Que no, majos, qué no. En lo del Prestige, la culpa... del barco, ya lo dijo una conocida visionaria hace unos once años.
La culpa fue del Cha-cha-chá
sí fue del Cha-cha-chá
que me volvió un caradura
por la más pura casualidad
Zamora es un pequeña gran ciudad.
Zamora había por nombre,
Zamora, la bien cercada;
de un lado la cerca el Duero,
del otro, Peña Tejada,
del otro veintiséis cubos,
del otro la barbacana.
Y es que estamos a mediaos de noviembre, que hay que ir matando al marranico.
Si majos, parece que ya llega el frío.
¡Tres que sí y uno que no!
De momento voy a realizarme porque si no me voy a terminar emocionando y todo.
O no
Y ¿pa' qué quiero que me regalen esas marranadas que las sirven a los clientes por no tirarlas? Usté deme de eso colorao de ahí que humea que da gloria, me lo cobra a un precio razonable y me lo sirve pronto, que tenemos que irnos al siguiente bar.
Aquí te hielas de frío si te arrimas a la barra de cualquier bar y te sacan (eso sí, dao) unos kikos o unos chochos típicos de Salamanca.
Por no hablar de los callos del Alejandro (es que el del Tupinamba es mu bobo), de los tiberios o de los morunos de la zona de Los lobos.
Eso pa'l almuerzo, a media mañana, que pa' la hora de los vinos de la tarde no dejará de haber, cerca de casa, un barito acogedor, donde se empeñen las gafas al entrar y huela a panceta a la plancha que trasmine.
Pues si bajan las temperaturas ya se sabe: un palico más a la lumbre, un choricico asado en el borrajo y una jarrica de vino... Y, luego, un rato a correr pa' La Capilla.