Y claro que me gustaría estar el día de san Jordi en Barcelona. Me gusta Barcelona, ya lo dije, y me gustan los libros. Me figuro ese buen ambiente. Por cierto, me ha venido a la cabeza algo que presencié el verano pasado en un pueblo costero cercano a Barcelona y que viene a cuento de lo que hablamos esta mañana de la música. Era un grupo de norteamericanos, no se si los habrás visto por allí alguna vez. Todos cincuentones y con estética entre motera y setentera. Cantaban canciones de entonces, de los Credence a Lynyrd Skynyrd, de Crosby, Still y Nash a Canned Head, cosas por el estilo. Algo alucinante. El tipo que cantaba encendía un cigarro con la colilla del anterior y bebía cerveza como un cosaco, pero en medio de aquel paseo marítimo dieron un miniconcierto memorable y el fumador destilaba un chorro de voz que ni Pavarotti, a pesar de lo que se castigaba. Mis hijos se quedaron alucinados, aunque ya han oído esa música en casa, pero verlo en directo era otra cosa. Me dio la impresión de que eran gente que se dedicaban a ir de un pueblo a otro de las costas cantando. Gente anclada en el pasado y que hacían lo que más les gustaba. Dignos de envidia, vamos.
Bnb.
Bnb.