LA SECA: HISTORIAS DE LA SECA, DEL AÑO 1962...

HISTORIAS DE LA SECA, DEL AÑO 1962
Aquella noche de verbena, víspera de Santiago, 25, de julio, en el baile de la plaza, al terminar nos quedamos unos cerca de 50, jóvenes de entonces, que sobre las cuatro de la madrugada, algún joven desaprensivo logro poner unos manojos de sarmientos secos, en el centro de la plaza, y hacer lo que se venía haciendo otros años. La famosa hoguera, donde alrededor se bailaba brincaba y se terminaba saltando la famosa hoguera. Pero aquel año era distinto, había llegado a La Seca, un sargento de la Guardia Civil, que intento eliminar las costumbres de hace siglos, como eran las hogueras de los quintos, la costumbre de La Moza, cerrar bares antes de las doce de la noche, prohibido cantar en las calles, y otros cosas que fueron eliminadas, en su época de jefe del Cuartel de esta localidad vallisoletana. Y sin temor a nada la juventud, que sabíamos que la inmigración sería nuestro futuro, estábamos tranquilos, en aquel contorno de buena armonía, hasta que llego dicho señor, y un numero de dicho cuerpo. Y parando la diversión juvenil, ya que nadie tenía más de veinte años, en aquel momento, fuimos conducidos hasta la puerta del calabozo, del Ayuntamiento, donde fuimos anotados como posibles terroristas, unos treinta jóvenes, chicas y chicos, todos de la localidad, la mayoría hoy en día, fuera de allí, viviendo o enterrados. Yo personalmente había quedado con mi padre, para ir a traer un carro de garbanzos recién segados, en el Camino de Los Perros, y pensábamos salir sobre la cinco y media de la madrugada, de nuestra casa, pero llegue un poco más tarde, mi padre enfadado, con las mulas enganchadas al carro, me echo la bronca, aunque cuando le conté que había estado detenido por dicha costumbre, me recordó, esto es la dictadura, así que a callar y no hagas nunca más comentarios, no sea que al tomaros el nombre, seáis denunciados por rebeldes, y declarados ya os han dicho como terroristas. Aquellas palabras me quedaron sin razones, el miedo que existía entonces era terrible, incluso por trabajar en domingo, mi padre fue denunciado dos veces, y eso que tenía a su cargo, a siete hijos y su madre mayor, que no cobraba entonces nada de pensión. El tiempo paso, pero el miedo en el cuerpo lo teníamos presente siempre. Solo en la ermita de San Roque, desde donde nos fuimos algunas veces de paseo, hablábamos de nuestro futuro inmediato, y recordábamos aquella noche de juerga y de miedo, al ser amenazados con la cárcel, oscura del Ayuntamiento, que la estábamos tocando con las puntas de los dedos. Seguro que algún joven de entonces, recordara lo que escribo en este momento. No sé si las costumbres siguen, no sé si la Moza se sigue invitando a los jóvenes del pueblo, por su futuro marido, pero en aquellos tiempos, era lo más normal. G X Cantalapiedra.