Hace más de sesenta y cinco años, se escapó el toro jardo de la plaza de El Piñero. Ha llovido y ha habido buenos días de trilla desde entonces. Esta vez no se escapó el urraco, salpicao, coletero y capirote. Se le dio suelta minutos después de las 10 de la mañana. A él y a su hermano de camada, negro mulato córnidelantero.
Los campos resecos de El Piñero, siendo contemplados por el Monruelo, recibieron a todo aquel que quiso acercarse, y fueron muchísimos los que tuvieron a bien ser espectadores y participantes en uno de los espectáculos más extraordinarios que se puede vivir en los campos de Castilla.
Cuando salen los toros y se ponen en movimiento los cientos de motores, parece que los campos, que estos días dormitaban después de ser retirada la mies, explotan en un rugir de páramo herido, que podría ser similar a cuando, en tiempos inmemoriales, estos mismos páramos bramaban porque de sus entrañas surgía con lenta majestuosidad el que hoy todos miramos, y admiramos por su estática figura y desde hace miles de años nombraron Monruelo.
El sol despertó en la lejanía del horizonte, con la firme intención de dar luminosidad al espectáculo que iba a acontecer entre los pagos de Vaciapaneras, Las Gabias, Las Ánimas, Las Cabañas, El Pedrón y Fuente los Zorros.
Aun siendo los rayos del sol oblicuos, llegaron a la loma de El Pedrón los primeros y más madrugadores asistentes, teniendo tiempo sobrado para sacar de la talega —hoy día de la nevera portátil— pan, viandas y vino. Del fruto de la vid, sin pasarse, que si se escapan los morlacos, hay que conducir.
Las herraduras de los caballos salpicaban el polvo del camino y trillaban la paja en la rastrojera. Eso sucedió en los campos de El Piñero. Para que se celebrara el espectáculo ecuestre taurino, el cual todos tenemos en mente y marcado en el calendario año tras año.
Quizás alguien en la lejanía lea esto. Aquel pueblo que dejó su abuelo o bisabuelo y se llevó un trocito del alma del pueblo en el corazón sigue teniendo vida y latiendo. Con los que están, y con aquellos en el recuerdo.
Los campos resecos de El Piñero, siendo contemplados por el Monruelo, recibieron a todo aquel que quiso acercarse, y fueron muchísimos los que tuvieron a bien ser espectadores y participantes en uno de los espectáculos más extraordinarios que se puede vivir en los campos de Castilla.
Cuando salen los toros y se ponen en movimiento los cientos de motores, parece que los campos, que estos días dormitaban después de ser retirada la mies, explotan en un rugir de páramo herido, que podría ser similar a cuando, en tiempos inmemoriales, estos mismos páramos bramaban porque de sus entrañas surgía con lenta majestuosidad el que hoy todos miramos, y admiramos por su estática figura y desde hace miles de años nombraron Monruelo.
El sol despertó en la lejanía del horizonte, con la firme intención de dar luminosidad al espectáculo que iba a acontecer entre los pagos de Vaciapaneras, Las Gabias, Las Ánimas, Las Cabañas, El Pedrón y Fuente los Zorros.
Aun siendo los rayos del sol oblicuos, llegaron a la loma de El Pedrón los primeros y más madrugadores asistentes, teniendo tiempo sobrado para sacar de la talega —hoy día de la nevera portátil— pan, viandas y vino. Del fruto de la vid, sin pasarse, que si se escapan los morlacos, hay que conducir.
Las herraduras de los caballos salpicaban el polvo del camino y trillaban la paja en la rastrojera. Eso sucedió en los campos de El Piñero. Para que se celebrara el espectáculo ecuestre taurino, el cual todos tenemos en mente y marcado en el calendario año tras año.
Quizás alguien en la lejanía lea esto. Aquel pueblo que dejó su abuelo o bisabuelo y se llevó un trocito del alma del pueblo en el corazón sigue teniendo vida y latiendo. Con los que están, y con aquellos en el recuerdo.