LA SECA: EL SONÁMBULO CAMINABA...

EL SONÁMBULO CAMINABA
En aquel pueblo tranquilo, de La Castilla Profunda, existió un hombre de unos cincuenta años, que se quedó viudo, y tenía una enfermedad hereditaria, que era el sonambulismo. Al fallecer su esposa, notó su falta en el hogar, con tal fuerza, que las noches se le hacían eternas, y parece que su enfermedad, hasta entonces tranquila, se reinició en aquellas noches de verano, de los primeros años del siglo XX. Eran noches de más de veinte grados de calor, que por aquellas latitudes eran calurosas. Empezó aquel hombre sonámbulo, a salir de su casa vestido de ropa de trabajo, y sin dudar caminaba hasta la puerta del cementerio de aquel pueblo, que en dichas fechas madrugaban para segar los cereales. El cementerio tenía una puerta de hierro, que sin hacer fuerza la abría, y por su pasillo central, llegaba sin ninguna duda, hasta la tumba de su esposa, allí dormido completamente, se pasaba como una hora de la noche, y en ese tiempo el solo se despertaba, asustándose de no saber dónde se encontraba, y al ver los cipreses altivos, y las lapidas, salía corriendo como alma en pena, quizá gritando de miedo, al verse rodeado de tumbas de conocidos y familiares suyos. Algunos vecinos del pueblo, que madrugaban para iniciar sus faenas agrícolas, le vieron volver del cementerio, sin ninguna herramienta de trabajo, y completamente despeinado, sin boina ni sombrero de paja, que en aquella tierra era de uso normal. Los comentarios se multiplicaron, las sombras de la noche se repetían, y los ecos de la muerte se hacían más presentes, algunos vecinos comentaron el pararle cuando fuera caminando al cementerio, pero el no saber cómo podía reaccionar les hacía temerosos, ya que era un hombre corpulento, con una fuerza bastante grande, y nadie quería poner el cascabel al gato como dice el refrán. Fueron pasando bastantes días, y al terminar el verano, todo el pueblo lo sabía, que aquel hombre caminaba de madrugada, entre las sombras de la noche, y dando miedo a sus propios vecinos, el hombre enfermo de sonambulismo, no se daba por enterado, sus noches intranquilas eran a diario, pero el frío de la madrugada cada día era mayor, y aunque caminaba con ropa de pana fuerte, le hicieron caer en una pulmonía fatal. En aquel momento, un primo suyo le acompaño en su casa, ya que no tenía hijos ni familia más allegada, tan solo estaba pendiente de sus movimientos nocturnos, que pasado el primer día en cama, intento vestirse y salir por donde a diario caminaba, pero el primo le había cerrado la puerta de su casa, con aquella llave tan fuerte de hierro, el hombre intento abrir, y la puerta temblaba, a los tirones que la daba, mientras el primo comprobaba, su fuerza incluso con la pulmonía acuestas, fueron minutos de miedo, no sabía cómo podría terminar la noche, después de un buen rato intentar salir, de su casa, se dio por vencido, y de nuevo volvió a su cama, no sin antes gritar con fuerza, el nombre de aquella esposa a la que tanto se ve que había querido, y que en sus horas ultimas de vida, recordaba a grito abierto. “Diciendo como me dejaste solo en este valle de lágrimas, por qué te fuiste sin esperarme siquiera, sin ti no soy nada, solo la muerte me espera, y quiero marchar contigo para siempre”. Aquellas palabras que pronunciaba, al primo le desataban angustia, y más al ser el propio primo, también primo de la esposa fallecida. Eran momentos de locura sin arreglo, el amor hacía su esposa, era mucho más grande de lo normal, tanto se ve que la quería, que sus viajes al cementerio sonámbulo, fueron a diario, en el verano y parte del otoño castellano. Más la vida y la muerte caminan unidas, tan solo son unos segundos de despedida, para poder llegar adonde aquel hombre fuerte, su mente enferma le quería llevar. Pero se ve que en su tranquilidad, su pensamiento era el mismo, el amor a su esposa más allá de las tapias del cementerio. G X Cantalapiedra.