LA HABA: Saludo a quien nos lea desde Burela (Lugo)....

Saludo a quien nos lea desde Burela (Lugo).

Hace muchos años, un agosto de primero de los ochenta, llegué a ese pueblecito que entonces –administrativamente- dependía del Concello de Cervo, donde presencié una fiesta nocturna “da meigas y bruxos” en la que, cómo no, saboreamos el excelente aguardiente gallego en la queimada popular que se ofreció en la plaza y, casi a la par, asistimos a una “rapa das bestas” en los montes cercanos donde los caballos, libres de jáquimas y espuelas, trotan y galopan a sus anchas.

Entonces, Burela apenas era una carretera con dos o tres hostales y dos playitas, muy frías, a las que se accedía –cruzando las vías del tren- por unos serpenteantes caminos de tierra. Había un puesto de la Cruz Roja donde se atendía las picaduras –terribles- del pez ariego, de las que doy fe porque las sufrí en las plantas de ambos pies.

Unos años después se construyó el Hospital Comarcal que, unido al personal de la mina de San Ciprián, dio vida y trabajo a mucha gente. Aunque lo que realmente sostenía la economía del pueblo era su flota pesquera. Me sorprendió el calibre y la cantidad de los barcos que la componían: eran naves modernas, de gran tonelaje y preparadas para la pesca muy lejana de la merluza y, sobre todo, del bonito que son manjares por los que vale la pena desplazarse. Antes, sin la existencia de la autovía, bajar por las peligrosas curvas de Mondoñedo a Foz, hacían del viaje una excursión casi peligrosa, pero hoy –supongo- la cosa será más sencilla.

De la gente que allí conocí, recuerdo, nítidamente, la cara tan roja que ponía el subastador de la lonja, cantando a velocidad vertiginosa el nombre y el precio del pescado que se ofertaba cuyo precio subía de duro en duro (y en gallego) y que sólo los pescaderos comprendían con facilidad. Recuerdo a la Sra. África, encargada de la fábrica de conservas propiedad de don Emilio, con quien tanto hablé y que tanto me enseñó de la pesca, cocido, desespinado y conserva del tronco de bonito. Recuerdo a José, armador de los barcos Promontorio I, Promontorio II y III, que tuvo la paciencia y la deferencia de explicarme las artes de pescar dentro de sus propios barcos. Recuerdo al famoso taxita y hotelero apodado “Poeta”, a su hija Uxia y a su yerno Antonio, cocinero de pro que me daba a probar sus espléndidas “caldeiradas” y garbanzos con callos para que le diera mi parecer (¿qué le iba a decir yo?). Cómo recuerdo las cenas en la bodega del hotel, la espléndida sardina asada y el ribeiro fresquito.

Recuerdo, en fin, las temibles olas nocturnas –con el mar enfadado- estrellándose contra el potente Faro del Cabo de Burela.

Un cordial saludo para nuestro lector burelés, o lectores burelenses.