Es preferible que Madrid (o la Comunidad de Madrid) y Barcelona (o Catalunya) compitan, limpiamente, jugando al fútbol, a que compitan por atraerse un casino, un supercasino, un eurovegas, o como coño queramos llamarlo. Parece que la Sra. Aguirre y el Sr. Mas, están compitiendo –y mostrando lo mejor de ellos, que es lo peor para nosotros- para ubicar en sus territorios –que son los nuestros- un complejo de ocio que podría –en condicional- crear alrededor de 265.000 puestos de trabajo.
Nacionalismo aparte, cuando la cruda derecha enseña la velluda y horrenda pezuña, Barcelona y Madrid se igualan en la perversión política. Porque ya me dirán: la leyes, esas reglas escritas que deben perseguir el bien común, estos señores están dispuestos a cambiarlas si no le gustan, o torpedean, a un grasiento americano que lo pone como premisa para implantar su negocio. ¿Se puede pervertir más la política? Lo último que le hace falta a la sociedad catalana o madrileña, es añadirles mafia, codicia y prostitución: no va a “más”, que diría el croupier. ¡Por los clavos de Cristo!, ¿pero es que el ultraliberalismo económico de estos dos dirigentes puede abocarles a tamaño despropósito?
Un negocio tan abyecto sólo puede aceptarse mutilando a la dignidad: y los pueblos madrileño y catalán, me juego cinco chavos, prefieren un desempleo digno –y me duele esta frase en el alma- antes que la suntuosidad del lujo hortera. Si gobernar consiste en bajar los porcentajes de déficit y desempleo extendiendo cheques de indignidad al portador, a mí que me borren. Estoy con esto realmente indignado: el Tea Party está haciendo mella en estas dos comunidades. Qué paradoja que el Liberalismo que abanderan Mas y Aguirre, en ese afán de adelgazar el Estado hasta límites anoréxicos que asustarían a su maestro John Locke, les lleve a sustituirlo por una promesa que me recuerda al entrañable Berlanga.
Escribir en caliente es como fornicar en frío: habría que evitarlo; pero la verdad, por más chanel que se le añada, este asunto es pestilente y uno no puede callar y consentir que se arregle el empleo de un pueblo acogiendo un casino, un cementerio nuclear o una central nuclear misma. Afinen la imaginación, estrújense su mente, y den la talla ante sus electores: madrileños o catalanes, qué mas da, no se merecen esto.
(Hoy, que he venido tardísimo del centro, sólo me ha dado tiempo a este desahogo: mañana, en frío, me dedicaré a la cortesía).
Buenas -y respetuosas- noches a todos.
Nacionalismo aparte, cuando la cruda derecha enseña la velluda y horrenda pezuña, Barcelona y Madrid se igualan en la perversión política. Porque ya me dirán: la leyes, esas reglas escritas que deben perseguir el bien común, estos señores están dispuestos a cambiarlas si no le gustan, o torpedean, a un grasiento americano que lo pone como premisa para implantar su negocio. ¿Se puede pervertir más la política? Lo último que le hace falta a la sociedad catalana o madrileña, es añadirles mafia, codicia y prostitución: no va a “más”, que diría el croupier. ¡Por los clavos de Cristo!, ¿pero es que el ultraliberalismo económico de estos dos dirigentes puede abocarles a tamaño despropósito?
Un negocio tan abyecto sólo puede aceptarse mutilando a la dignidad: y los pueblos madrileño y catalán, me juego cinco chavos, prefieren un desempleo digno –y me duele esta frase en el alma- antes que la suntuosidad del lujo hortera. Si gobernar consiste en bajar los porcentajes de déficit y desempleo extendiendo cheques de indignidad al portador, a mí que me borren. Estoy con esto realmente indignado: el Tea Party está haciendo mella en estas dos comunidades. Qué paradoja que el Liberalismo que abanderan Mas y Aguirre, en ese afán de adelgazar el Estado hasta límites anoréxicos que asustarían a su maestro John Locke, les lleve a sustituirlo por una promesa que me recuerda al entrañable Berlanga.
Escribir en caliente es como fornicar en frío: habría que evitarlo; pero la verdad, por más chanel que se le añada, este asunto es pestilente y uno no puede callar y consentir que se arregle el empleo de un pueblo acogiendo un casino, un cementerio nuclear o una central nuclear misma. Afinen la imaginación, estrújense su mente, y den la talla ante sus electores: madrileños o catalanes, qué mas da, no se merecen esto.
(Hoy, que he venido tardísimo del centro, sólo me ha dado tiempo a este desahogo: mañana, en frío, me dedicaré a la cortesía).
Buenas -y respetuosas- noches a todos.