RRLGD, me ha puesto en marcha al recordarme Magacela y uno de sus naturales: corrían los años cincuenta.
Barquito: Calzaba botos rotos de piel muy dura, tan dura, que unas cruces hendidas en el material - muescas hechas con su propia navaja- aliviaban el dolor producido por los juanetes, que parecían brotes de huesos que salían de sus pies. Sus pantalones, de pana amarillenta, los sujetaba con una cuerda de pita a la cintura; camisa blanca lampareada de suciedad y chaqueta negra, igual que su sempiterna gorra: Era flacucho y espigado como un junco, y una sonrisa casi perenne certificaba su bondad. Pero lo que realmente le definía era su barba. Una barba blanca, blanquísima, que le hacía parecer un diospadre: ¡Barquito!, ¡barquito!, ¡barquito!, le coreaban los niños (jabeños y magacelenses), y él, siempre cándido y bonachon –lejos de enfadarse- les devolvía una sonrisa tras otra que, como un bálsamo, limaba la crueldad que a veces irradia la infancia. Era propietario, como bien dice RRLGD, de unos vetustos y frondosos almendros en nuestro término municipal, de olivares y otras tierras de calma, y de casas y otros bienes varios: no era ningún indigente. Todo el mundo le tenía por esto y por lo otro, le trataban así y asao y de esa manera y de la otra: “Como a un tonto” - ¡qué lastima!- se decía entonces. Pero yo os digo, que un día -sentado en un cimbranto- tuve que escuchar de su boca algo que me hizo pensar: “Yo no soy tonto, Leganés, veo los cerros y la vida de manera muy distinta a como la ven en Magacela y por aquí”. Yo era un niño, y él era un santo.
Lástima que la Sicología llegara tan tarde a España, y aún después a nuestros pueblos extremeños: Barquito, o Vicent Van Gogh –qué más da-, en nuestro pueblo de entonces hubieran sido abucheados por los niños porque eran diferentes.
¿Se acuerda alguien de “la Telesfora”?, también sufriría lo suyo.
Recordaréis un carro con sus dos largas varas, cargado hasta los topes de cal, o de harina, y trabadas a él dos mulas haciéndolo rodar, un hombre detrás del carro (como empujándolo, pero con poca intensidad) y otro hombre, mucho más activo -agarrando por abajo la jáquima de la bestia delantera- con un pañuelo blanco en la cabeza y encima una boina negra: “ ¡Me cago en brios!, muuuuuuúla, arre, me cago en brios”, decía escupiendo la colilla que llevaba en los labios. Y las mulas, cansinas y babeando, movían de arriaba a bajo sus cabezas, como diciendo que sí, y él, dando latigazos al aire, “ ¡Arre, me cago en brios!, muuuuuuula; subían a duras penas la primera cuesta que lleva a ese Km. 1 que dice RRLGD, y así hasta llegar al cerro en el que está Magacela. Bien, pues ese hombre que iba delante, ERA ELLA. Y los niños, todos los sabíamos, cuchicheábamos y nos decíamos: “No tiene pito, no tiene pito, ¡pero es un hombre! Lástima también el sufrimiento de esas mujeres, en aquellos tiempos, metidas en un cuerpo de hombre, qué sufrimiento debió ser la vida de la Telesfora.
Y de Tomás, ¿quién se acuerda de Tomás?, de Tomás el verdulero.
Montado en su burra parda, aguadera de cuatro jaques, sus gafas de culo de vaso –que parecía don Santiago Ramón y Cajal- con esa verdura tan fresquita, más que biológica, con el rocío de la mañana encima: ajos, cebollinos, cebollas, perejil, acelgas, espinacas, lechugas, patatas, cardillos, cardenchas, espárragos …, y unas ramitas de aromática albahaca para sus mejores clientas. Qué sanamente se ganaba la vida este santo Tomás de Magacela.
Magacela, además, nos dio un párroco a los jabeños (¿o dos?) era tan simpático que se casó en seguida, como debe ser. También nos dio un buenísimo peluquero, mejor persona, amigo de sus amigos: yo le he sido tan fiel como a mi mujer, y me sigue cortando el pelo todavía en Madrid (y la barba de “Barquito” que tengo). A Madrid, Magacela le ha dado un muy activo sindicalista en la zona de Villaverde: Sr. Calle, ya fallecido. También un teniente de alcalde a Leganés, y un dirigente político al sur de Madrid. Todo eso, y mucho más, da de sí ese pueblo del cerro que divisamos desde la Java y que, siéndonos tan cercano, le hemos dado la espalda durante mucho tiempo.
Menos mal que, hace muchísimos años, vino Antonio el Dulcero y nos conquistó.
Buenas noches a todos,
Barquito: Calzaba botos rotos de piel muy dura, tan dura, que unas cruces hendidas en el material - muescas hechas con su propia navaja- aliviaban el dolor producido por los juanetes, que parecían brotes de huesos que salían de sus pies. Sus pantalones, de pana amarillenta, los sujetaba con una cuerda de pita a la cintura; camisa blanca lampareada de suciedad y chaqueta negra, igual que su sempiterna gorra: Era flacucho y espigado como un junco, y una sonrisa casi perenne certificaba su bondad. Pero lo que realmente le definía era su barba. Una barba blanca, blanquísima, que le hacía parecer un diospadre: ¡Barquito!, ¡barquito!, ¡barquito!, le coreaban los niños (jabeños y magacelenses), y él, siempre cándido y bonachon –lejos de enfadarse- les devolvía una sonrisa tras otra que, como un bálsamo, limaba la crueldad que a veces irradia la infancia. Era propietario, como bien dice RRLGD, de unos vetustos y frondosos almendros en nuestro término municipal, de olivares y otras tierras de calma, y de casas y otros bienes varios: no era ningún indigente. Todo el mundo le tenía por esto y por lo otro, le trataban así y asao y de esa manera y de la otra: “Como a un tonto” - ¡qué lastima!- se decía entonces. Pero yo os digo, que un día -sentado en un cimbranto- tuve que escuchar de su boca algo que me hizo pensar: “Yo no soy tonto, Leganés, veo los cerros y la vida de manera muy distinta a como la ven en Magacela y por aquí”. Yo era un niño, y él era un santo.
Lástima que la Sicología llegara tan tarde a España, y aún después a nuestros pueblos extremeños: Barquito, o Vicent Van Gogh –qué más da-, en nuestro pueblo de entonces hubieran sido abucheados por los niños porque eran diferentes.
¿Se acuerda alguien de “la Telesfora”?, también sufriría lo suyo.
Recordaréis un carro con sus dos largas varas, cargado hasta los topes de cal, o de harina, y trabadas a él dos mulas haciéndolo rodar, un hombre detrás del carro (como empujándolo, pero con poca intensidad) y otro hombre, mucho más activo -agarrando por abajo la jáquima de la bestia delantera- con un pañuelo blanco en la cabeza y encima una boina negra: “ ¡Me cago en brios!, muuuuuuúla, arre, me cago en brios”, decía escupiendo la colilla que llevaba en los labios. Y las mulas, cansinas y babeando, movían de arriaba a bajo sus cabezas, como diciendo que sí, y él, dando latigazos al aire, “ ¡Arre, me cago en brios!, muuuuuuula; subían a duras penas la primera cuesta que lleva a ese Km. 1 que dice RRLGD, y así hasta llegar al cerro en el que está Magacela. Bien, pues ese hombre que iba delante, ERA ELLA. Y los niños, todos los sabíamos, cuchicheábamos y nos decíamos: “No tiene pito, no tiene pito, ¡pero es un hombre! Lástima también el sufrimiento de esas mujeres, en aquellos tiempos, metidas en un cuerpo de hombre, qué sufrimiento debió ser la vida de la Telesfora.
Y de Tomás, ¿quién se acuerda de Tomás?, de Tomás el verdulero.
Montado en su burra parda, aguadera de cuatro jaques, sus gafas de culo de vaso –que parecía don Santiago Ramón y Cajal- con esa verdura tan fresquita, más que biológica, con el rocío de la mañana encima: ajos, cebollinos, cebollas, perejil, acelgas, espinacas, lechugas, patatas, cardillos, cardenchas, espárragos …, y unas ramitas de aromática albahaca para sus mejores clientas. Qué sanamente se ganaba la vida este santo Tomás de Magacela.
Magacela, además, nos dio un párroco a los jabeños (¿o dos?) era tan simpático que se casó en seguida, como debe ser. También nos dio un buenísimo peluquero, mejor persona, amigo de sus amigos: yo le he sido tan fiel como a mi mujer, y me sigue cortando el pelo todavía en Madrid (y la barba de “Barquito” que tengo). A Madrid, Magacela le ha dado un muy activo sindicalista en la zona de Villaverde: Sr. Calle, ya fallecido. También un teniente de alcalde a Leganés, y un dirigente político al sur de Madrid. Todo eso, y mucho más, da de sí ese pueblo del cerro que divisamos desde la Java y que, siéndonos tan cercano, le hemos dado la espalda durante mucho tiempo.
Menos mal que, hace muchísimos años, vino Antonio el Dulcero y nos conquistó.
Buenas noches a todos,