Había una vez, en una ciudad antiguamente llamada
Málaga, un niño enfermo. Ya había caído la
noche y, como cada noche, el miedo a la oscuridad y a los horripilantes seres que poblaban el dormitorio junto a ella se adueñaba del pequeño. Sin embargo, siempre había un sonido, limpio, claro,
escaleras arriba, que hacía huir a los monstruos: toc, toc, toc. El sonido del bastón del abuelo. El niño asomaba la cabeza por entre las mantas, esperando con impaciencia que se abriera la
puerta y aquella cabeza
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