La corrida de toros se regulada actualmente por ley y reglamento de espectáculos taurinos y siempre se celebra con el permiso de la autoridad y si el tiempo no lo impide.
Este es su desarrollo:
Los toros para la lidia que deben de integrar una corrida salen de su ganadería con varios días de antelación.
Desde la ganadería los toros bravos son transportados por carretera en cajones individuales y desembarcados en los corrales de la plaza donde se lidiará la corrida.
El mismo día de la corrida y a las doce en punto de la mañana se celebra en los corrales el sorteo de las reses, en presencia de la autoridad gubernativa de la ciudad en donde se celebre la lidia, el que representa a la empresa de la plaza y a los representantes de los matadores que lidiaran los toros por la tarde.
En primer lugar proceden a colocar por lotes a los toros en una acción que llaman “enlotar”; tarea que suelen realizar los peones de confianza de los tres matadores.
Estos componen tres lotes, de dos toros cada uno, tratando de que cada lote tenga un toro de hondura y kilos y otro que sea más escurrido pero con más cara.
Formados los lotes, se escriben los números de cada pareja en un papel de fumar y se forman con el papel pequeñas bolitas las cuales meten dentro del sombrero del mayoral de cada ganadería.
Cada peón de confianza, empezando por el del espada más joven, saca su bolita y sabe así el lote que le ha tocado a su diestro.
Éste sorteo de los toros bravos antes de la corrida no se impuso totalmente en los alberos de la plaza hasta principios de este siglo.
De todas formas la importancia para el buen final del sorteo de las reses es relativa, cuando los toros han sido afeitados y preparados para que pierdan su equilibrio natural y la capacidad de la distancia en la embestida.
Esta trampa, que ahora es casi habitual dentro de los alberos y las plazas de casi toda España, a sido consentida y amañada por los representantes y por algunos matadores que tienen miedo a enfrentarse con nobleza e igualdad con un verdadero toro bravo de lidia.
Hay excepciones a todas estos actos de la vida taurina y de la fiesta del toro, fiesta tan querida por la mayoría de los españoles.
Nadie esta dotado de la suficiente autoridad para cambiar a su interés y capricho las reglas sagradas que regulan desde la noche de los tiempos la lucha noble entre el hombre y el toro de lidia.
El sostén y el fomento de la crapulosa forma de abusar de la nobleza del toro, afeitando su poder de defensa, en favor del espada miedoso y cobarde, es una vergüenza nacional que hay que perseguir y hay que eliminar de nuestra fiesta nacional.
Este es su desarrollo:
Los toros para la lidia que deben de integrar una corrida salen de su ganadería con varios días de antelación.
Desde la ganadería los toros bravos son transportados por carretera en cajones individuales y desembarcados en los corrales de la plaza donde se lidiará la corrida.
El mismo día de la corrida y a las doce en punto de la mañana se celebra en los corrales el sorteo de las reses, en presencia de la autoridad gubernativa de la ciudad en donde se celebre la lidia, el que representa a la empresa de la plaza y a los representantes de los matadores que lidiaran los toros por la tarde.
En primer lugar proceden a colocar por lotes a los toros en una acción que llaman “enlotar”; tarea que suelen realizar los peones de confianza de los tres matadores.
Estos componen tres lotes, de dos toros cada uno, tratando de que cada lote tenga un toro de hondura y kilos y otro que sea más escurrido pero con más cara.
Formados los lotes, se escriben los números de cada pareja en un papel de fumar y se forman con el papel pequeñas bolitas las cuales meten dentro del sombrero del mayoral de cada ganadería.
Cada peón de confianza, empezando por el del espada más joven, saca su bolita y sabe así el lote que le ha tocado a su diestro.
Éste sorteo de los toros bravos antes de la corrida no se impuso totalmente en los alberos de la plaza hasta principios de este siglo.
De todas formas la importancia para el buen final del sorteo de las reses es relativa, cuando los toros han sido afeitados y preparados para que pierdan su equilibrio natural y la capacidad de la distancia en la embestida.
Esta trampa, que ahora es casi habitual dentro de los alberos y las plazas de casi toda España, a sido consentida y amañada por los representantes y por algunos matadores que tienen miedo a enfrentarse con nobleza e igualdad con un verdadero toro bravo de lidia.
Hay excepciones a todas estos actos de la vida taurina y de la fiesta del toro, fiesta tan querida por la mayoría de los españoles.
Nadie esta dotado de la suficiente autoridad para cambiar a su interés y capricho las reglas sagradas que regulan desde la noche de los tiempos la lucha noble entre el hombre y el toro de lidia.
El sostén y el fomento de la crapulosa forma de abusar de la nobleza del toro, afeitando su poder de defensa, en favor del espada miedoso y cobarde, es una vergüenza nacional que hay que perseguir y hay que eliminar de nuestra fiesta nacional.