LA HABA: En veinticuatro horas mis pies han pasado de sentir...

En veinticuatro horas mis pies han pasado de sentir el rocío matinal a pisar la cálida moqueta. Como el gusano se torna en ninfa, en bella crisálida, he tenido que sufrir una rápida metamorfosis: estando yo tan bien vestido de hombre, he tenido que disfrazarme de señor para no desentonar en el Hotel Wellintong. Esta esquizofrenia en la vestimenta, y en mis quehaceres sociales, me pasa a veces factura en mi vida onírica: así, sueño a veces que estoy cogiendo aceitunas con traje y corbata para descojone de los aceituneros altivos. O, por el contrario, sueño que soy cardenal -y estando en un cónclave para elegir Papa- se me acerca el secretario papal y me dice "Bájese la púrpura, Eminencia, que tiene la bragueta desabrochada".

El Hotel Wellington está ubicado en el número seis de la calle Velázquez de Madrid, y es el hotel de más honda raigambre taurina en España, que es como decir del mundo. En él se alojan, se visten y rezan los toreros antes de encaminarse -por la calle de Alcalá- a la Plaza de las Ventas, convertida en plataforma del patíbulo donde se ejecutan esos animales tan bellos a los que tú tanto amas, Victoria. En sus paredes, puede apreciarse una imponente foto de un toro cárdeno (ése color amoratado que en un vaso sanguíneo es preludio de ictus o infarto, y que tu veías en aquel agua). Igualmente, se cuelgan cuadros con retratos en blanco y negro de toreros semidesnudos, en el momento solemne de su vestimenta: Abellán, Joselito, Uceda Leal, y otros, todos ellos guapísimos. En los lugares más cálidos de este lujoso hotel, se dispone de saloncitos convenientemente decorados para la tertulia taurina: un ejercicio literario que eleva el castellano a cotas de altísimo nivel, y que sin duda sorprendería al detractor más intrasigente de la Fiesta. Debo anticiparte, Victoria, que yo no he venido a ello.

Menos conocida es la Fundación Wellintong, radicada también aquí, que es un verdadero crisol de eventos culturales de todo tipo. Y aún más desconocido es que en este mismo local, Ramón Gómez de la Serna instaló lo que él llamó "El Torreón Mágico", y junto a Blasco Ibáñez, Pérez Galdós, Carmen de Burgos "Colombines" (ojo a la fémina), creó un estrambótico taller transgresor en aquella época, donde la tertulia literaria, la crítica sosial y política, el incipìente comienzo de la radio y el micrófono, y otras muchas actividades se daban cita para gozo y disfrute de la bohemia. Gómez de la Serna fue un hombre genial y enciclopédico, capaz de hacer feliz con su humor al todo Madrid: en su tarjeta de visita se leía: "poseedor de un micrófono en funciones universales". Tradujo a Edgard A. Poe, escribió una biografía de Kafka, fue radiopionero en Unión Radio Madrid, y amó apasionadamente toda su vida incluso a su mujer, pero sobre todo a Carmen de Burgos, veinte años mayor que él. Ha pasado a la historia de la literatura por ser el inventor de la Greguería (aunque no es cierto), una especie de mezcla de humor grotesco, metáfora y atrevimiento, y si no léase esta: "Con el columpio, las mocitas nos enviaban el aire de sus coños". Una greguería es también la utilización deslavazada del idioma, de forma inconexa, ojo al ingenio escribía, por ejemplo, "cuenta El capitán del barco las olas del reloj", y había que leer "El reloj de capitán de barco cuenta las olas". En fin, un tío que valía la pena. Pero yo, Victoria, tampoco he venido a ninguna tertulia literaria.

Yo he venido al Hotel Wellington a comer. Yo siempre estoy solícito a comer, y es que aquí esta establecido uno de los mejores restaurantes en cocina japonesa: El Kabuki. En esta cocina yo era virgen, y estoy en condiciones de asegurarte que es la gloria. Superada la dificultad de los palillos tradicionales por otros disimuladamente trucados me he puesto en situación y he ingerido seis variedades de pescados, todos ellos crudos (cigala, besugo, rodaballo, atún, anguila y otros dos impronunciables), las salsas -casi todas- contienen naranja, limón, vinagre de arroz y soja. Todo esto con una botella de blanco alemán (Riesling) y otro también blanco francés (Chablis).

(Comer tanto pescado crudo y tan variado, cuando estábamos en el postre -compuesto por una sopa con algas, las patas crudas de la cigala y la pieles del besugo, la anguila y el rodaballo-, ya casi al final, Yole, hube de disculparme unos minutos para hacer una "llamada" inaplazable).

Termino. Y lo hago pidiendo disculpas a mis foreros habituales por este cuento chino de un restaurante japonés, a donde un amigo me ha invitado a comer con la única condición de que le contara a posteriori mis sensaciones. Pensando, no sé si con mucho tino, que también pudiera interesarles a algún lector. Este restaurante es de diez, pero al ver la factura me he dicho que comer bien por este precio, siendo placentero, no tiene mucho mérito: no sabe uno si la citada factura refleja el importe de la comida o el traspaso del local.

Buenas noches a todos.