Desde lo alto del campanario de Mari, la de Magdala, el maldito trasgo; más que quevediano, gustaviano o esproncediano, miraba abstraído la cúpula celestial moteada de viejos soles en efervescencia rutilante de singular belleza. En el campamento de colonos-guerreros procedentes de diversos lugares norteños, reinaba la más absoluta placidez, unos roncaban ajenos a los avatares del día a día y otros se entretenían procreando para después tener más brazos labriegos o simplemente por placer. La lechosa luz lunar impregnaba la aldehuela de una luz que dibujaba fantasmagóricas sombras en callejones y plazuelas. De repente, un estrépito semejante al horroroso sonido que producen las secas nubes burguillanas cargadas de electricidad al entrechocar, le sacó de su duermevela. Echó una mirada por entre las chozas del campamento y, observó, que en su pocilga, el bicho dejaba escapar por su ano unos gases pestilentes revueltos con excrementos en los que se revolcaba y, le pareció, que con sumo deleite, pues en su hocico había una especie de sonrisa que delataban un puerco sueño virtual.
Pensó: Después de aparentar en su despiste, ser cruel sabueso cazador de entes incorpóreas, qué bajo ha caído este animal.
Luego, un poco aburrido, se retiró a su cuchitril, tan bien situado, bajo los pies de su terráquea representación de lo que debiera ser la humanidad.
Salud.
Pensó: Después de aparentar en su despiste, ser cruel sabueso cazador de entes incorpóreas, qué bajo ha caído este animal.
Luego, un poco aburrido, se retiró a su cuchitril, tan bien situado, bajo los pies de su terráquea representación de lo que debiera ser la humanidad.
Salud.