LA ESTACIÓN DEL TIEMPO:
Bajo la marquesina de la estación
donde el humo del carbón fue nube y bruma,
duerme la vieja estación, de silencio rodeada,
con el pulso cansado que el olvido sepulta.
Por sus andenes mudos de piedra y memoria,
caminaron los pasos de un siglo lejano:
familias enteras buscando otra aurora,
cartas de amor entregadas de paso,
el silbido agudo que rasgaba la tarde
y el adiós en pañuelos que el viento mecía.
Hoy las vías se curvan como venas vacías
bajo el sol implacable que quema los rieles.
Pero si escuchas de cerca, en la brisa latente,
vienen ecos lejanos de un tren en marcha:
el pulso de un tiempo que forjó la esperanza,
la huella invisible que el pueblo dejó.
Y allí se quedó la estación, centinela de ausencias,
con su fachada y su sombra de gloria,
guardando en el fondo de cada rincón
el eco perenne de una antigua historia.
Bajo la marquesina de la estación
donde el humo del carbón fue nube y bruma,
duerme la vieja estación, de silencio rodeada,
con el pulso cansado que el olvido sepulta.
Por sus andenes mudos de piedra y memoria,
caminaron los pasos de un siglo lejano:
familias enteras buscando otra aurora,
cartas de amor entregadas de paso,
el silbido agudo que rasgaba la tarde
y el adiós en pañuelos que el viento mecía.
Hoy las vías se curvan como venas vacías
bajo el sol implacable que quema los rieles.
Pero si escuchas de cerca, en la brisa latente,
vienen ecos lejanos de un tren en marcha:
el pulso de un tiempo que forjó la esperanza,
la huella invisible que el pueblo dejó.
Y allí se quedó la estación, centinela de ausencias,
con su fachada y su sombra de gloria,
guardando en el fondo de cada rincón
el eco perenne de una antigua historia.