LA HABA: Siento a Extremadura como mi tierra, y a “Leganensa”...

Siento a Extremadura como mi tierra, y a “Leganensa” como mi mujer, pero –en concubinato- declaro mi amor por Madrid. Son ya cuarenta, y más, años sufriéndolo como para no quererlo. Hoy tenía que gestionar un asuntillo en la plaza de las Salesas (que no me ha salido bien), y luego me he plantado en el Retiro, porque sí.
He mirado, desde el gran parque, la fachada del núm. 107 de la calle de Alcalá y me ha parecido tan hermosa que he dejado que se apague y se encienda dos veces el muñeco del semáforo. Ya en Alcalá, divisando su puerta, he visto cómo nacen las calles de Velázquez, Lagasca y Muñoz Seca y he llegado a la plaza de la Independencia donde se alza, muy adornada de flores, la Puerta de Alcalá. En esta plaza está la Cámara de Comercio de Madrid, un edificio imponente que fue el almacén de abastecimiento para la villa desde l650 a l850, según reza en su fachada.

Desde la Puerta hasta el Palacio de Linares, al que yo llamo una de las cuatro esquinas de Madrid (con Banco de España, Palacio de Comunicaciones y Cuartel General del Ejército), hay un tramo –que no superará lo doscientos metros- en el que las cafeterías decoradas Out Trade, las galerías de arte abiertas al público, el variopinto gentío subiendo y bajando a la plaza de la Cibeles, todo ello, te inyecta en vena unas ganas de vivir que compensa, con creces, todo el desánimo en que me había sumergido el fracaso de mi gestión en las Salesas.

Ya en Cibeles, he mirado cómo el conjunto del Museo del Prado, su ampliación hasta el claustro de los Jerónimos y la Academia, no se ha visto perjudicado por la innovación hecha por Moneo que, hasta donde ha podido, ha respetado la ladrillería y la arenisca iniciales de Villanueva: animo a la gente a que venga a Madrid y disfrute todo un día de todo este entorno que está en un puño de tierra.
Para más gozo, hoy he descubierto una joya madrileña que está eclipsada por el Palacio de Comunicaciones, hoy domicilio de Ana Botella: el Museo Naval, no tengo palabras para describir tanta belleza, desde su fachada hasta sus techos, sin entrar en su contenido que guarda sorpresas impactantes.

Andando por el bulevar del Paseo del Prado, me ahorro contaros todo lo bueno que en él se puede ver, he mirado -a traves de sus rejas- el inconmensurable Museo Botánico de Madrid, para ir a sentarme justo al lado de la escultura de don Claudio Moyano, un hombre al que la educación en España le debe mucho. Después del descansillo, y de mirar la fachada del Ministerio de Agricultura que tiene lo suyo, me he adentrado en la estación de Atocha.

Voy a confesaros una cosa infalible: igual que el corazón, en su incansable latir de sístole y diástole, debe mantener un ritmo para que la vida se ejerza en plenitud, la estación de Atocha -que es un reflejo del corazón de España- necesita de un ritmo infernal en su bullir de viajeros para que la actividad laboral vaya bien. Hoy veo cómo languidece su otrora frenético entrar y salir de viajeros, sus trenes son menos frecuentes y sobran asientos para sentarse: este no es el Madrid que a mí me gusta. Cuando esto reviva, que estoy loco por verlo, yo me daré cuenta por el ir y venir de los trenes, por el sístole/diástole de la estación, entonces España irá bien.

(Coste del viaje: 1,80 euros, agua grifo de Madrid ½ gratis)