EL PIÑERO: Los carros, engarzados unos con otros, formando el...

Los carros, engarzados unos con otros, formando el ruedo de la plaza. La gente los llena. En el corral del fondo de la plaza, situado al norte, el toro jardo rumia con mirada recelosa hacia sus compañeros, por su cercanía.
El regidor ordena la suelta del primero de la tarde. Los corraleros mueven al ganado y, como les dijera el alcalde, abrirá plaza el toro jardo. Desde la puerta dan la voz, anunciando la presencia del toro.
A medio trote, irrumpe en el ruedo, con mirar desafiante y sueños de libertad, el toro de cuatro hierbas. Cruza hacia la esquina del depósito, acometiendo a todo aquel que le llama. Sobre todo, recuerda que, al otro lado de las ruedas de los carros, las calles acaban donde comienzan los campos.
Los campos son surcados por algún arroyo de cristalinas aguas, en cuyas orillas, entre junqueras, crece la hierbabuena.
Con fiereza derrota contra un cabrio que va de rueda a rueda de los carros, hoy llenos de gente, en paciente espera para mañana ir por los caminos a buscar el bálago que llenará las eras.
La tarde antes ya dijo aquel anciano: el cabrio era flojo para tapar aquel hueco. Al subirse los mozos para ponerse a salvo del toro jardo, crujió como en día de viento y tempestad en la alameda. Los mozos, ante el crujido, saltan para los carros.
Allí quedó astillado el lomo del joven árbol, que ahora cornea el toro, dejándolo quebrantado, y el hueco que dijera el anciano el día antes, desprotegido. Se podía ver la calle.
Con recios derrotes cornea el toro, rompiendo el tentemozo trasero de uno de los carros. El toro jardo busca la libertad, raspándose el lomo, los costillares y las caderas, mientras con la testa sigue derrotando.
Al salir a la calle, la algarabía es inmensa. En la plaza, los mozos del otro lado del coso corren allá por donde escapa el toro.
En la calle, la caramelera de la Aldea se esconde detrás del puesto, aguantando con las manos, como queriendo evitar que caramelos, juguetes y detalles sean derramados. No fue obstáculo para el toro aquel tenderete y solamente le dio un bufido, por el cual rodaron por el suelo algunas golosinas.
En su escapada, Crestente fue volteado en sus ansias de libertad. Calle abajo tomó el camino de El Veril. Por el instinto del agua se acercó al Montoya. En él sació su sed, refrescando sus patas y contemplando en sus cristalinas aguas su esbelta figura y hermoso pelaje. De su hocico se desprenden gotas de agua que caen con suavidad sobre las hierbas de la orilla del arroyuelo.
Pone grupas hacia poniente, subiendo por la ladera. Antes de pasar cerca del palomar, se roza con una de las higueras y respira el aire fresco a la sombra del nogal.
Reconfortado, se adentra en el pago de la Miolla. En los resecos campos encuentra haces de cebada, de los cuales degusta las espigas. Por el Chinarral, es el trigo sin segar el que sacia el apetito. También mordisquea en un barbecho las frescas y esporádicas hierbas que nacieron con el agua de una tormenta de San Juan y se libraron del arado.
El toro jardo se detiene en Correcaballos, a la sombra de un almendro que se hallaba a la vera del camino, en el cual, alguien dijo, haber visto a la Virgen.
Satisfecho en su libertad, camina por los Quemaos. Ve cómo se despide el sol. Para él no es una tarde más. Siente su libertad, aunque añora las encinas de la dehesa, los silbidos del vaquero, para que él y sus compañeros se mantengan en la pradera, la tarde se escapa silenciosa, el cántico de las alondras se ha adormecido, al igual que los trigales.
Quisiera escuchar el sonido de los cencerros de los cabestros. Apreciar el aroma de las vacas que cuida el otro vaquero.
Se halla solo en los campos de El Piñero. Comienzan a verse las primeras estrellas cuando, a lo lejos, se escucha el rugir de un tractor y el golpeteo del remolque, el cual va cargado de gente. Entre ellos, con escopeta, un buen tirador.
La cercanía de aquel tractor motiva al toro jardo. En su espíritu de luchador, alza la testa desafiante. Desde el remolque, todos llaman al toro.
Apoyado en un estacón, manda guardar silencio el que va con la escopeta en las manos, esperando el momento de la arrancada del que soñó con la libertad escapándose de la plaza.
El tractor se detiene. El toro se encara con aquel mastodonte mecánico que arrastra el remolque cargado de gente.
Un cuervo grazna en unos chopos no lejanos. Un cielo salpicado de tímidas estrellas, con su luna en cuarto creciente, parece estar a la espera.
En el remolque, algunos opinan en voz baja lo que se debe hacer. El hombre de anchos hombros y escopeta en las manos vuelve a mandar silencio.
El toro jardo tiene los campos bajo sus patas y soñaba con la libertad. No nació para correr despavorido; es un toro y se enfrenta a quien lo llama.
Embiste hacia el remolque. Él no le teme a nada.
Bien apretada la escopeta contra el hombro, el estruendo de un disparo resuena en los campos, antes silenciosos.
Hace un extraño el toro jardo, sigue hacia el remolque. Necesita enfrentarse a quien lo llama.
La escopeta vuelve a vomitar una posta por el otro de sus cañones.
El toro jardo siente el impacto sobre sus sienes. Las espigas del trigo reciben el cuerpo vencido para acunarlo sobre los surcos. Las estrellas y la Luna se han estremecido.
El cuervo de los chopos no lejanos ha dejado de graznar, sin saber qué ha sucedido. La luna es testigo de que el toro yace sobre los resecos campos, con agónico respirar.
Los hombres bajan del remolque con recelo. Piden al escopetero que cargue y vuelva a disparar sobre la testa del vencido.
No es necesario. El menor de Picino es el encargado de cachetar al hermoso animal que naciera cuatro años atrás y dejara la vida entre las Cuatro Rayas, Correcaballos y los Quemaos, teniendo por lecho un trigal.
Horas después, yacía colgado de la viga del matadero, habiendo crujido la soga con sordo quejido.
Mientras dormía, un muchacho que siempre lamentó el no haberse despertado para contemplar, en el matadero, al toro jardo.