Entre las choperas de los prados de abajo la
niebla se siente la dueña de todos los
rincones. El talanda recibe sin alboroto las
aguas del Montoya, para juntas proseguir el
camino frías y silenciosas, con negrillos álamos y chopos en los márgenes del cauce. Un petirojo posado en un zarzal es acariciado por la niebla, mientras contempla el discurrir del
agua desde su posadero. En las laderas se encuentran
pinos,
almendros, y aguas abajo las encinas de el Hondajo. No lejos de allí se ve la silueta
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