SAN PEDRO DE MERIDA: PROLOGO DEL AUTOR...

PROLOGO DEL AUTOR
Este libro que es mitad realidad y la otra novela, la dedica el autor a sus paisanos del pueblo extremeño San Pedro de Mérida donde él nació el 16 de noviembre del año 1937.
San Pedro de Mérida es un pueblo situado en la provincia de Extremadura desde donde mis padres tuvieron que emigrar de forma forzosa a causa de la Guerra Civil.
Los cuatro hermanos que nacimos en San Pedro de Mérida comenzamos de nuevo la vida en las lejanas tierras de Santander. Una Región del norte que a pesar de su diferente clima y costumbres, fue generosa para nuestra familia a pesar de las dificultades de toda índole que surgieron en el duro camino de nuestra existencia. Esas tierras fueron para nosotros compasivas y acogedoras. Esas montañas del norte de España fueron el magnetismo con el cual todos los hermanos tuvimos la oportunidad de formarnos y educarnos.
De los siete hermanos que formamos la familia, cuatro nacieron en San Pedro de Mérida y tres brotaron a la vida en Cantabria.
Cuento esta historia cómo vivo testimonio de ser el último hermano que nació en Extremadura de la saga de los Cortés, Cortés y soy el responsable de llevar muy alto el pendón de tan extrema y dura tierra y elevarlo hasta la cuota más alta por el orgullo de ser extremeño.
La historia de mí pueblo representa la lucha de los que fueron explotados. Esos valientes jornaleros que se enfrentan al poder, a los caciques y a los terratenientes y lucharon en contra de esta elite de tiranos empecinados en doblegar al pueblo con abusos y brutalidad. Esas miserables acciones y la mala administración, crearon en algunas épocas aciagos períodos de negra historia, fomentando el odio y el rencor entre sus gentes.
Algunos aún viven con la misma pedantería y su asombrosa prepotencia y despotismo. Otros más humanos se avergonzaron y adquiriendo cordura y compasión al tratar de compartir con las personas más necesitadas algunas migajas de su patrimonio.
Un pueblo que sufre durante generaciones en propia carne tal plaga de humillaciones, aún está traumatizado en lo más profundo de su alma y de su intelecto. Aún hoy les cuesta mucho a los campesinos de Extremadura sacudirse de este yugo, porque esa tiranía está profundamente grabada en cada rincón de mente y está unida a los sucesos de un pasado reciente.
El hombre que ambiciona vivir en armonía con los demás miembros de la sociedad es mucho más sensato que la persona que clasificaba socialmente a los ricos y a los pobres. El hombre del campo padeció en su propia carne el efecto de tan trágicos sucesos y por esos actos los ciudadanos de nuestra tierra tienen que perdonar pero jamás olvidar, porque los hombres que se olvidan de su pasado y de su historia tienen tendencia a que se repita con más gravedad una y otra vez.
El ser humano se diferencia de los animales por su entendimiento racional.
Cuando las más preciadas cosas de la vida se consiguen con facilidad, nadie tiene que creer que su estatus social, aun cuando sea superior a los de su entorno, le de más prepotencia para el abuso.
Torrecaño y el Campanilla son los principales actores de la novela que aunque parece real, es ficticia en muchos términos.
El protagonista es un simple pastor que cuida de los rebaños de su amo, como si las ovejas fueran propiamente suyas y vive en una finca llamada Torrecaño, porque así se llamaba la finca de este personaje ficticio, al que llamo Alonso Godoy, su dueño y señor.
Envuelto en la prepotencia del poder y dinero, el amo del Campanilla es la muestra y un genuino ejemplo de la conducta que tenían los latifundistas que vivían con sus caprichos personales, de la servidumbre y esclavitud de los demás.
San Pedro de Mérida es una colmena de casas blancas adormecidas por el extremo clima que padecen sus paredes encaladas y es un morada de lesa humanidad, en donde se desarrolla la trama y los sucesos más crudos de ésta novela. En sus calles han vivido en el pasado la necesidad y la miseria envuelta en un torbellino de abusos e ignominias de los infelices aldeanos del pueblo.
La virgen de la Albuera (la Patrona de San Pedro de Mérida) contemplaba entristecida estos hechos desde lo más alto de su altar de la Iglesia y se avergonzaba de los hombres sintiendo inmensa tristeza por ser la madre de Cristo y de los hijos de su pueblo. Como las mujeres campesinas, ella que sabe de la afrenta de su gente, mitiga esa miseria de sus fieles increpando a los poderosos a través de Don Damián el cura, que conminaba a todos a suavizar sus duros corazones en el sermón dominical.
La virgen, con la fe a Cristo su hijo, le bosqueja el camino a los fieles más desfavorecidos mostrándoles la senda de la luz con su resignada pasión.
Alonso Godoy gobierna Torrecaño como un antiguo virrey de las Indias. Su hacienda ha sido erigida para tener la autosuficiencia de los castillos feudales, como si Alonso Godoy viviese en la Edad Media dominando a sus siervos desde el baluarte de una fortaleza.
La finca tenía todo lo que cualquiera pudiera desear, capilla, cuartel de la Guardia Civil, lagar, panadería, fragua, cuadras para las mulas, almacén de cereales y los aperos de labranza, casona principal, cocinas y miserables cuchitriles para los criados que le servían.
En ese clima de poder y tiranía vivía y cuidaba las ovejas el Campanilla, con su Carmen, que era esclava de la cocina y también de la voluntad del amo.
Seguramente el lector se sentirá extrañado por la dureza de los hechos que en la novela se relatan, pero seguramente la realidad y la crudeza de estos años de explotación continuada, sean aún más crueles que los que relato en mí libro.
Mi relato se basa esencialmente en el sentido humanístico y ejemplar que a tenido la libertad del pensamiento humano. Cuando el hombre sometido por la fuerza y la necesidad abre su entendimiento a la fantasía libertaria, aparta la maldad y acerca su mente hacía la bondad de la vida creando un mundo donde hay la esperanza de tener algún día la libertad que antes no tenían. La libertad de pensamiento, que ningún amo por poderoso que sea, jamás podrá arrebatar a nadie porque está grabada en su corazón.
Hoy al contemplar la ruina de Torrecaño, me siento identificado con esas viejas piedras del lugar, allí fue donde mis tíos, mi madre y mis abuelos vivieron momentos felices y duros.
Las antiguas paredes y las piedras que se caen de ese antiguo imperio, tienen el sabor de las lágrimas y de las risas de los que habitaron dentro de sus muros.
El recuerdo y mí homenaje es para ellos y para los habitantes de San Pedro que en aquel tiempo dejaron allí las huellas sempiternas de su paso.
El entrañable pueblo de San Pedro florece en Democracia por el tesón y empeño de la autoridad de su alcalde y prospera con vigor por la pasión de los hombres y de las mujeres de la comunidad para que así sea.
Como hijo legitimo del pueblo, plasmó en la novela una historia que tiene la realidad, mezclada con la ficción.
Escribo hechos que pudieron haber sucedido en el pasado y los involucró en la convivencia de gentes que de verdad existieron.
Con humildad éste escritor que fue uno más entre los muchos emigrantes que tuvieron que salir de su pueblo y de España, desearía haber acertado.
Como homenaje a Extremadura y a su buena gente, dejo plasmado con estas humildes palabras el amor ferviente que tengo a mí tierra extremeña.

Críspulo Cortés Cortés
Escrito en Torrelavega y Córdoba el año 2003
El Hombre de la Rosa.