Seguía la llovizna, aunque no era pertinaz. El ocaso se acercaba por La Raya y la tarde estaba fresca, los olivos y algún que otro almendro ya florecido de la sierra de su nombre exhalaban un perfume especial que presagiaba la primavera incipiente.
Sentado en la pared de piedra del viejo cordel, disfrutaba del plácido atardecer como si fuese la primera vez que veía el bello espectáculo que le brindaba el verde oscuro de los montes y la fuerza vital del llano, donde, alumbrado por un fogonazo de ... (ver texto completo)
Sentado en la pared de piedra del viejo cordel, disfrutaba del plácido atardecer como si fuese la primera vez que veía el bello espectáculo que le brindaba el verde oscuro de los montes y la fuerza vital del llano, donde, alumbrado por un fogonazo de ... (ver texto completo)