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CINCO,
Cada fin de mes, la estanquera dueña, debía remitir un pedido al almacén regional de Tabacalera una vez inventariado el saldo de mercancías en existencia. Aunque era muy rudimentario, el control administrativo de su pequeño negocio detectó, no sin alarma por su parte, que el consumo de mistos era absolutamente desproporcionado. Así, el importe generado por este concepto era semejante al producido por la venta de tabaco, y, además, su dependienta –que llevaba de cabeza su propio control de entradas y salidas- la instó a triplicar la cantidad de cajitas a pedir respecto al mes anterior. Y, como una sugerencia al nuevo pedido, le apostilló: “La gente prefiere la bandera de España, Doña Amparo”.
La estanquera, tan beneficiada por el generoso Régimen, informó –aunque de manera coloquial y sin darle más importancia- al cabo de la guardia civil de que “lo que pasa con los mistos, señor Sánchez, parece cosa de brujería, se consumen como silbo de ganso, y, como llevan pólvora, yo le aviso por si las moscas”. Y el cabo, siempre malpensante, repitió de nuevo el interrogatorio a los dos potenciales pirómanos con el mismo resultado que la vez anterior: “nosotros, mire usté, usamos el mechero de mecha pa encendé los pitillos”. No había más.
La dependienta, ya repuesta del disgusto que le produjo la actitud delictiva de su allegado familiar –inmutable al reprocharle su deshonroso comportamiento-, quiso subrayar las características del pedido para neutralizar no sólo el aumento de la demanda sino también, y sobre todo, diluir la merma que había supuesto el robo perpetrado por su altanero sobrino.
- ¡Qué empacho de bandera española, hija mía!- le contestó la estanquera.
Dado el caos reinante en el valor de cada SANTO, nadie sabe cómo, el mercado infantil hizo pública una lista en la que se definió oficialmente el valor de cada bandera. Así, se estableció como billete de más valor la española, con una puntuación de 50; la argentina, 25; la del Paraguay, 10; la de Ecuador, Colombia y otras, 5; Perú, 2,50; Panamá, 1; y Cuba, 0,50. Igualmente, emergieron espontáneamente dos bancos comerciales, uno en cada orilla del arroyo que, regentados por una pareja de niños, atendían las demandas de cambio y, posteriormente de compra, de estos verdaderos billetes en que se habían convertido los SANTOS.
El tema estaba llegando al paroxismo comercial: “yo trabajo en el banco del Oeste”, se le oyó decir a una niña. Y otra, esta del lado contrario del río, como avalando la autenticidad de sus activos repetía: “Nuestro billete mayor es el de verdad”. Los lidercillos, temiendo perder el control financiero de su zona, dado que estos bancos iniciaron una competencia desleal, bajando y subiendo –según conviniera - el precio de los SANTOS, y previendo un desplome de los precios por el tráfico sin control de las banderas, como si en ello les fuera la pérdida de su poder, los dos cabecillas, declarados enemigos para todo y para siempre, no tuvieron más remedio que hacer de tripas corazón y reunirse para estampar juntos sus nombres de su puño y letra en todas y cada una de las banderas españolas en circulación: un acto protocolario que presenció una minoría selecta del chiquillerío jabeño. Anunciando, posteriormente y a través de sus adláteres, el contenido del acuerdo alcanzado con vigencia hasta nueva orden: el SANTO de más valor se correspondía con la bandera española y su valor fijo de cambio se establecía en 50 unidades monetarias, no siendo válido sin las firmas de los dos cogobernadores. ¡HABÍA NACIDO EL DINERO!, y no tardaría en llegar la codicia.
Buenas tardes,
….. aún debe continuar…..
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