Soy de los españoles, pocos, al parecer, que no entraron en Europa con la firma del tratado de adhesión a la CEE, en 1986. Quiero decir que siempre he sido europeo, por nacimiento. Otros muchos, en especial los progres, son africanos, y ahí los tenemos, con Cebrián, Zapo y Goytisolo a la cabeza, divididos entre el servilismo europeísta y la vuelta atrás de la “insidiosa” Reconquista.
Europeo no significa europeísta, como pacífico no es lo mismo que pacifista, ni catalán que nacionalista catalán, vasco que nacionalista vasco, obrero que socialista, femenina que feminista, etc. Incluso suele resultar todo lo contrario.
Como europeo, nunca me han hecho gracia las pretensiones europeístas (anglosajonización por arriba y afroasiatización por abajo). Menos todavía el complejo de inferioridad y el desprecio a nuestra cultura que han querido inculcarnos masivamente los zapos, cebrianes y tutti quanti.
Esa Europa tan necia como pretenciosa acaba de mostrarse, una vez más, en su salsa. Con una pandilla de pistoleros o amigos de los pistoleros en la tribuna de invitados, y muchos otros amigos y cómplices en los escaños, el Charlamento europeo ha respaldado el proceso de “paz”, es decir, de destrucción del estado de derecho en España. Por una exigua mayoría, cierto, pero aun así. Claro que, afortunadamente, aquí no tenemos por qué hacer caso a esos despreciables bergantes.
El farero de Capdepera.
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