Los libros, ¡cuánto enseñan!, pero el oro ¡cuánto alegra!.
Los necios hacen la fiesta, y los listos la celebran.
Los ladrones y los nabos no quieren ser ralos.
Los muros ensordecidos, a veces tienen oídos.
Los infiernos están llenos, de votos y deseos buenos.
Los muertos y las visitas, a los tres días apestan.
Los huéspedes y la pesca, a los tres días apestan.
Los mejores consejos, en los más viejos.
Los hombres y el buen licor, más añejitos mejor.
Los mejores bienes, en ti mismo los tienes.
Los hombres serenos, pelean mucho menos.
Los médicos también se mueren.
Los hombres más importantes, se miden por sus amantes.
Los más completos varones, se amarran los pantalones.
Los hombres ganan la hacienda, y las mujeres la conservan.
Los males entran por arrobas y salen por adarmes.
Los hombres convengan, por la ley lo tengan.
Los lunes, ni las gallinas ponen.
Los hombres, a la vejez, tornan a la niñez.
Los lunes ni las gallinas ponen.
Los hombre dispuestos a prometer, están dispuestos a olvidar.
Los lugares altos tienen sus precipicios.
Los hipócritas suelen engañarse más a si mismos que a los demás.
Los locos a la guerra, los cuerdos en su tierra.
Los hijos son lo que la madre quiere.
Los libros nos dan la ciencia y la vida la experiencia.
Los hijos son la riqueza del pobre.
Los libros, ¡cuánto enseñan!, pero el oro ¡cuánto alegra!.
Los hijos de Verdolé, que le enseñan a su padre a joder.
Los langostinos, en el mar estaban y ya pedían vino.