AQUELLA NOCHE DE BRUJAS EN LAS ORILLAS DEL RÍO DUERO
Eran las fechas próximas a la Navidad, de aquel año de 1912, cuando en un pueblo de la Castilla Profunda, se comentaba por sus corrillos de jóvenes, que andaban las brujas sueltas por los caminos, donde los pinares impedían ver el sol durante el día. Aquellos comentarios se dejaban notar, sobre la población, que sentía miedo a tan tenebroso ambiente. Existían casas de campo, con guardeses de las fincas próximas. Aunque los habitantes de dichas casas, por las noches se cerraban a cal y canto, sin abrir a nadie que no fuera de su propia familia. Según los comentarios, las brujas tenían sus aquelarres, en las orillas del río Duero, ya que existían cuevas habitables, en bastantes lugares allí escondidas. En aquellos días de diciembre, un par de jóvenes sin pensarlo demasiado, se decidieron a ir hasta aquel lugar, cerca del río Duero, donde las nieblas eran muy persistentes. Y sin dudarlo aquel domingo, se marcharon con su carro y dos acémilas, “mulas”, para poder cargar un carro de leña del pinar de sus padres. Todo parecía normal en aquella madrugada dominguera, ya que a las seis de la mañana, salían del pueblo por el camino llamado de La Peña, y sin mucho pensarlo, se adentraron cómo una hora más tarde, entre aquellos pinos, unos eran pimpollos, y otros pinos ya bastante grandes. Aún no había amanecido, cuando llegaron a su destino, y decidieron prender un pequeño fuego, para calentarse de la niebla, que en aquellos momentos, no les permitía el ver sí estaban en su propio pinar. La niebla era demasiado espesa, y su brillo se dejaba notar hasta en las cejas de los ojos, de los dos jóvenes, que sin darse cuenta de lo que a su alrededor pasaba, de pronto notaron cómo almas en pena, con grandes antorchas, hacerles una pasada no mucho más lejos de unos veinte metros, Las acémilas se empezaron a mover con el miedo de la noche, sus orejas las echaban para atrás, y los relinchos se hacían tenebrosos, Los dos jóvenes aún llenos de frío, y envueltos en sus mantas camperas, se decidieron a coger sus hachas, para hacerles frente, aquellos seres que no les daban ninguna confianza, y que ni siquiera habían pronunciado palabra, no tardaron demasiado el volver de nuevo aquellas brillantes antorchas, que desprendían una luz que tiritaba, y dejaba un olor nausea mundo, los dos jóvenes aferrados a sus hachas, sin dejarlos de la mano, esperando que se acercaran más a ellos, pero de nuevo se fueron alejando, eso sí está vez, soltando alaridos cómo lobos feroces. Los dos jóvenes sin dudarlo mucho más, se subieron al carro y con sus acémilas, volvieron por el mismo camino, que habían traído por la madrugada, que una vez fuera del contorno de los pinares, vieron cómo el sol empezaba a salir en el horizonte, y la niebla parecía desaparecer. Entonces un joven le dice al otro, deberíamos volver al pinar, para saber quien son esos fantasmas de las orillas del Duero. Cosa que hicieron, dándola media vuelta a su pareja de acémilas, y llegando hasta el pinar, donde apenas continuaba la niebla. Con los hachas iniciaron los cortes de leña, los sonidos dentro del pinar eran horrorosos, y cuando llevaban cómo una hora, tratando de podar los pinos, para hacer su carga de leña, aparecieron dos perros grandes, que les llegaron atacar, más ellos con sus hachas, les hicieron huir, después de quedar uno de los perros mal heridos, y tener que alejarse de mala manera. Aquel incidente, les puso los pelos de punta, y un rato después, escuchaban las voces de gente gritando, cómo celebrando algún motivo raro, les volvió de nuevo el miedo al cuerpo, y sin dudarlo ni un momento, decidieron volver a su pueblo, con solo media carga de su carro de mulas, al regresar a su pueblo, escucharon sonidos de disparos de escopetas de caza, y la niebla una vez más les acompañaba, hasta la llegada del pueblo, que trataron de dar la vuelta, para que nadie les preguntara, de traer tan poca carga de leña, ya que podría ser algún amigo, el que les viera, y al relatar aquella historia, les llamaran miedosos. No tardo mucho tiempo en ser, aquel lugar, un paso de brujas, llegando a bautizar unas cuevas con su nombre, y el camino que llevaba hasta ellas se llamó el Camino de Las Brujas… . G X Cantalapiedra.
Eran las fechas próximas a la Navidad, de aquel año de 1912, cuando en un pueblo de la Castilla Profunda, se comentaba por sus corrillos de jóvenes, que andaban las brujas sueltas por los caminos, donde los pinares impedían ver el sol durante el día. Aquellos comentarios se dejaban notar, sobre la población, que sentía miedo a tan tenebroso ambiente. Existían casas de campo, con guardeses de las fincas próximas. Aunque los habitantes de dichas casas, por las noches se cerraban a cal y canto, sin abrir a nadie que no fuera de su propia familia. Según los comentarios, las brujas tenían sus aquelarres, en las orillas del río Duero, ya que existían cuevas habitables, en bastantes lugares allí escondidas. En aquellos días de diciembre, un par de jóvenes sin pensarlo demasiado, se decidieron a ir hasta aquel lugar, cerca del río Duero, donde las nieblas eran muy persistentes. Y sin dudarlo aquel domingo, se marcharon con su carro y dos acémilas, “mulas”, para poder cargar un carro de leña del pinar de sus padres. Todo parecía normal en aquella madrugada dominguera, ya que a las seis de la mañana, salían del pueblo por el camino llamado de La Peña, y sin mucho pensarlo, se adentraron cómo una hora más tarde, entre aquellos pinos, unos eran pimpollos, y otros pinos ya bastante grandes. Aún no había amanecido, cuando llegaron a su destino, y decidieron prender un pequeño fuego, para calentarse de la niebla, que en aquellos momentos, no les permitía el ver sí estaban en su propio pinar. La niebla era demasiado espesa, y su brillo se dejaba notar hasta en las cejas de los ojos, de los dos jóvenes, que sin darse cuenta de lo que a su alrededor pasaba, de pronto notaron cómo almas en pena, con grandes antorchas, hacerles una pasada no mucho más lejos de unos veinte metros, Las acémilas se empezaron a mover con el miedo de la noche, sus orejas las echaban para atrás, y los relinchos se hacían tenebrosos, Los dos jóvenes aún llenos de frío, y envueltos en sus mantas camperas, se decidieron a coger sus hachas, para hacerles frente, aquellos seres que no les daban ninguna confianza, y que ni siquiera habían pronunciado palabra, no tardaron demasiado el volver de nuevo aquellas brillantes antorchas, que desprendían una luz que tiritaba, y dejaba un olor nausea mundo, los dos jóvenes aferrados a sus hachas, sin dejarlos de la mano, esperando que se acercaran más a ellos, pero de nuevo se fueron alejando, eso sí está vez, soltando alaridos cómo lobos feroces. Los dos jóvenes sin dudarlo mucho más, se subieron al carro y con sus acémilas, volvieron por el mismo camino, que habían traído por la madrugada, que una vez fuera del contorno de los pinares, vieron cómo el sol empezaba a salir en el horizonte, y la niebla parecía desaparecer. Entonces un joven le dice al otro, deberíamos volver al pinar, para saber quien son esos fantasmas de las orillas del Duero. Cosa que hicieron, dándola media vuelta a su pareja de acémilas, y llegando hasta el pinar, donde apenas continuaba la niebla. Con los hachas iniciaron los cortes de leña, los sonidos dentro del pinar eran horrorosos, y cuando llevaban cómo una hora, tratando de podar los pinos, para hacer su carga de leña, aparecieron dos perros grandes, que les llegaron atacar, más ellos con sus hachas, les hicieron huir, después de quedar uno de los perros mal heridos, y tener que alejarse de mala manera. Aquel incidente, les puso los pelos de punta, y un rato después, escuchaban las voces de gente gritando, cómo celebrando algún motivo raro, les volvió de nuevo el miedo al cuerpo, y sin dudarlo ni un momento, decidieron volver a su pueblo, con solo media carga de su carro de mulas, al regresar a su pueblo, escucharon sonidos de disparos de escopetas de caza, y la niebla una vez más les acompañaba, hasta la llegada del pueblo, que trataron de dar la vuelta, para que nadie les preguntara, de traer tan poca carga de leña, ya que podría ser algún amigo, el que les viera, y al relatar aquella historia, les llamaran miedosos. No tardo mucho tiempo en ser, aquel lugar, un paso de brujas, llegando a bautizar unas cuevas con su nombre, y el camino que llevaba hasta ellas se llamó el Camino de Las Brujas… . G X Cantalapiedra.