LA HABA: Hoy, Victoria (yo también tengo mis clacas de espalda)...

Hoy, Victoria (yo también tengo mis clacas de espalda) me ha visto el neurocirujano que, si le hubiera dado mi consentimiento, me hubiera operado hace dos años en Getafe. Opté por la vía mostrenca de aguantar al límite: hice gimnasia, caminé lo que pude, hice rehabilitación, en definitiva aplacé por mi cuenta la intervención quirúrgica y hoy me alegro. El médico –buen cirujano catalan con sólo 33 años- también se alegra porque “ estoy más que sorprendido por el comportamiento de su lesión, de haberle operado lo más que hubiéramos conseguido es llevarle a como ahora está”, me ha dicho. Luego me ha cursado el alta y todo el mundo contento.

Pero no del todo, porque el hombre –después de cuatro años en el hospital de Getafe y luego de un año en Boston- me dice que le rescinden el contrato de interinidad que tiene y se ve obligado a irse “a los Estados Unidos a investigar, con un salario anual de 19.000 dólares anuales” (14.400 euros/año). A mí, y a cualquiera, esto me abre las carnes; muy educado, sin rencor, me ha dicho que siente “irse de España, con la mejor sanidad pública del mundo, pero hay que comer y no quedarse desfasado”.

Me he despedido de él casi emocionado, más que por la mala noticia de su despido por la lección de entereza y resignación humanas que me ha dado. Me he venido pensante en los demoledores daños morales que este vendaval económico está infligiendo a la juventud más cualificada: esto es la primera guerra mundial del XXI, son las balas del despropósito lanzadas contra almas indefensas. Lo mismo da desangrarse por fuera que consumirse por dentro, y -de no resurgir la imaginación política- esta guerra va a producir millones de cadáveres andantes, muertos vivientes que van a ser la mala conciencia de la parte del mundo que quede indemne.

Y está la orilla agarrada. No es suficiente con empatar los gastos con los ingresos, ni siquiera sacar buena nota en Bruselas: los euros que nos quita la Reforma se van para remunerar los intereses de lo que debemos a los bancos alemanes, y así puede que nos aplaudan en Europa pero vamos a despellejarnos en España. Hace falta reinventar el trabajo como sea, es necesaria la inversión pública por parte de las tres administraciones del Estado –digan lo que digan- porque el empresariado español no tiene nada de patriótico ni de emprendedor si no asegura por adelantado sus beneficios; se echa en falta una banca oficial que preste pensando en el objetivo y no en el lucro; y hacen falta, en fin, líderes tan avispados como honestos que hilvanen todo esto y persuadan, contundentemente, a los países del norte de que somos pobres pero no haraganes.

¡Ánimo, no obstante, que tiene que llover!

Buenas noches a todos,