Se despertó sobresaltado el duende en su callejón, dando brincos se acercó hasta la fuente haciendo ruido con sus cascabeles y observó que las rosas y los claveles del parque se entretenían en asuntos de amor. Echó un vistazo a la mocita descalabrada y pensó en el eterno jardinero cuyo nombre ya estaba borrado de la mente de los habitantes de la aldea y que con mano experta y mucho cariño cuidaba las flores y remojaba también a la muchachada.
La plaza con su centro ocupado por una escuálida farola con mortecina luz alumbraba a una esbelta palmera inapropiada y los muros de la recia fábrica de Pedro.
Soltó un suspiro y se coló por uno de los caños de la fuente, siguió la veta llegando hasta la caverna donde manaba el agua y en su refugio desde siglos se durmió.
Ya no oye los etílicos proyectos tabernarios ni los cantos altisonantes emitidos por el grupo de los pavos reales.
La plaza con su centro ocupado por una escuálida farola con mortecina luz alumbraba a una esbelta palmera inapropiada y los muros de la recia fábrica de Pedro.
Soltó un suspiro y se coló por uno de los caños de la fuente, siguió la veta llegando hasta la caverna donde manaba el agua y en su refugio desde siglos se durmió.
Ya no oye los etílicos proyectos tabernarios ni los cantos altisonantes emitidos por el grupo de los pavos reales.