EN AQUELLAS NOCHES NEGRAS
Eran noches de miedo y terror, cargadas de fantasmas del pasado, sobre aquel lugar tenebroso, de la Castilla Profunda, las soledades se notaban en muchos de los hogares, y en las madrugadas las nieblas se adueñaban de todo aquel terrible ambiente, tan solo quedaba un camino al que te llevaban en hombros, y si eras pobre, sin medios económicos, te metían en una caja de madera, que había sido donada, por un hombre emigrante, que le sonrió la cultura y la fortuna, y entre otras buenas obras, fue esa la que más se conocía. Cuando las mujeres buscaban trabajos domésticos, como el cuidar a personas mayores, la mayoría con medios económico, pero invalidas y con algún dinero, sabían que tarde o temprano ese trabajo acabaría, y el hambre no esperaba, ya que la solidaridad no existía apenas. Fueron noches de cocinas apagadas, algunas personas cenaban tan solo una cazuela de sopas de ajo, y en sus casas el frío invierno, se adueñaba del tenebroso tiempo. Los inviernos con sus heladas, y alguna nevada, hacían temblar aquel territorio y sus gentes, las calefacciones no existían, tan solo las casas de los más pudientes, tenían las llamadas glorias, donde el calor se metía por debajo del suelo, y en las escuelas públicas, las estufas de serrín hacían que los niños pudieran resistir temperaturas bajo cero a diario. En aquellas noches negras, la muerte llamaba a muchos hogares, y las personas mayores se marchaban, a su penoso destino, cualquier enfermedad o frío mal curado, eran la causa de su marcha de este mundo. Eran tiempos sin seguridad social, tan solo algunas personas pudientes, tenían igualas con el médico de la villa, y como mucho con el practicante de enfermería, No existía otra salida aquel fatídico ambiente, el vino bastante barato y con muchos grados, daba calorías hasta en el mes de Mayo, que terminaban los fríos, las ropas eran pellizas o capas en los hombres, y toquillas o mantones en las mujeres, que les duraban años sobre sus hombros, fueron tiempos de comer torreznos y sopas de ajo, en multitud de hogares, y del cerdo se aprovechaba casi todo, ya que la manteca, era a veces el aceite en la sartén, las patatas en ajo arriero eran un lujo y más con bacalao, todos aquellos años, el queso de las ovejas tan solo se comía, en las faenas de trabajo fuertes y rentables, y los niños salían adelante con los zoquetes de, pan mojados en aceite o vino. Las casas de los pequeños labradores, tenían los sobrados o desvanes, llenos de paja o grano, que además de cubrir todo el desván, para evitar que el frío penetrara por las rendijas de las maderas, eran la solución para mantener el ganado y las gallinas, con los cereales allí guardados, las ventanas se mantenían casi todo el día cerradas, para evitar el viento helado, que dejaba a sus pobladores sin apenas calorías, y las cenas y comidas se efectuaban a veces alrededor de las lumbres en las cocinas, donde el calor era superior, al resto de la casa. Aquellos años fueron de vida dura, en verano la campanilla del cementerio, estaba siempre funcionando, para dar entrada a los niños que fallecían por no tener demasiadas atenciones, al estar toda la familia trabajando, y la madre ser esclava de poder ganar algún dinero, para sacar la familia adelante. Estos datos son tan ciertos, que la campanilla del cementerio si hablara, lo publicaría, incluso en algunas familias, ponían nombres a sus hijos repetidos, al ver que estaba a punto de morir, el que tenía el nombre más antiguo. Hoy aquella vida quedo olvidada, la gente joven no sabe de su existencia, tan solo alguna persona muy mayor, puede comentar aquel tiempo de candiles y faroles, donde la luz eléctrica apenas existía, y el ser humano se acostumbraba a ser esclavo de su tiempo. G X Cantalapiedra….
Eran noches de miedo y terror, cargadas de fantasmas del pasado, sobre aquel lugar tenebroso, de la Castilla Profunda, las soledades se notaban en muchos de los hogares, y en las madrugadas las nieblas se adueñaban de todo aquel terrible ambiente, tan solo quedaba un camino al que te llevaban en hombros, y si eras pobre, sin medios económicos, te metían en una caja de madera, que había sido donada, por un hombre emigrante, que le sonrió la cultura y la fortuna, y entre otras buenas obras, fue esa la que más se conocía. Cuando las mujeres buscaban trabajos domésticos, como el cuidar a personas mayores, la mayoría con medios económico, pero invalidas y con algún dinero, sabían que tarde o temprano ese trabajo acabaría, y el hambre no esperaba, ya que la solidaridad no existía apenas. Fueron noches de cocinas apagadas, algunas personas cenaban tan solo una cazuela de sopas de ajo, y en sus casas el frío invierno, se adueñaba del tenebroso tiempo. Los inviernos con sus heladas, y alguna nevada, hacían temblar aquel territorio y sus gentes, las calefacciones no existían, tan solo las casas de los más pudientes, tenían las llamadas glorias, donde el calor se metía por debajo del suelo, y en las escuelas públicas, las estufas de serrín hacían que los niños pudieran resistir temperaturas bajo cero a diario. En aquellas noches negras, la muerte llamaba a muchos hogares, y las personas mayores se marchaban, a su penoso destino, cualquier enfermedad o frío mal curado, eran la causa de su marcha de este mundo. Eran tiempos sin seguridad social, tan solo algunas personas pudientes, tenían igualas con el médico de la villa, y como mucho con el practicante de enfermería, No existía otra salida aquel fatídico ambiente, el vino bastante barato y con muchos grados, daba calorías hasta en el mes de Mayo, que terminaban los fríos, las ropas eran pellizas o capas en los hombres, y toquillas o mantones en las mujeres, que les duraban años sobre sus hombros, fueron tiempos de comer torreznos y sopas de ajo, en multitud de hogares, y del cerdo se aprovechaba casi todo, ya que la manteca, era a veces el aceite en la sartén, las patatas en ajo arriero eran un lujo y más con bacalao, todos aquellos años, el queso de las ovejas tan solo se comía, en las faenas de trabajo fuertes y rentables, y los niños salían adelante con los zoquetes de, pan mojados en aceite o vino. Las casas de los pequeños labradores, tenían los sobrados o desvanes, llenos de paja o grano, que además de cubrir todo el desván, para evitar que el frío penetrara por las rendijas de las maderas, eran la solución para mantener el ganado y las gallinas, con los cereales allí guardados, las ventanas se mantenían casi todo el día cerradas, para evitar el viento helado, que dejaba a sus pobladores sin apenas calorías, y las cenas y comidas se efectuaban a veces alrededor de las lumbres en las cocinas, donde el calor era superior, al resto de la casa. Aquellos años fueron de vida dura, en verano la campanilla del cementerio, estaba siempre funcionando, para dar entrada a los niños que fallecían por no tener demasiadas atenciones, al estar toda la familia trabajando, y la madre ser esclava de poder ganar algún dinero, para sacar la familia adelante. Estos datos son tan ciertos, que la campanilla del cementerio si hablara, lo publicaría, incluso en algunas familias, ponían nombres a sus hijos repetidos, al ver que estaba a punto de morir, el que tenía el nombre más antiguo. Hoy aquella vida quedo olvidada, la gente joven no sabe de su existencia, tan solo alguna persona muy mayor, puede comentar aquel tiempo de candiles y faroles, donde la luz eléctrica apenas existía, y el ser humano se acostumbraba a ser esclavo de su tiempo. G X Cantalapiedra….