba muy despacio de su relajado y fuerte organismo.
Él creía, que su meta se hallaba cercana.
Una aseveración tan especulativa para un sombrío vagabundo, era más atrevida que la propia fantasía de que algún día lograse alcanzarla.

Era el mejor instante de cada día para poder soñar con la meta que se había propuesto alcanzar, a cos-ta de vagar sin rumbo fijo por los senderos de una tierra hostil y dispuesta a tragar a todo ser viviente que caminase por ella.

Esta vez Rascahuertos, soñó sin recordarlo, con un mago que le llevaría hasta la alta fortaleza del más poderoso nigromante que había en la región.

La razón de ser algo más generoso, que los demás seres que sobreviven alrededor de la existencia de una sola persona, se basa sobre todas las cosas en la grandeza que tiene el espíritu de los seres vivos para perdonar, explicaba Rascahuertos a un penoso pordiosero que había encontrado y le acompañaba en su andar por los caminos de esta tierra de Dios. Nunca se volvió a mirar atrás Rascahuertos, desde la salida de la miserable aldea donde había dejado a Tuercebotas, aldea que había sido diezmada por la desdichada maldición de los malignos espíritus.
Ahora su total libertad se volvía hacía los caminos de la tierra para disfrutar con la naturaleza y con la escasa necesidad de las cosas, para poder vivir sin tener que arrepentirse de ser vagabundos.

A su compañero en los caminos (que era tan pobre como era el) le habían puesto el nombre y el mote de Chupahuesos y esa rara definición debía de ser por la pasmosa facilidad que el buen acompañante de Rascahuertos tenía para dejar mondo y lirondo, a toda la carne que se pegaba a los huesos y a otros similares aderezos de chicha que yantar.

- ¿Que me decís de poder saciar con alguna vianda nuestros muchos apetitos señor Rascahuertos?
Preguntó con humor su compañero.
- ¿Acaso no disponéis de ganas de comer?
Le insinuó parándose en el desmantelado camino y palpándose con la palma de la mano su estomago.

-Razón de comer algo, si que tenéis, mi apreciado compañero de fatigas; pero bien lo sabe su merced que para yantar algo lo primero que hay que tener es almuerzo, porque sin tener, es inútil provocar al estomago hambriento más necesidad de yantar.

-Cuando platica vuestra merced de peces y de ocas que surgen volando de un lago y aterrizaban todas en el zurrón, decía vuestra merced verdades ó por el contrario miente para distraer mis muchas ganas de poder yantar hasta atiborrarme.

Preguntaba con insistencia Chupahuesos al amigo Rascahuertos.
-No hay una mentira que halla salido jamás de mis lozanos labios, compañero, pero ahora creo que la camaradería de la miseria, equivale en la practica a tener que renunciar a nuestro propio carácter para poder vivir el día a día.

-Sin yantar sobreviví muchos días y muchas oras compañero y nunca jamás e querido abusar del po-der del Creador, ni del poder de la naturaleza para el sólo beneficio de un servidor.
-Es ciertamente verdad cuanto habláis de mí poder sobre la carne y lo relacionado con la materia, por se generado por una gitana y un moro, pero amigo mío, estos poderes mágicos jamás se deben utilizar para beneficio propio sin estar autorizado.
Afirmó con crítica y sabía irritación, al compadre de fatigas, Rascahuertos.

- ¿Y que aras cuando no puedas alimentar más a tú cuerpo y necesites yantar para poder sobrevivir en una región que trata tan despóticamente al hombre; aun cuando vuestra merced y su humilde servidor, seamos unos vagamundos que procuran no hacerle daño a nadie?

-Entonces es cuando pediré ayuda a los dioses del agua y de la tierra, que nos acompañan siempre en nuestras andaduras diarias.
Aseveró inalterablemente Rascahuertos sin pararse de su andarina manera de caminar.

Chupahuesos estaba enfadado con su compañero y al estar hambriento no pudo resistir más tiempo las ganas que tenía y se dedicó a recoger las raíces de las plantas para después cocerlas y comérselas.
Cuando ya había reunido un buen puñado de jugosos tubérculos, preparó la hoguera y mientras el fuego prendía en la leña, con el cuchillo peló y troceó las blancas raíces y después echó todo en una cacerola de hierro para que cociera hasta que eliminara toda la vivaz amargura que tenían esas raíces de hierbas salvajes.

Rascahuertos le dejaba hacer sin decir esta boca es mía, por no herirle más de la cuenta, porque estaba Chupahuesos harto de ser un protagonista inútil de la misérrima vida que llevaban los dos.
Después Rascahuertos haría lo que fuese menester, para mitigar la mucha necesidad de yantar alguna cosa que los dos vagamundos deseaban.
El carácter de Rascahuertos era casi siempre calmo y tranquilo, mientras los sucesos que provienen de la vida cotidiana o de la convivencia con la gente transcurriesen por la senda recta, justa y equitativa. Pero si los avatares de sus vidas eran al contrario, Rascahuertos deja de lado la placidez y el sosiego; y penetra en la vía de la pasión verbal y física para hacer su particular justicia.

Chupahuesos en cambio, era todo lo contrario que Rascahuertos, se peleaba con cualquiera por tonterías y cuando debía plantar cara para hacer justicia de verdad, por un caso lamentable de arbitrariedad, desaparecía del foro y jamás tornaba hasta que las aguas se calmasen de nuevo.

- ¿Quieres tomar un poco de mi sopa ecológica?
Le pregunto con ironía y con disimulada cachaza, Chupahuesos a Rascahuertos.

-La probaré.
Dijo Rascahuertos provocador y siguió diciéndole suavemente.
- ¿Porque sí con esta supuesta sopa que has guisado te envenenas, yó cómo soy tú amigo deseo estar en la misma condición?

-Loable intención tenéis, mí querido compañero de fatigas espirituales, porque la extenuación corporal por el apetito y la desdicha no cuenta en el entierro para vuestra merced. Pero presiento que mí amigo a pesar de las desgracias que pasamos juntos, me dirá, que aún debemos de ser sensatos y razonables para no incomodar al dios de la tierra ni al prójimo en esta misérrima vida que nos ha tocado vivir.
Terminó Chupahuesos su larga y rara monserga.

Después de comerse los dos una buena ración de la sopa de raíces calientes, que Chupahuesos le había cocido en la olla de hierro, los amigos mendicantes recostaron sus fatigados cuerpos sobre el tronco de una vieja encina y comenzaron a dormitar.

Estaban en esta placentera tarea, cuando desde el lado izquierdo de la pradera donde reposaban, les traveseó una sombra que bailaba con el ritmo de la peonza que gira rápida sin parar un instante.

Rascahuertos y Chupahuesos, sorprendidos por tan extraño sujeto, que bailaba de una forma tan rara y difícil, que ninguno de los vagamundos había visto jamás, miran sorprendidos al personaje que dejaba entrever extraños ropajes, con aspecto que parecía burlón y atrevido.
Respuestas ya existentes para el anterior mensaje:
Había pasado un tiempo incierto cuando cesaba de repente la fulgurante y estrambótica danza o baile giratorio de este chocante ser y sólo fue entonces, cuando los dos amigos de correrías, observaron de pleno al que parecía un ser humano, aún cuando el sujeto que estaba allí vivo bien pareciese otra cosa.
Los extraños ropajes de ese extraño ser, reflejaban abundancia y prosperidad por una aparente calidad de los lienzos de que estaban hechos, los cuales al reflejarse el sol en ellos, brillaban como ... (ver texto completo)