Habían caído cuatro gotas y el valle estaba espléndido, las yerbas frescas y jugosas incitaban a su degustación y, los diferentes rebaños, piaras y manadas, guiadas por sus rabadanes, pastores, porqueros y mayorales entraban en él a saco.
En un corrillo, los rabadanes discutían acaloradamente, pretendiendo cada uno dar a su partida los mejores pastos; y, en otro formado por porqueros, la misma discusión y afán.
Los rebaños, se alimentaban con fruición sabiendo, que el berrear les haría perder bocado.
En sus saraos, los amos de las cabras, caballos, gorrinos y churras y merinas, además de montes y tierras de labor, seguían a lo suyo, disputarse el beneficio, y de tanto en tanto, asomando la cabeza a la ventana, gritaban recio y fuerte ¡Arre, arre! Y así arreciaba cual contrapunto en sinfonía nunca acabada, el cataclap cataplap, de las cuernas de los carneros al chocar.
En lo alto de musgosa roca, en cuyo asiento brotaba un arroyuelo, el duende con su cara amarillenta y sonrisa de oreja a oreja, hacía sonar su vieja flauta, sin merecer ni la mirada distraída de una yegua que relinchaba junto a él.
Salud.
En un corrillo, los rabadanes discutían acaloradamente, pretendiendo cada uno dar a su partida los mejores pastos; y, en otro formado por porqueros, la misma discusión y afán.
Los rebaños, se alimentaban con fruición sabiendo, que el berrear les haría perder bocado.
En sus saraos, los amos de las cabras, caballos, gorrinos y churras y merinas, además de montes y tierras de labor, seguían a lo suyo, disputarse el beneficio, y de tanto en tanto, asomando la cabeza a la ventana, gritaban recio y fuerte ¡Arre, arre! Y así arreciaba cual contrapunto en sinfonía nunca acabada, el cataclap cataplap, de las cuernas de los carneros al chocar.
En lo alto de musgosa roca, en cuyo asiento brotaba un arroyuelo, el duende con su cara amarillenta y sonrisa de oreja a oreja, hacía sonar su vieja flauta, sin merecer ni la mirada distraída de una yegua que relinchaba junto a él.
Salud.