La ingente proliferación de las fiestas de toros en las calles y en las plazas de los pueblos de España, propició que en los planes de las reformas urbanas se incluyera en los pueblos y en las ciudades importantes de nuestro país la masiva construcción de plazas públicas de toros y que los cosos taurinos estuvieran en disposición, para que desde su graderío y el balconaje pudieran presenciar los festejos y la corrida un gran número de personas.
Sirva como ejemplo la plaza mayor de Madrid, que fue la que mandó construir Felipe III en el año 1617, según el plano del famoso arquitecto Gómez Mora y en donde llegaron a reunirse hasta 50.000 espectadores.
Era todo el Madrid del siglo XVII y todos ellos estaban instalados dentro de los 437 balcones voladizos con barandillas de hierro.
Con análoga característica a la de la gran plaza de Madrid, se construyeron otros cosos que dieron pie a la posterior construcción de las primitivas plazas hechas de madera, que eran ya en esta época un recinto herméticamente cerrado y con accesos para el público, susceptibles de ser vigilados.
Esto no se podía lograr, sino en los edificios independientes y especialmente construidos para tal fin.
Así es como nacen por ejemplo la plaza de madera de la Real Maestranza de Sevilla en el año 1707 o la plaza de Madrid, que data del año 1743 cuando se había inaugurado en la provincia de Salamanca una plaza hecha de fábrica en Béjar.
Durante el siglo XIX, es cuando las plazas de toros se incorporan a la historia urbana española.
Ninguna ciudad o pueblo importante de España puede concebirse sin una plaza de toros o que se halle ubicada en sus alrededores y todo eso contribuirá a configurar en las ciudades españolas el perfil y panorama del paisaje urbano.
La tradicional y primitiva fiesta rural, que desde el campo había ido pasando paulatinamente hacía las plazas mayores se convirtió pasado el tiempo en un espectáculo de masas.
Ese espacio vital fue insólitamente despejado por la nobleza tradicional, fue un lugar ocupado por los profesionales plebeyos.
La arquitectura taurina en España es rica en las formas y en los estilos que fueron implantados para su construcción.
Como claro ejemplo tenemos la plaza de las ventas de Madrid, que fue una obra realizada y hecha por el arquitecto José Espeliú y veremos que tiene tendencia neo mudéjar.
También la plaza de toros de Sevilla que tiene una arquitectura muy clásica y la de Ronda que es de un estilo neoclásico.
El diámetro que debería de tener el albero de la plaza de toros no debe de ser inferior a 30 metros, ni ser superior a los 50 metros.
La barrera a de ser totalmente de madera con una altura de 1,60 metros y debe de estar abierta por los cuatro portones:
El patio de cuadrillas.
El patio de los caballos o del arrastre.
Los toriles.
La enfermería.
Adosados a la barrera y en una estrecha comunicación con el perímetro del callejón hay cuatro burladeros que se utilizan en la lidia para que los toreros se refugien en las tablas sin tener la necesidad de saltar al callejón.
Los asientos en las diferentes localidades del coso que ocupa el respetable público están divididos en cuatro opciones para sentarse y estas son:
Los tendidos.
Los palcos.
Las gradas.
Las andanadas.
Se consideraran siempre de primera categoría las plazas de las capitales de las provincias y de las ciudades de España en las cuales se celebren durante el transcurso del año más de quince espectáculos taurinos, de los que diez al menos habrán de ser corridas de toros.
Sirva como ejemplo la plaza mayor de Madrid, que fue la que mandó construir Felipe III en el año 1617, según el plano del famoso arquitecto Gómez Mora y en donde llegaron a reunirse hasta 50.000 espectadores.
Era todo el Madrid del siglo XVII y todos ellos estaban instalados dentro de los 437 balcones voladizos con barandillas de hierro.
Con análoga característica a la de la gran plaza de Madrid, se construyeron otros cosos que dieron pie a la posterior construcción de las primitivas plazas hechas de madera, que eran ya en esta época un recinto herméticamente cerrado y con accesos para el público, susceptibles de ser vigilados.
Esto no se podía lograr, sino en los edificios independientes y especialmente construidos para tal fin.
Así es como nacen por ejemplo la plaza de madera de la Real Maestranza de Sevilla en el año 1707 o la plaza de Madrid, que data del año 1743 cuando se había inaugurado en la provincia de Salamanca una plaza hecha de fábrica en Béjar.
Durante el siglo XIX, es cuando las plazas de toros se incorporan a la historia urbana española.
Ninguna ciudad o pueblo importante de España puede concebirse sin una plaza de toros o que se halle ubicada en sus alrededores y todo eso contribuirá a configurar en las ciudades españolas el perfil y panorama del paisaje urbano.
La tradicional y primitiva fiesta rural, que desde el campo había ido pasando paulatinamente hacía las plazas mayores se convirtió pasado el tiempo en un espectáculo de masas.
Ese espacio vital fue insólitamente despejado por la nobleza tradicional, fue un lugar ocupado por los profesionales plebeyos.
La arquitectura taurina en España es rica en las formas y en los estilos que fueron implantados para su construcción.
Como claro ejemplo tenemos la plaza de las ventas de Madrid, que fue una obra realizada y hecha por el arquitecto José Espeliú y veremos que tiene tendencia neo mudéjar.
También la plaza de toros de Sevilla que tiene una arquitectura muy clásica y la de Ronda que es de un estilo neoclásico.
El diámetro que debería de tener el albero de la plaza de toros no debe de ser inferior a 30 metros, ni ser superior a los 50 metros.
La barrera a de ser totalmente de madera con una altura de 1,60 metros y debe de estar abierta por los cuatro portones:
El patio de cuadrillas.
El patio de los caballos o del arrastre.
Los toriles.
La enfermería.
Adosados a la barrera y en una estrecha comunicación con el perímetro del callejón hay cuatro burladeros que se utilizan en la lidia para que los toreros se refugien en las tablas sin tener la necesidad de saltar al callejón.
Los asientos en las diferentes localidades del coso que ocupa el respetable público están divididos en cuatro opciones para sentarse y estas son:
Los tendidos.
Los palcos.
Las gradas.
Las andanadas.
Se consideraran siempre de primera categoría las plazas de las capitales de las provincias y de las ciudades de España en las cuales se celebren durante el transcurso del año más de quince espectáculos taurinos, de los que diez al menos habrán de ser corridas de toros.
Citare a continuación algunas de las más importan-tes plazas españolas, en función de su antigüedad y de su importancia:
La primera plaza de toros de fábrica, construida en España, se inauguró en el año 1713 en la ciudad de Béjar, provincia de Salamanca.
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