Parece un contrasentido, pero pocas veces he sentido tanto frío como en los veranos de Vegarienza. Bañarse en el río Omaña con el agua a catorce o dieciséis grados y la corriente quitándote el calor corporal a todo meter, te enfriaba hasta el tuétano en pocos minutos. Y si se te ocurría bucear más de dos minutos, te dolía la cabeza intensamente del frío que se te metía en el cerebro, que ya se sabe que deja de funcionar si no está bien calentito.
Se te encogía todo, los labios se ponían morados ... (ver texto completo)
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