LA SECA: EN AQUELLA MADRUGADA EN LOS LLANOS...

EN AQUELLA MADRUGADA EN LOS LLANOS
En aquella madrugada de La Castilla Profunda. Sobre las siete de la mañana de aquel domingo de octubre del año 1920, Un labrador con su carro de yugo con tapialeras y redes, se dirigía hacia Medina del Campo, con dos cerdos casi criados, para venderlos en el mercado que allí se celebraba, todos los domingos del año, los cerdos de más de cien kilos cada uno, eran una mercancía buena de vender, ya que en dicho mercado, se vendían toda clase de animales criados en esa zona de Castilla. En un tramo de la carretera, donde el silencio era absoluto, tan solo se sentían las herraduras de las dos mulas, caminando sobre el suelo de tierra y cantos. Unas sombras salidas de entre las cepas, de un viñedo al lado de esa carretera, se dirigieron hacia donde el carretero dirigía sus mulas, y cogiéndole por la espalda, le amenazaron con tremendos cuchillos, y mandándole parar a sus mulas, el labrador en la oscuridad de la madrugada, no le quedó más remedio, que aceptar las palabras de los asaltantes, que sin saber lo que llevaba el carro, decidieron tomar su decisión sobre su robo. El labrador apenas llevaba encima dinero, pero todo se lo quitaron, y después de abofetearle, por llevar tampoco dinero, le dijeron palabras de desprecio y humillación, y le comentaron esta tarde cuando pases por aquí tendrás que darnos todo lo que te paguen, por estos dos gorrinos. Minutos más tarde, en la oscuridad que reinaba, desaparecieron sin dejar más rastro, ya que iban embozados en mantas de campo, y se tapaban la cara. Para no ser reconocidos, Aquel labrador en el mercado pudo vender sus cochinos, sin hacer comentarios, y lo que sí hizo, fue cambiar el camino de vuelta, volviendo a su localidad, por otro destino, que daba una vuelta de cinco kilómetros más, pero tratando de no ser reconocido por dichos ladrones, que esta vez sí lo localizaban, sabían de sobra que llevaría el dinero de su venta. Arreando a sus acémilas, en dos horas y media estaba en su casa, y pudo contar a su esposa, el gran susto de la madrugada. La esposa sin darlo apenas importancia comentó. “El próximo domingo que vayamos a Medina, echaras en el carro, dos hoces de corte, y un pincho de los de punta fina, además prepararé el trabuco de mi padre, que le voy a poner al día, y si alguien se aproxima con malas ideas y se atreve a querernos robar, te juro que le pesara el resto de su vida. A lo que el marido comento. “Tengo yo otro trabuco que herede de mi familia, para darle al que sea su merecido, no estoy dispuesto a pasar miedo y encima llamarme de todo, lo que nunca consentí”. Aquel matrimonio siguió yendo a Medina del Campo, a vender pienso y ganado, y comprar herramientas agrícolas, además de comprar zapatos gordos y finos, y ropa y mantas de invierno, Pero nadie nunca más les intento robar, el matrimonio tenía cara de pocos amigos, y sus armas tapadas con mantas de las mulas, iban en el carro, sin ser vistas, aunque preparadas para defenderse, de fantasmas y marimantas, que en aquellos años se oía hablar mucho de ellos. Nunca el matrimonio comentó nada a nadie, de la pesadilla que pasó el marido, en aquel mes de octubre, cuando ya estaba la vendimia terminada. Y cuando la rebusca daba para hacer arrope en La Castilla Profunda. G X Cantalapiedra.