MIRAFLORES DE LA SIERRA: Yo nací en MIRAFLORES DE LA SIERRA, que es un pueblo...

Yo nací en MIRAFLORES DE LA SIERRA, que es un pueblo muy bonito, y no es porque sea mi pueblo. Alatenango quiere decir abundancia de elotes. Mi papá se llamaba Juan Pablo y mi mamá Berta Yacht. Yo me llamo María, aunque me conocen por Marta. Soy indígena cakchiquel, de una raza que descendemos de los mayas.



Yo no sé cuántos habitantes tenía mi pueblo cuando yo nací. Lo que sé es que sólo se llegaba allí por una carretera de tierra. En aquel tiempo tenía la iglesia junto a la plaza y el mercado, y un pequeño parque dedicado a Rufino Barrios, donde han puesto ahora el servicio de correos, y poco más.



Mi papá se quedó huérfano desde pequeño. Era indígena, como mi mamá. En mi pueblo había una división entre los ladinos, que son los que llevan las tiendas y los negocios y no hablan lengua, y los indígenas, que se dedican sobre todo a cultivar maíz y hablamos lengua. Y no había matrimonios entre ladinos e indígenas. Mi papá se crió con su madrina, que no sabía nada de lengua, mientras que mi mamá sólo hablaba lengua. Tuvo que aprender y para ella fue un gran esfuerzo



Mi mamá siempre habló lengua con mi abuela, pero a mí no me la enseñó, porque mi papá tenía miedo de que luego no aprendería bien las letras en la escuela, como unos primos que teníamos, que hablaban confundiendo las dos lenguas.



Mi pueblo era muy bonito, pero muy pobre. Todas las señoras tejían a mano, en sus telares; y antes de casarse se hacían los dos trajes que iban a usar. Yo aprendí también a tejer, y medio le ayudaba a mi mamá, a la que le gustaba mucho tejer pajaritos. Tenía todo lo necesario para el telar, y usaba unas espinas grandes en lugar de alfileres.



Vivíamos según la costumbre cakchiquel. Mi abuela vestía una falda azul claro con rayas horizontales tirando a blanco, que se llama morga, con una faja colorada y un huipil blanco, con franjas verticales, y pajaritos en hilera en medio. Era la tradición. Pero ya en aquellos tiempos se empezaban a buscar otros colores, y los hombres comenzaron a quitarse el traje, y se vestían como los ladinos.



Entonces en mi pueblo se cosechaba sólo maíz y frijol. Ahora se cosecha también café, porque con las erupciones del volcán hay muchas tierras que ya no son fértiles. El volcán es terrible: una vez hubo una erupción que duró unos cinco días. Era un temblor continuo. Se veían muy cerca los ríos de lava, que gracias a Dios no llegaron hasta el pueblo. Y yo no hacía más que decirle a mi mamá: ¡por qué no nos iremos a vivir a otro lado! Y ella me contestaba:



-Aquí nos puso Dios, aquí nos quedaremos.



En esa época había poca escuela para las mujeres, porque los hombres pensaban que no tenían que ir a la escuela, y sólo iban los hombres. Gracias a Dios, mi papá prestó el servicio militar, y allí se dio cuenta de la importancia que tenía saber al menos un poco de letras, y dijo que si él se casaba nos pondría a todos en la escuela.



Nosotros fuimos doce de familia, yo soy la cuarta. Pero mis hermanos mayores murieron, así que me convertí en la mayor y me tuve que encargar de todos los hermanos.



Y poco más recuerdo de la infancia en mi pueblo. Lo que sí puedo decir es que era un pueblo muy religioso. Mi mamá me enseñó las primeras oraciones, al amanecer y al anochecer. Y había muchas fiestas. Cuando yo era pequeña, un grupo de personas escogidas, con vida ejemplar, se dedicaban a recaudar limosnas y organizar la fiesta del patrón, que es San Juan Bautista. En esa misma fecha celebraban la fiesta del Corpus Christi, porque el sacerdote sólo venía cuando recibíamos la Primera comunión.



Era una fiesta muy hermosa. Teníamos que pasar un examen con una Hermana de la Caridad, que venía para comprobar que estábamos preparadas. Pero como el sacerdote venía tan poco teníamos que esperar mucho. Por todo esto, yo no hice la Primera Comunión hasta los diez años.



Era muy bonita también la Cuaresma. Sacaban un nazareno con la cruz, todos los viernes por la tarde, y cuando llegaba la Semana Santa llegaba un sacerdote que confesaba a todo el mundo: en la mañana, a las niñas, y en la tarde, a primera hora, a las señoras; y ya casi en la noche, a los señores.



Desde el Jueves Santo ya no tocaban las campanas, sino la matraca, que es un instrumento de cuatro cajones con forma de cruz, y tiene unos palos intermedios que al chocar producen mucho ruido. A mi me gustaba mucho esa fiesta. La iglesia tenía olor a incienso, a corozo, a la flor de la palmera. Ponían alfombras en todo el camino, desde la salida de la iglesia, por todo el pueblo, y la gente con más centavos hacía sus alfombras de aserrín y ponían recortes de flores, de cruces, de rosas y venados. Otras gentes hacían las alfombras con una flor amarilla, la chilca, y una planta, el trébol, que lo ponían haciendo grecas.



También eran muy bonitas las fiestas de la Navidad. Se ponía un nacimiento en la iglesia, con la Virgen con un sombrero al igual que San José, que llevaba un tecomate al hombro, y sus alforjas. Y cada quién iba trayendo unas flores distintas. Recuerdo la primera Misa de Navidad a la que fui, cuando era patoja. Regresé indignada. Al empezar la Misa empezaron a quemar cohetes, y sonó un tambor grande en el atrio, y la chirimía; y luego, a mitad de Misa, otros señores volvieron a tocar esos instrumentos. Yo, al oir tanto relajo, con los pitos de agua, no lo entendí, y me pareció que era irreverencia. Ya luego me explicaron, que no era malo, que era la costumbre celebrar así la Navidad.



Durante ese tiempo vine una vez a la capital. Me trajo la maestra, Olga Jesús Ochoa Barrios, que era una señora muy buena y muy piadosa. Le tenía mucha devoción a la Sagrada Familia y tenía en su casa un pequeño escaparate dónde todas las noches le encendía una candela a Jesús, María y José. Era una persona muy culta y le gustaba que todo el mundo aprendiera. Y tan generosa que se desprendía de su sueldo para ayudar la escuela.



Vivía sola porque su hija trabajaba en Puerto Barrios. Y como no tenía más familia en el pueblo, me pidió favor para que la acompañara por las noches. Y me trajo a la capital -me dijo- para que me fijara en las cosas buenas. Me llevó a ver el mapa en relieve para que viera como era Guatemala.



Mi mamá tenía idea que cuando yo terminara cuarto grado, que es la primaria, ya no iba a seguir estudiando, para ayudarla. Mi papá en cambio decía que, si yo tenía capacidad, debería seguir estudiando. Entonces doña Olga dijo que yo, si quería, podía seguir: que ella me daría clases particulares y que después me podía ir a Puerto Barrios con su hija para enseñarme más.



A mi mamá esto no le gustó nada, pero mi papá dijo que me daba permiso para irme con ella. Y yo ya estaba dispuesta a irme a Puerto Barrios, cuando hubo una familia en el pueblo que celebraron una Misa en acción de gracias por el matrimonio de sus hijos. Eran familiares de mi papá y nos invitaron.



Fuimos. Las señoras se encargaron de preparar la comida y los hombres muy pocos fueron a Misa. El sacerdote, antes de terminar la Misa, dijo que, por favor, no nos fuéramos, que iba a dar una noticia.



Nos dijo que en la capital había una casa donde vivían personas de fe, y que allí había unas señoritas que estaban entregadas a Dios y que las patojas que tuvieran deseos de aprender más y quisieran ir a la capital, esas señoritas les podrían enseñar los trabajos de la casa y muchas cosas buenas. Dijo que iban a estar bien cuidadas. Dijo que allí nos enseñarían a tratar a Dios, y dijo que había Padres que iban a confesar y que había Misa todos los días.



Desde ese momento me entró una inquietud por ir. No sé por qué, pero me entró una inquietud por ir. Y hacía apuestas con mi hermana de que iría a la capital y me quedaría.



Platiqué con mi papá y le conté lo que había dicho el Padre. Otro señor le dijo: "Juan Pablo, eso es de Dios, aprovecha que tu hija tiene esa inquietud". El siguió sin decir nada. Otro señor dijo: "eso sería bueno si se juntaran dos o tres patojas, porque eso puede que sea una organización llevada por los gringos; hay que cuidar, no vaya a ser que sean protestantes". Otro dijo: "si han dicho que hay Misa, y hay confesión, no pueden ser protestantes".



Entonces hablé con una amiga y le dije: "¿por qué no le dices a tu papá que mi papá me quiere mandar a la capital y yo le cuento lo mismo al mío y se ponen de acuerdo y se reúnen?". Mi mamá nunca me tocó ese tema. Las mujeres en mi pueblo no opinaban.



Le pregunté a mi papá si yo podría irme, y me dijo: "si Dios quiere sí; no creo que si ves que son protestantes te quedes con ellos".



Hablaron los papás y dijeron: "si esto hay que hacerlo, mejor hacerlo ya, para qué van a estar las patojas inquietas". Y nos dijeron que nos veníamos a la capital enseguida.



Cuando iba a venirme a la capital no dormí en toda la noche. Y es que entonces no era como ahora. Antes sólo venían a la capital las personas que tenían negocios, o las regatonas, que son señoras que compran los productos en la costa del Pacífico y los vienen a revender al pueblo.



Vinimos en camioneta. Sólo había dos en el pueblo, una mala y una buena, que la llamábamos la Reina, y era de una señora a la que no le gustaba que se la mancharan. En esta había que pagar más, por lo que sólo la ocupaban las señoras que se quería distinguir un poco. Nosotros nos vinimos en la otra, que la llamábamos San Carlos. La camioneta nos llevó hasta la misma puerta de la casa, en lanovena calle. Y hasta que no abrieron las señoritas, no nos dejó.



Yo iba con el corte, que es como llamamos al traje cakchiquel. Era un corte muy bonito, de colores muy alegres, porque mi mamá me dijo que como yo soy morena, que mejor buscara colores vivos.



-¡Si no -me decía riendo- te vas a ver como los anates.

ANTONIO MACHADO

Misterioso y silencioso

Iba una vez y otra vez,

Su mirada era tan profunda

Que apenas se podía ver.

Cuando hablaba tenía un dejo

De timidez y de altivez.

Y la luz de sus pensamientos

Casi siempre se veía arder.

Era luminoso y profundo

Como era hombre de buena fe.

Fuera pastor de mil leones

Y de corderos a la vez.

Conduciría tempestades

O traería un panal de miel.

Las maravillas de la vida

Y del amor y del placer,

Cantaba en versos profundos

Cuyo secreto era de él.

Montado en un raro Pegaso,

Un día al imposible fue.

Ruego por Antonio a mis dioses,

Ellos le salven siempre. Amén.

RUBéN DARíO


SOLEDADES (1899-1907)


Y

(EL VIAJERO)

Está en la sala familiar, sombría,

Y entre nosotros, el querido hermano

Que en el sueño infantil de un claro día

Vimos partir hacia un país lejano.

Hoy tiene ya las sienes plateadas,

Un gris mechón sobre la angosta frente;

Y la fría inquietud de sus miradas

Revela un alma casi toda ausente.

Deshójanse las copas otoñales

Del parque mustio y viejo.

La tarde, tras los húmedos cristales,

Se pinta, y en el fondo del espejo.

El rostro del hermano se ilumina

Suavemente. ¿Floridos desengaños

Dorados por la tarde que declina?

¿Ansias de vida nueva en nuevos años?

¿Lamentará la juventud perdida?

Lejos quedó —la pobre loba— muerta.

¿La blanca juventud nunca vivida

Teme, que ha de cantar ante su puerta?

¿Sonríe al sol de oro,

De la tierra de un sueño no encontrada;

Y ve su nave hender el mar sonoro,

De viento y luz la blanca vela henchida?

El ha visto las hojas otoñales,

Amarillas, rodar, las olorosas

Ramas del eucalipto, los rosales

Que enseñan otra vez sus blancas rosas..

Y este dolor que añora o desconfía

El temblor de una lágrima reprime,

Y un resto de viril hipocresía

En el semblante pálido se imprime.

Serio retrato en la pared clarea

Todavía. Nosotros divagamos.

En la tristeza del hogar golpea

El tictac del reloj. Todos callamos.


OTRO Z.