ALMENDRAL: Hincó pies en el alvero, clavó ojos en la puerta de...

Hincó pies en el alvero, clavó ojos en la puerta de gayola y, cuando el morlaco salió arremetiendo a sus miedos con su potente testuz; de astas muy bien dotado, es recibido con dos redondos, seguidos de media verónica que lo dejó deslomado, perdió patas y hocicó arrancando jirones de arena que hasta las gradas llegó, berreó, quiso centrar la extraviada mirada y el sol de la media tarde acabó por deslumbrarle. él, que era tan bravío, tan fuerte, tan altanero, negro zaino y corniveleto, sufrió cierto escalofrío incapaz de asimilar donde se iba aquella sombra que quería empitonar. Otra vez oyó un ¡ Jé, he heee! Y con las fuerzas que aún tenía arremetió una y otra vez.
Exhausto, descompuesto, escarbando con sus pezuñas y babeando, vio una sombra de mil colores adornada que parecía inconsistente y que, desde el centro de la plaza a los aires se elevaba, privándole del placer de atizarle feroz cornada.
Fuera del peligro, el duende echó una mirada a la moza de la fuente, a La Malena y a Pedro y saliéndose del foro, se pasó por el arrabal donde en humilde morada con su hijo en el regazo, olvidadita, se hallaba la morena del fin del mundo con toda su fecundidad.
El bicho, seguía solo en el redondel, aplaudido y jaleado por congéneres iguales que desde zona de sombra le inducían a arremeter hasta el vuelo de un mosquito que allí osara aparecer.
Así que, olvidándose del lance, con su careto burlón, el duende se refugió en su morada tan añeja y singular, que ya lo era, en el pleistoceno o antes, quizá.
Salud.