Me ha emocionado hoy escuchar la maravillosa versión de la canción “A cantaros”, devenida en un verdadero himno a la esperanza, que Pablo Guerrero compuso pocos años antes de la muerte del Difunto. Poco antes, esta vez desde la radio, me había entristecido, pero muy dulcemente, el escuchar a Rosa León -qué voz Señor-, cantando “De Alguna manera”, compuesta por Aute también en 1972. Estas dos joyas, unidas a la que ahora estoy escuchando –“Al alba”, 1975-, aparte de evocarme tantas cosas de aquellos años, me están sumiendo en un grado de melancolía que no estoy dispuesto a prolongar más allá de las tres de la madrugada, que están al caer: prefiero instalarme en el cabreo, un estado que puede llevarme al infarto pero nunca al abatimiento, que es lo que quieren algunos, abatirnos. Pues no, nada de abulia, ya estoy cabreado y por lo tanto activo.
En aquellos años setenta, en plenos seriales radiofónicos de “Simplemente María”, o el rosario en familia del padre Peyton, la gente, -mucha gente- anhelaba ansiosamente que se muriera el Difunto. España no podía seguir así, necesitaba que lloviera mucho, muchísimo, a cántaros, para limpiar de caspa los bonetes de los curas, las togas de los jueces; hacía falta una lluvia que, intensa y pertinaz, inutilizara la pólvora de los fusiles de septiembre, que oxidara los sables relucientes de los generales, todos ellos calvos, cojos o barrigudos y con bigote fino. El personal hizo activamente lo que pudo, en la calle, en las fábricas, en las escuelas, pero no fue suficiente: y no llovía. Tuvo que ser el tiempo, pero no el mal tiempo, sino el inexorable paso de “los días que huyen sin que nadie los ponga freno”, el que hizo el trabajo necesario: El Difunto murió de viejo, pero no lo apeamos.
Hoy hay muchos “difuntos” que no van a morirse todos a la par, ni inminentemente, porque son jóvenes y fuertes, están muy bien alimentados y enrocados tras el botín que asegura la codicia: una cuenta corriente saneada, por su puesto en eso que, más que un país, es una hucha; estos no se van a morir hasta que no pase el tiempo, mucho tiempo. Esta vez tenemos que hacer que llueva ya, entre todos, como sea: porque no podemos respirar, se nos agota el aire, y lo poco que se respira huele mal, es de una hediondez insufrible, es la náusea, es la abulia diaria, el desafecto a todo, el desánimo colectivo que es una especie de peste que nos mantiene muertos de pie. Hay que hacer rogativas para que llueva a cántaros, como antes, pero más profanas, más cuantiosas, más gritadas, más intensas: en las calles, en las escuelas, en los hospitales, en las fábricas, en las iglesias. Para que llueva a cántaros, por Dios y por los clavos de Cristo.
“Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”, dijo el de Siracusa hace dos mil trescientos años: AQUÍ ESTA LA RED, AQUÍ ESTÁ EL PUNTO DE APOYO PARA MOVER AL MUNDO. A ver si alguien sabe utilizarla, y, uniéndola a la indignación y cabreo nacionales, barre de esta España nuestra a tanto ladrón bien vestido, a esta banda de corruptos desalmados que, siendo tardos y romos, han cambiado la pistola por la pluma para intentar con sus leyes hacer legítimo lo que no es, de ninguna manera, moral. No lo podemos consentir,
Buenas noches a to el jabeñerío,
En aquellos años setenta, en plenos seriales radiofónicos de “Simplemente María”, o el rosario en familia del padre Peyton, la gente, -mucha gente- anhelaba ansiosamente que se muriera el Difunto. España no podía seguir así, necesitaba que lloviera mucho, muchísimo, a cántaros, para limpiar de caspa los bonetes de los curas, las togas de los jueces; hacía falta una lluvia que, intensa y pertinaz, inutilizara la pólvora de los fusiles de septiembre, que oxidara los sables relucientes de los generales, todos ellos calvos, cojos o barrigudos y con bigote fino. El personal hizo activamente lo que pudo, en la calle, en las fábricas, en las escuelas, pero no fue suficiente: y no llovía. Tuvo que ser el tiempo, pero no el mal tiempo, sino el inexorable paso de “los días que huyen sin que nadie los ponga freno”, el que hizo el trabajo necesario: El Difunto murió de viejo, pero no lo apeamos.
Hoy hay muchos “difuntos” que no van a morirse todos a la par, ni inminentemente, porque son jóvenes y fuertes, están muy bien alimentados y enrocados tras el botín que asegura la codicia: una cuenta corriente saneada, por su puesto en eso que, más que un país, es una hucha; estos no se van a morir hasta que no pase el tiempo, mucho tiempo. Esta vez tenemos que hacer que llueva ya, entre todos, como sea: porque no podemos respirar, se nos agota el aire, y lo poco que se respira huele mal, es de una hediondez insufrible, es la náusea, es la abulia diaria, el desafecto a todo, el desánimo colectivo que es una especie de peste que nos mantiene muertos de pie. Hay que hacer rogativas para que llueva a cántaros, como antes, pero más profanas, más cuantiosas, más gritadas, más intensas: en las calles, en las escuelas, en los hospitales, en las fábricas, en las iglesias. Para que llueva a cántaros, por Dios y por los clavos de Cristo.
“Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”, dijo el de Siracusa hace dos mil trescientos años: AQUÍ ESTA LA RED, AQUÍ ESTÁ EL PUNTO DE APOYO PARA MOVER AL MUNDO. A ver si alguien sabe utilizarla, y, uniéndola a la indignación y cabreo nacionales, barre de esta España nuestra a tanto ladrón bien vestido, a esta banda de corruptos desalmados que, siendo tardos y romos, han cambiado la pistola por la pluma para intentar con sus leyes hacer legítimo lo que no es, de ninguna manera, moral. No lo podemos consentir,
Buenas noches a to el jabeñerío,