Un quinto, antes de ser un botellín de cerveza, fue un proyecto
militar. Era un mozalbete que superaba los 18 años que, previo a su incorporación a filas, era tallado en el
ayuntamiento para declararle, o no, apto –físicamente- en el fervoroso deseo de servir a la patria.
“Quiero tanto a mi patria que la voy a poner un piso” (por aquello de patria querida…), escribía por entonces Perich en la revista satírica “El Lobo”.
Para “medirse”, el quinto se “arreglaba”; esto es, servicio completo
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