La verdad, es un gustazo trabajar cuando está todo "nuevecito".
Hace unos días abrió deprisa y corriendo por culpa de un "momento puntual" (según los entendidos). Pero desde hoy, ya estamos toda la plantilla al completo.
Y como las cosas de palacio van despacio. Hoy, hemos estrenado en Zamora la tercera planta de hospitalización del Ikea.
Vamos, que es tiempo propio de invierno.
Tanto si llueve como si hace sol, en la Candelaria (2 de febrero), hace un frío del copón.
Pronto el gobernador la vuelve a llamar a su tribunal.

- ¿Quién se ha atrevido a curarte?

-Jesucristo, Hijo de Dios vivo.

- ¿Aún pronuncias el nombre de tu Cristo?...

-No puedo -le responde decidida- callar el nombre de Aquel que estoy invocando dentro de mi corazón.
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Desengañado, el procónsul manda llamar a Agueda a quien increpa ásperamente: "Pero tú, ¿de qué casta eres?" "Aunque soy de familia noble y rica-le contesta-, mi alegría es ser sierva y esclava de Jesucristo".

Quinciano se enfurece. Le hace ver los castigos a que la va a condenar si sigue en su decisión, como a un vulgar asesino; la vergüenza que con ello vendría a su familia, la juventud, la hermosura que va a desperdiciar...

" ¿No comprendes, le insinúa, cuán ventajoso sería para ti el librarte ... (ver texto completo)
Si hemos de creer a las Actas, ya de antes Quinciano, el procónsul, se había enamorado de Agueda, "cuya belleza sobrepujaba a la de todas las doncellas de la época". Esta había rechazado siempre sus pretensiones, y ahora el desairado gobernador se prometía reducirla intimándola con la persecución y los tormentos a que se hacía acreedora por su constancia en defender la religión cristiana.

Obedeciera o no a esta medida, el hecho es que Agueda, como tantos cristianos de la isla, fue llevada ante el tribunal para que prestara también su sacrificio a los dioses. La Santa no teme a la muerte, pero le hacen temblar los infames propósitos del gobernador para hacerla suya. Decidida y llena de fe y de confianza, ofrece de nuevo al Señor su virginidad y se prepara para el martirio.

No eran éstos, sin embargo, los propósitos inmediatos del procónsul que, para forzar su voluntad e intimidarla, la pone en manos de una mujer liviana y perversa, y en compañía de otras de su misma deplorable condición. Durante treinta días estuvo la Santa sufriendo duramente en su sensibilidad, pero no pudieron desviarla de seguir en su propósito de esposa de Jesucristo. ... (ver texto completo)
Le ha tocado vivir, por otra parte, en tiempos de persecución, y más ahora, cuando en el trono de Roma se sienta un príncipe ladino, Decio, que pretende deshacer en sus mismas raíces toda la semilla de los cristianos, harto extendida ya en aquel entonces por todos los ámbitos del Imperio. Decio, "execrable animal", como le llama Lactancio, comprende la inutilidad de hacer tan sólo mártires entre los cristianos, y pretende ahora organizar en manera sistemática su total exterminio. Inventa nuevos artificios Y seducciones; se ha de emplear el soborno y los halagos. Después, en caso de negarse, la opresión, el destierro, la confiscación de bienes y los tormentos. Sólo, como en último recurso, se les habia de condenar a muerte.

Por el año 250 hace que se publique un edicto general en el Imperio, por el que se citan a los tribunales, con el fin de que sacrifiquen a los dioses, a todos los cristianos de cualquier clase y condición, hombres, mujeres y niños, ricos y pobres, nobles y plebeyos. Es suficiente, para quedar libres, que arrojen unos granitos de incienso en los pebeteros que arden delante de las estatuas paganas o que participen de los manjares consagrados a los ídolos. Al que se negara, se le privaba de su condición de ciudadano, se le desposeía de todo, se le condenaba a las minas, a las trirremes, a otros tormentos más refinados y a la misma esclavitud. El intento del emperador, al decir de San Cipriano, no era el de no "hacer mártires", sino "deshacer cristianos", con todos los malos tratos posibles, pero sin el consuelo de la condenación y de la muerte. Esto se vino a hacer con nuestra santa, Agueda, que por entonces residía en Catania, donde mandaba, en nombre del emperador, el déspota Quinciano, gobernador de la isla de Sicilia. ... (ver texto completo)
Al final, vamos a tener que organizar una excursión a Oimiakon, van a acabar siendo como de casa. Eso sí, que sea en veano, o si no puede ser pues en primavera.
Llevamos unos días con un tiempo mu malaco. Y eso que brilla el sol, a ratos, pero hace un airón que mete miedo. llueve, a ratos también, y empago frío. Claro que el que no se consuela es porque no quiere. Vete a Oimiakon.
Buenas tardes.
Yo, ahí lo dejo.
Bueno, eso aquí que hay, si es que, una capita de carámbano mu fina. Ahora vete a romper el hielo a Oimiakon, anda.
Siempre ayudan, estas frases, a romper el hielo.