Un quinto, antes de ser un botellín de cerveza, fue un proyecto militar. Era un mozalbete que superaba los 18 años que, previo a su incorporación a filas, era tallado en el ayuntamiento para declararle, o no, apto –físicamente- en el fervoroso deseo de servir a la patria.
“Quiero tanto a mi patria que la voy a poner un piso” (por aquello de patria querida…), escribía por entonces Perich en la revista satírica “El Lobo”.
Para “medirse”, el quinto se “arreglaba”; esto es, servicio completo de barbería: corte de pelo y afeitado con dos pases. Lavado desde los bajos en el barreño de zinc, raya dibujadísima en el pelo y entrajado por vez primera, el quinto era escoltado por una tropa familiar que le llevaba en volandas hasta el ayuntamiento. Teniendo por testigos a su padre, padrino, titos y primos, un municipal y un funcionario oficiaban el rito de la medición; verificaban la altura y también el ancho de pecho y, si a simple vista estaba sano, el guardia decía: “Útil para el servicio”. Y el funcionario anotaba.
Creo recordar que era siempre por carnavales y también recuerdo un diálogo más o menos así:
-A mí, Gregorio –decía el quinto dirigiéndose al guardia-, me han dicho que diga que tengo los pies planos.
-Ya, como tu abuelo, que andaba siempre marcando las dos menos diez. Eso lo tienes que alegar en la Zona, pero después del sorteo.
-Y también, que soy hijo de viuda pobre.- añadió el recluta.
-Si te toca a España –quería decir servir en la península-, casi seguro que te dan por inútil; pero como te toque a Ifni, te la tragas entera-. Sentenció el guardia.
Los quintos eran una institución en el pueblo, se agrupaban en “quintas” por año y se forjaban amistades a base de mocear, beber, comer y hacer trastadas juntos: “Vivan los quintos del 67”, “Aquí meó un quinto del 7O”, eran leyendas que aparecían en las tapias del pueblo antes de nacer los grafitis. Cada quinta quería superar a la anterior con alguna acción estrambótica: y un día, la entrañable A. J. (buena y simpática donde las haya, q. e. p. d.), se levantó una mañana y se dijo: “Uuuu, qué día más oscuro hace hoy……”, y cuando abrió las puertas de casa se encontró que la habían tapiado toda la entrada con ladrillo de medio pie. Muy gracioso para escucharlo, pero amanecer así…. En fin, los jóvenes quintos: “Queremos el sueldo de un general y el pito de un corneta, los quintos del 71”, se leía en otra pared.
Cuando llegaba el sorteo, un año después de la talla, y a alguno le tocaba servir en África, había madres que lloraban y se enlutaban como si aquello fuera una desgracia. Mientras, el de los pies planos, entre ufano y pícaro, se regodeaba en la plaza: “El que sabe, sabe; y el que no, se va a la mili”. (¡Joputa?).
Yo tengo un recuerdo entrañable de mis quintos: Indalecio Balsera “el de la Regalada” (está en Cáceres), Alfonso Guisado “Pistolo” y después “Pardito” (vive en Valladolid) y Waldo Díaz Carmona “Ubaldito” (que reina en el pueblo). A los tres los quiero mucho.
Buenas noches a todos,
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“Quiero tanto a mi patria que la voy a poner un piso” (por aquello de patria querida…), escribía por entonces Perich en la revista satírica “El Lobo”.
Para “medirse”, el quinto se “arreglaba”; esto es, servicio completo de barbería: corte de pelo y afeitado con dos pases. Lavado desde los bajos en el barreño de zinc, raya dibujadísima en el pelo y entrajado por vez primera, el quinto era escoltado por una tropa familiar que le llevaba en volandas hasta el ayuntamiento. Teniendo por testigos a su padre, padrino, titos y primos, un municipal y un funcionario oficiaban el rito de la medición; verificaban la altura y también el ancho de pecho y, si a simple vista estaba sano, el guardia decía: “Útil para el servicio”. Y el funcionario anotaba.
Creo recordar que era siempre por carnavales y también recuerdo un diálogo más o menos así:
-A mí, Gregorio –decía el quinto dirigiéndose al guardia-, me han dicho que diga que tengo los pies planos.
-Ya, como tu abuelo, que andaba siempre marcando las dos menos diez. Eso lo tienes que alegar en la Zona, pero después del sorteo.
-Y también, que soy hijo de viuda pobre.- añadió el recluta.
-Si te toca a España –quería decir servir en la península-, casi seguro que te dan por inútil; pero como te toque a Ifni, te la tragas entera-. Sentenció el guardia.
Los quintos eran una institución en el pueblo, se agrupaban en “quintas” por año y se forjaban amistades a base de mocear, beber, comer y hacer trastadas juntos: “Vivan los quintos del 67”, “Aquí meó un quinto del 7O”, eran leyendas que aparecían en las tapias del pueblo antes de nacer los grafitis. Cada quinta quería superar a la anterior con alguna acción estrambótica: y un día, la entrañable A. J. (buena y simpática donde las haya, q. e. p. d.), se levantó una mañana y se dijo: “Uuuu, qué día más oscuro hace hoy……”, y cuando abrió las puertas de casa se encontró que la habían tapiado toda la entrada con ladrillo de medio pie. Muy gracioso para escucharlo, pero amanecer así…. En fin, los jóvenes quintos: “Queremos el sueldo de un general y el pito de un corneta, los quintos del 71”, se leía en otra pared.
Cuando llegaba el sorteo, un año después de la talla, y a alguno le tocaba servir en África, había madres que lloraban y se enlutaban como si aquello fuera una desgracia. Mientras, el de los pies planos, entre ufano y pícaro, se regodeaba en la plaza: “El que sabe, sabe; y el que no, se va a la mili”. (¡Joputa?).
Yo tengo un recuerdo entrañable de mis quintos: Indalecio Balsera “el de la Regalada” (está en Cáceres), Alfonso Guisado “Pistolo” y después “Pardito” (vive en Valladolid) y Waldo Díaz Carmona “Ubaldito” (que reina en el pueblo). A los tres los quiero mucho.
Buenas noches a todos,
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