Ya.
Decía, que estamos en el segundo y más importante día de la
fiesta: el día de la
Boda.
En el
altar, el cura no se andaba con zarandajas: que si esto era para siempre, que si la mujer era esclava del hombre, etc. etc., nada de dircusitos, nada de parlamentos de los
amigos recordando correrías de niños (porque estas eran para matar gatos y perros), en fin, nada de las mariconerías de una boda actual; a todo que sí, que sí, que sí y que sí. A los dos minutos de la ceremonia, nadie se acordaba
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