El aficionado en el espectáculo de los toros es como en cualquiera otro pasatiempo el sustento y la razón de ser de la fiesta de los toros porque sin el público no hay espectáculo posible.
En estas aficiones hay que distinguir entre el aficionado de verdad, el espectador ocasional y el posible turista de turno, que se ha incorporado a la fiesta casi siempre de forma ocasional y arrastrado siempre por las agencias de viajes que les han traído a España.
Los unos y también los otros conforman el público que en convivencia democrática se reúne para ver el espectáculo en una plaza de toros.
Los aficionados casi siempre han sido en el toreo minoritarios y muy exigentes; algunas veces quizá, demasiado exigentes.
Estos emiten los juicios y sentencias sobre el arte del toreo en el desarrollo de la corrida y saben juzgar y analizar el comportamiento que tienen las reses en la lidia y por la faena en la plaza critican o alaban la labor del torero, mientras saborean con delectación un buen piscolabis y se fuman un oloroso veguero.
Con el pasar de los años y el desarrollo cultural del país, se han ido perdiendo las rivalidades de las diferentes aficiones a un determinado matador, ya que nos cuentan las antiguas crónicas que hubo muchos aficionados en esos tiempos que eran fanáticos, Gallistas, Belmondistas, Manoletistas y Pepeluisistas.
Estudiar con verdadero detenimiento el comportamiento habitual del espectador, ofrece gran interés a los organizadores de las fiestas taurinas y para el estudio de los psicólogos que investigan los comportamientos del hombre y las formas de la naturaleza humana y la conducta de la sociedad, para la mejor aplicación de futuras normas para la convivencia.
Las masas de los aficionados y de los curiosos que llenan las plazas constituyen un grupo regular, con unos horarios planificados para los seguidores y para los espectadores y tienen una conducta que es más o menos predecible.
Tanto en las plazas de toros como en los estadios de fútbol, se elaboran nuevas normativas, ya que estos espectáculos de masas se transmiten por la radio y por la televisión.
Masas que eran antes jubilosas y apacibles se transforman en alborotadoras y destructivas.
El coso es para el científico y el investigador, un laboratorio de psicología social.
Un núcleo importante del público está constituido por espectadores que tienen escasos conocimientos taurómacos, pero que por una razón o por la otra acuden a la plaza atraídos por el señuelo popular de la feria ó quizá por la nombradía extra taurina de algunos de los toreros.
Nunca, como en tiempos de el cordobés, acudieron tantos espectadores a las plazas.
Cuando este reapareció en el año 1979 en la plaza turística de Benidorm, la gente pernoctó delante de las taquillas de la plaza de toros para poder obtener su entrada.
Una mujer huertana con aspecto rechoncho, ajado desgreñado y sudoroso, exhibía exultante su localidad gritando: ¡Por fin voy a ver al cordobés que para mí es Dios!
A los espectadores les mueve el interés puntual de la feria y la posibilidad de ver en persona al protagonista de tantas revistas del corazón o la curiosidad por la corrida de toros.
Y por último nos hallamos frente el turista que por su desconocimiento desvirtúa la fiesta, porque no suelen entender casi nada de la simbología taurina y de su profundo significado en la sociedad española.
Gozan y aplauden a la res cuando voltea al torero, increpan a los picadores y no siempre asisten a la corrida completa.
La corrida de toros en una plaza turística es para los auténticos conocedores del arte del toreo una imitación de una corrida formal en Madrid, Sevilla o Bilbao.
Gracias al turismo sobreviven algunas plazas de toros, entre ellas la Monumental de Barcelona.
En estas aficiones hay que distinguir entre el aficionado de verdad, el espectador ocasional y el posible turista de turno, que se ha incorporado a la fiesta casi siempre de forma ocasional y arrastrado siempre por las agencias de viajes que les han traído a España.
Los unos y también los otros conforman el público que en convivencia democrática se reúne para ver el espectáculo en una plaza de toros.
Los aficionados casi siempre han sido en el toreo minoritarios y muy exigentes; algunas veces quizá, demasiado exigentes.
Estos emiten los juicios y sentencias sobre el arte del toreo en el desarrollo de la corrida y saben juzgar y analizar el comportamiento que tienen las reses en la lidia y por la faena en la plaza critican o alaban la labor del torero, mientras saborean con delectación un buen piscolabis y se fuman un oloroso veguero.
Con el pasar de los años y el desarrollo cultural del país, se han ido perdiendo las rivalidades de las diferentes aficiones a un determinado matador, ya que nos cuentan las antiguas crónicas que hubo muchos aficionados en esos tiempos que eran fanáticos, Gallistas, Belmondistas, Manoletistas y Pepeluisistas.
Estudiar con verdadero detenimiento el comportamiento habitual del espectador, ofrece gran interés a los organizadores de las fiestas taurinas y para el estudio de los psicólogos que investigan los comportamientos del hombre y las formas de la naturaleza humana y la conducta de la sociedad, para la mejor aplicación de futuras normas para la convivencia.
Las masas de los aficionados y de los curiosos que llenan las plazas constituyen un grupo regular, con unos horarios planificados para los seguidores y para los espectadores y tienen una conducta que es más o menos predecible.
Tanto en las plazas de toros como en los estadios de fútbol, se elaboran nuevas normativas, ya que estos espectáculos de masas se transmiten por la radio y por la televisión.
Masas que eran antes jubilosas y apacibles se transforman en alborotadoras y destructivas.
El coso es para el científico y el investigador, un laboratorio de psicología social.
Un núcleo importante del público está constituido por espectadores que tienen escasos conocimientos taurómacos, pero que por una razón o por la otra acuden a la plaza atraídos por el señuelo popular de la feria ó quizá por la nombradía extra taurina de algunos de los toreros.
Nunca, como en tiempos de el cordobés, acudieron tantos espectadores a las plazas.
Cuando este reapareció en el año 1979 en la plaza turística de Benidorm, la gente pernoctó delante de las taquillas de la plaza de toros para poder obtener su entrada.
Una mujer huertana con aspecto rechoncho, ajado desgreñado y sudoroso, exhibía exultante su localidad gritando: ¡Por fin voy a ver al cordobés que para mí es Dios!
A los espectadores les mueve el interés puntual de la feria y la posibilidad de ver en persona al protagonista de tantas revistas del corazón o la curiosidad por la corrida de toros.
Y por último nos hallamos frente el turista que por su desconocimiento desvirtúa la fiesta, porque no suelen entender casi nada de la simbología taurina y de su profundo significado en la sociedad española.
Gozan y aplauden a la res cuando voltea al torero, increpan a los picadores y no siempre asisten a la corrida completa.
La corrida de toros en una plaza turística es para los auténticos conocedores del arte del toreo una imitación de una corrida formal en Madrid, Sevilla o Bilbao.
Gracias al turismo sobreviven algunas plazas de toros, entre ellas la Monumental de Barcelona.