De los
árboles caían pesadas las últimas hojas. Los días se acortaban, como los
paseos al
atardecer, como las conversaciones a la intemperie cuando dos conocidos se encontraban.
El
otoño era la
estación que más le gustaba. La única en la que no se sentía solo, sino acompañado por algo tan valioso como la
naturaleza. En este lado del mundo todo se ralentizaba, la vida se hacía más pausada, o simplemente, se ocultaba. Y se sentía tan identificado con esta estación, que su vida parecía un perpetuo
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