ALMENDRAL: Seguía la llovizna, aunque no era pertinaz. El ocaso...

Seguía la llovizna, aunque no era pertinaz. El ocaso se acercaba por La Raya y la tarde estaba fresca, los olivos y algún que otro almendro ya florecido de la sierra de su nombre exhalaban un perfume especial que presagiaba la primavera incipiente.
Sentado en la pared de piedra del viejo cordel, disfrutaba del plácido atardecer como si fuese la primera vez que veía el bello espectáculo que le brindaba el verde oscuro de los montes y la fuerza vital del llano, donde, alumbrado por un fogonazo de luz que se filtraba por entre los nubarrones, destacaban los campanarios de Pedro y Magdala, y en derredor, un manto de rojizas tejas parecían servirle de alfombra, irisada de reflejos por la lluvia reciente y aquellos últimos rayos de sol.
Detrás suyo, un regato aún aprendiz, recién salido de la madre, dejaba fluir sus aguas que se remansaban un poco en el albercón, cerca de la casa de Isidro, descansando, para luego continuar y pasados los Tres Picos, acercarse hasta el poblado, no sin antes fertilizar, las tierras de su ribera, y por supuesto, la huerta de la tía Petra, pues no faltaría más.
Ya se difuminan los contornos y el duende, poco a poco se aproxima hasta su fuente, lanza un beso a la mocita y un vistazo a sus cálidos marmóreos muslos, a sus senos y a su rosa colorá.
Salud.