El lobo y la raposa después de pasar algunas penalidades correteando por prados y valles, riscos y montes..., nuestros dos protagonistas habían trabado una gran amistad.
Las tripas les rugían a los dos. No tenían ni unos miserables huesos que moler con sus fuertes colmillos, ni unos pequeños roedores para cenar ese día.
El Sol se había escondido tras el Cueto y la noche comenzaba a cubrir con su tenue manto las tierras y sembrados del pueblo.
Nuestros dos amigos estaban en un paraje denominado Besadiellas, en el prado de Corsino, husmeando entre las toperas, escarbando con sus patas anteriores en busca de algún tierno y sabroso topillo para llevárselo a la boca.
En las tierras de la Llibugada una oveja de pelo blanco y rizado bala. Se había quedado rezagada royendo unas tiernas ramas de roble y... ¡por desgracia! la descubren nuestros dos buenos amigos.
El Lobo y la Raposa se acercan sigilosamente entre las escobas y matos del lugar. La encuentran engullendo apresuradamente unas tiernas ramas de roble.
— ¡Ay oveya! Vamos a comerte, tenemos mucha fame, —le dice Maruxiña, que así se llamaba la raposa (zorra) de cola larga.
La oveya, muerta de miedo, da un gran salto y se queda paralizada. — ¡No, por favor! he dejado dos tiernos corderitos en el redil, mi ubre está llena de leche caliente para alimentarlos, —les contesta la oveya de lana blanca.
—Nuestras tripas rugen y están vacías. Llevamos dos días sin engullir un triste bocado, —añade Xuan, que así se llamaba el lobo de ojos tristes.
—Mis juguetones hijitos, de pocos días, me esperan balando en el redil con sus panzas vacías, ––añade la oveya.
—A nosotros no nos importa eso. A ti te vamos a devorar en menos que canta un gallo, —le dice Xuan con voz fuerte y quejumbrosa.
—No me podéis dejar para dentro de un mes. Mis hijos se morirán de hambre y ahora estoy muy delgada; os prometo volver —dice la oveya.
—No esperamos más, —comenta Maruxiña, con voz chillona, que se acercaba peligrosamente a la oveya.
—Tocad mis costillas, palpad mi lomo, tentad mis piernas, solo tengo huesos... —comenta la oveya con el miedo en el cuerpo y a la que se le terminaban las razones y veía acercarse el final de sus alegres días por los montes de Rosales.
En estas y otras discusiones parecidas estaban nuestros protagonistas, cuando se acerca mi abuelo Vicente, dueño de la oveya, acompañado de su fiel y ágil mastín. Éste se lanza dando fuerte ladridos sobre la raposa y el lobo. Tierras abajo emprenden los dos la retirada. Corrían, saltaban, volaban entre los arbustos, urces y escobas.
Al llegar al valle de Besadas, nuestros famélicos protagonistas ya “diban ” muy cansados. El Lobo se encarama a un centenario roble de grandes y robustas ramas que forman una horquilla; la pequeña Raposa salta sobre ésta, se desliza por el grueso tronco y, cae sobre el suelo mullido con pequeños arbustos y hojas secas. Un nuevo y desesperado salto ¡lo consigue! Pero el mastín llega y agarra a la raposa por su larga y sedosa cola, éste la retiene con todas sus fuerzas. Maruxiña aprieta los dientes y se sujeta con sus patas a una delgada rama.
Xuan la mira con sorpresa. No sabe si reír o defender a su compañera, saltando sobre el temido mastín, pero... éste lleva en su cuello una carlanca de afilados pinchos de hierro y lo teme, ya tenía algún recuerdo suyo.
— ¿Maruxiña de cien mañas, tu ríes o regañas? —le pregunta Xuan, sentado cómodamente sobre unas ramas más altas.
— ¡Ni río ni regaño!, ¡que me despedazan el rabo! —contesta la zorra muy, pero que muy enfadada. Qué sucedió después, mi madre nunca me lo contó. Pero parece ser, que el perro blanco de mi abuelo, el cual tenía mucho genio, dejó la cola de la raposa en un lamentable estado, hasta que ésta pudo escapar de sus acerados colmillos.
Fuentr Jose y Santiago Otero Diez
Las tripas les rugían a los dos. No tenían ni unos miserables huesos que moler con sus fuertes colmillos, ni unos pequeños roedores para cenar ese día.
El Sol se había escondido tras el Cueto y la noche comenzaba a cubrir con su tenue manto las tierras y sembrados del pueblo.
Nuestros dos amigos estaban en un paraje denominado Besadiellas, en el prado de Corsino, husmeando entre las toperas, escarbando con sus patas anteriores en busca de algún tierno y sabroso topillo para llevárselo a la boca.
En las tierras de la Llibugada una oveja de pelo blanco y rizado bala. Se había quedado rezagada royendo unas tiernas ramas de roble y... ¡por desgracia! la descubren nuestros dos buenos amigos.
El Lobo y la Raposa se acercan sigilosamente entre las escobas y matos del lugar. La encuentran engullendo apresuradamente unas tiernas ramas de roble.
— ¡Ay oveya! Vamos a comerte, tenemos mucha fame, —le dice Maruxiña, que así se llamaba la raposa (zorra) de cola larga.
La oveya, muerta de miedo, da un gran salto y se queda paralizada. — ¡No, por favor! he dejado dos tiernos corderitos en el redil, mi ubre está llena de leche caliente para alimentarlos, —les contesta la oveya de lana blanca.
—Nuestras tripas rugen y están vacías. Llevamos dos días sin engullir un triste bocado, —añade Xuan, que así se llamaba el lobo de ojos tristes.
—Mis juguetones hijitos, de pocos días, me esperan balando en el redil con sus panzas vacías, ––añade la oveya.
—A nosotros no nos importa eso. A ti te vamos a devorar en menos que canta un gallo, —le dice Xuan con voz fuerte y quejumbrosa.
—No me podéis dejar para dentro de un mes. Mis hijos se morirán de hambre y ahora estoy muy delgada; os prometo volver —dice la oveya.
—No esperamos más, —comenta Maruxiña, con voz chillona, que se acercaba peligrosamente a la oveya.
—Tocad mis costillas, palpad mi lomo, tentad mis piernas, solo tengo huesos... —comenta la oveya con el miedo en el cuerpo y a la que se le terminaban las razones y veía acercarse el final de sus alegres días por los montes de Rosales.
En estas y otras discusiones parecidas estaban nuestros protagonistas, cuando se acerca mi abuelo Vicente, dueño de la oveya, acompañado de su fiel y ágil mastín. Éste se lanza dando fuerte ladridos sobre la raposa y el lobo. Tierras abajo emprenden los dos la retirada. Corrían, saltaban, volaban entre los arbustos, urces y escobas.
Al llegar al valle de Besadas, nuestros famélicos protagonistas ya “diban ” muy cansados. El Lobo se encarama a un centenario roble de grandes y robustas ramas que forman una horquilla; la pequeña Raposa salta sobre ésta, se desliza por el grueso tronco y, cae sobre el suelo mullido con pequeños arbustos y hojas secas. Un nuevo y desesperado salto ¡lo consigue! Pero el mastín llega y agarra a la raposa por su larga y sedosa cola, éste la retiene con todas sus fuerzas. Maruxiña aprieta los dientes y se sujeta con sus patas a una delgada rama.
Xuan la mira con sorpresa. No sabe si reír o defender a su compañera, saltando sobre el temido mastín, pero... éste lleva en su cuello una carlanca de afilados pinchos de hierro y lo teme, ya tenía algún recuerdo suyo.
— ¿Maruxiña de cien mañas, tu ríes o regañas? —le pregunta Xuan, sentado cómodamente sobre unas ramas más altas.
— ¡Ni río ni regaño!, ¡que me despedazan el rabo! —contesta la zorra muy, pero que muy enfadada. Qué sucedió después, mi madre nunca me lo contó. Pero parece ser, que el perro blanco de mi abuelo, el cual tenía mucho genio, dejó la cola de la raposa en un lamentable estado, hasta que ésta pudo escapar de sus acerados colmillos.
Fuentr Jose y Santiago Otero Diez