EL PIÑERO: Decía el dicho popular: cuando hay toros, no hay toreros;...

Decía el dicho popular: cuando hay toros, no hay toreros; cuando hay toreros, no hay toros.
El domingo, en Las Ventas, hubo toros y toreros. Los toros, como dice el pasodoble, de esos que dan miedo ver y, como decía don José Álvarez Juncal, con muy malas intenciones. Igualmente, Juncal nos decía que al miedo se le dice miedo.
En esta tarde, a la valentía se le dice coraje, arrojo, valor. Sobre todo, ser torero. Los tres maestros demostraron serlo y en grado superlativo.
El diestro Diego Urdiales nos hizo sentir ese miedo que te encoge el estómago, porque en ese momento sentimos que puedes ser en uno mismo, donde hinque el asta el de Adolfo Martín, que tenía muy malas intenciones. Solamente un torero de su talla y gallardía podía tener ese comportamiento delante del astiveleto.
Escribano, con su forma de estar delante del animal, nos hace sentir que cualquiera podía estar allí. Aunque yo lo piense, y supongo que más gente también. Solo nos queda darle las gracias por dejarnos sentir que cualquiera puede estar en la cara de esos toros. Nada más lejos de la realidad. Soñar no cuesta nada y sentirnos toreros tampoco.
A veces, el toreo es pasión. Sobre todo cuando hay toros, toros. De esos que dicen que no se confiesan con nadie.
En el último de la tarde hubo muchos momentos intensos, sobre todo en el que había tres agentes distintos y discordantes: el maestro Antonio Ferrera, el público y el presidente de la corrida.
Aun con el desorden, tuvimos el privilegio de ver cosas que nunca habían sucedido en Las Ventas, después de llevar celebrándose acontecimientos taurinos durante casi un siglo.
Al final, como había toro y torero, el espectáculo ganó en grandeza, arte y pundonor.