EL MISTERIO DE LA EUCARISTíA de Benedicto XVI
Estas palabras convergen al final en el misterio de la Eucaristía, en la que el Señor nos da el pan de la vida y el vino de su amor y nos invita a la fiesta del amor eterno. Nosotros celebramos la Eucaristía con la conciencia de que su precio fue la muerte del Hijo, el sacrificio de su vida, que en ella queda presente. Cada vez que comemos de este pan y cada vez que bebemos de este cáliz, anunciamos la muerte del Señor hasta que venga, dice san Pablo (Cf. 1 Corintios 11, 26). Pero también sabemos que de esta muerte surge la vida, pues Jesús la transformó en un gesto de oblación, en un acto de amor, trasformándola profundamente: el amor ha vencido a la muerte. En la santa Eucaristía, desde la cruz nos atrae a todos hacia sí (Juan 12, 32) y nos convierte en sarmientos de la vid, que es él mismo. Si permanecemos unidos a él, entonces daremos fruto también nosotros, entonces de ya no daremos el vinagre de la autosuficiencia, del descontento de Dios y de su creación, sino el buen vino de la alegría en Dios y del amor por el prójimo. Pidamos al Señor que nos dé su gracia en para que en las tres semanas del Sínodo que estamos comenzando no sólo digamos cosas bellas sobre la Eucaristía, sino que vivamos de su fuerza. Pidamos este don por medio de María, queridos padres sinodales, a quienes saludo con afecto, junto a las diferentes comunidades de las que procedéis y que aquí representáis, para que siendo dóciles a la acción del Espíritu Santo podamos ayudar al mundo a convertirse --en Cristo y con Cristo-- en la vid fecunda de Dios. Amén.
Estas palabras convergen al final en el misterio de la Eucaristía, en la que el Señor nos da el pan de la vida y el vino de su amor y nos invita a la fiesta del amor eterno. Nosotros celebramos la Eucaristía con la conciencia de que su precio fue la muerte del Hijo, el sacrificio de su vida, que en ella queda presente. Cada vez que comemos de este pan y cada vez que bebemos de este cáliz, anunciamos la muerte del Señor hasta que venga, dice san Pablo (Cf. 1 Corintios 11, 26). Pero también sabemos que de esta muerte surge la vida, pues Jesús la transformó en un gesto de oblación, en un acto de amor, trasformándola profundamente: el amor ha vencido a la muerte. En la santa Eucaristía, desde la cruz nos atrae a todos hacia sí (Juan 12, 32) y nos convierte en sarmientos de la vid, que es él mismo. Si permanecemos unidos a él, entonces daremos fruto también nosotros, entonces de ya no daremos el vinagre de la autosuficiencia, del descontento de Dios y de su creación, sino el buen vino de la alegría en Dios y del amor por el prójimo. Pidamos al Señor que nos dé su gracia en para que en las tres semanas del Sínodo que estamos comenzando no sólo digamos cosas bellas sobre la Eucaristía, sino que vivamos de su fuerza. Pidamos este don por medio de María, queridos padres sinodales, a quienes saludo con afecto, junto a las diferentes comunidades de las que procedéis y que aquí representáis, para que siendo dóciles a la acción del Espíritu Santo podamos ayudar al mundo a convertirse --en Cristo y con Cristo-- en la vid fecunda de Dios. Amén.