SIN CRONOMETRO DE SALIDA
Eran las dos de la madrugada de aquel domingo del mes de enero, del año 1987, los dos amigos medio borrachos, en el único Café bar abierto de la localidad, estaban preparando el paseo nocturno, hasta el Cementerio, el alcohol hacia su efecto, sobre aquellos hombres de más de cuarenta años cada uno, que ya no era la primera vez que realizaban cosas raras, para poder divertirse, y así calmar su borrachera, como si vieran una película de terror. Al cerrar el Café bar, sobre las dos y veinte, los dos hombres salieron medio abrazados, para no caer al suelo de la acera, Se alejaron del lugar, bastante borrachos, pero acostumbrados a beber, parecían seguir su camino sin caer al suelo, tardarían aproximadamente media hora, en llegar a la Puerta del Cementerio, donde uno de ellos consiguió abrir su puerta, con una llave maestra, y pasando al interior entre los sonidos de las Urracas, que desde los altos cipreses, no dejaban de moverse, ante la presencia de los dos hombres que seguían hablando en voz alta. En el pasillo central del Cementerio, siguieron voceando y blasfemando, mientras en voz alta llamaban a personas que murieron hacía muchos años. Solo un eco de retumbar el sonido, les puso un poco nerviosos, sintieron como el viento de la madrugada frío, les azotaba sus pellizas de buena clase. Y sus orejas se les quedaban heladas. La Luna brillaba sobre los mármoles de las tumbas, el olor que tenían del alcohol bebido, y el miedo al futuro, que sabían que les esperaba, en ese Cementerio, les hizo salir deprisa, tropezando incluso con panteones de al lado del pasillo central. Ninguno de los dos, visito las tumbas de sus antepasados, pero una vez fuera del Cementerio, recordaron a sus familiares íntimos allí enterrados. La vuelta hacia sus domicilios, más bien fue tranquila, el frío helado de la madrugada, les hizo ir dándose cuenta de su mala acción, los dos borrachos sin entender su motivo, jamás contarían su rara afición, de pisar lugares no actos por la noche, para los seres humanos. La voz de la conciencia, al día siguiente, los dos borrachos la escucharon, uno en su tractor arando, y el otro en el granero, al ver allí clavado un crucifijo sobre la pared, que ocupo la caja fúnebre su abuelo. Entonces sintieron un eco lejano, que les decía, que hicisteis anoche, los dos borrachos ya serenos, su cuerpo tembló de miedo, el bello a los dos se les puso de punta, y su conciencia no sabía que contestar. Pero aquel viaje les hizo cambiar de actitud, en las siguientes borracheras, nunca más hablaron de visitar lugares raros, ni de querer tomarse a juerga, la muerte de otras personas. Tan solo entre los dos comentaron, ni una sola palabra de lo pasado en el Cementerio, silencio que debemos de tener siempre presente, G X Cantalapiedra.
Eran las dos de la madrugada de aquel domingo del mes de enero, del año 1987, los dos amigos medio borrachos, en el único Café bar abierto de la localidad, estaban preparando el paseo nocturno, hasta el Cementerio, el alcohol hacia su efecto, sobre aquellos hombres de más de cuarenta años cada uno, que ya no era la primera vez que realizaban cosas raras, para poder divertirse, y así calmar su borrachera, como si vieran una película de terror. Al cerrar el Café bar, sobre las dos y veinte, los dos hombres salieron medio abrazados, para no caer al suelo de la acera, Se alejaron del lugar, bastante borrachos, pero acostumbrados a beber, parecían seguir su camino sin caer al suelo, tardarían aproximadamente media hora, en llegar a la Puerta del Cementerio, donde uno de ellos consiguió abrir su puerta, con una llave maestra, y pasando al interior entre los sonidos de las Urracas, que desde los altos cipreses, no dejaban de moverse, ante la presencia de los dos hombres que seguían hablando en voz alta. En el pasillo central del Cementerio, siguieron voceando y blasfemando, mientras en voz alta llamaban a personas que murieron hacía muchos años. Solo un eco de retumbar el sonido, les puso un poco nerviosos, sintieron como el viento de la madrugada frío, les azotaba sus pellizas de buena clase. Y sus orejas se les quedaban heladas. La Luna brillaba sobre los mármoles de las tumbas, el olor que tenían del alcohol bebido, y el miedo al futuro, que sabían que les esperaba, en ese Cementerio, les hizo salir deprisa, tropezando incluso con panteones de al lado del pasillo central. Ninguno de los dos, visito las tumbas de sus antepasados, pero una vez fuera del Cementerio, recordaron a sus familiares íntimos allí enterrados. La vuelta hacia sus domicilios, más bien fue tranquila, el frío helado de la madrugada, les hizo ir dándose cuenta de su mala acción, los dos borrachos sin entender su motivo, jamás contarían su rara afición, de pisar lugares no actos por la noche, para los seres humanos. La voz de la conciencia, al día siguiente, los dos borrachos la escucharon, uno en su tractor arando, y el otro en el granero, al ver allí clavado un crucifijo sobre la pared, que ocupo la caja fúnebre su abuelo. Entonces sintieron un eco lejano, que les decía, que hicisteis anoche, los dos borrachos ya serenos, su cuerpo tembló de miedo, el bello a los dos se les puso de punta, y su conciencia no sabía que contestar. Pero aquel viaje les hizo cambiar de actitud, en las siguientes borracheras, nunca más hablaron de visitar lugares raros, ni de querer tomarse a juerga, la muerte de otras personas. Tan solo entre los dos comentaron, ni una sola palabra de lo pasado en el Cementerio, silencio que debemos de tener siempre presente, G X Cantalapiedra.