La provincia de León tiene el alma minera. Alma negra llena de virtudes. Prudencia, justicia, fortaleza y templanza alumbran esta tierra. Sus gentes tienen grandeza; conocen el vientre del planeta: la grasa dura de la antracita, el hojaldre bárbaro de la pizarra, el fuego de las centrales térmicas. Nuestra provincia se apartó de la historia común de las regiones del Sil y del Duero. Fue así porque la naturaleza la fecundó con frutos oscuros e infinitos, la remota carne de la tierra. En el siglo XIX ya hubo una siderurgia en Sabero.
A comienzos del siglo XX el Bierzo y Laciana hicieron saltar por los aires su designio rural y ganadero; su lenta vida honrada de los caseríos y las villas donde las mujeres parecían damas venidas de Irlanda o de Escocia. Blancas damas misteriosas que parían hijos mineros.
Damas que vivían con hombres que hablaban poco, que miraban y se metían hacia dentro, o hacia los bares: los leoneses. Para salir luego a la vida, a golpes de tiempo y de frío; de no saber muy bien qué diablos es el mundo.
Había llegado el tiempo de las vías férreas de las minas, de los pequeños trenes y de los baldes aéreos de la hulla. Arribaban algunos inmigrantes de Galicia o de Zamora, de la montaña leonesa. Llegaban a las pequeñas villas incipientes, Far West del carbón y de la niebla.
Llegaban aquellas gentes a construir sus vidas en los pozos del peligro; en las primeras explotaciones industriales. La mancha fértil de la energía inundó el Bierzo, se expandió por los valles del norte, desde Laciana hasta el confín de la fraterna montaña de Palencia.
La provincia de León es minera y para mucho tiempo. Aunque ahora parece que esto tiene que morir. Eso dicen los expertos, los que se equivocan casi siempre. Hablan y determinan. Aducen órdenes fulminantes de Bruselas, aceptan y cancelan. Es el gozo funerario de los enterradores.
Pero los tiempos están cambiando. Las viejas naciones europeas que desmantelaron irresponsablemente sus factorías pesadas rectifican sus errores. Al tiempo que Estados Unidos se reindustrializa a la carrera.
El discurso que quiere convertir la provincia de León en una tierra irrelevante, de naves cerradas, minas cerradas y tiempo cerrado, está cada día más refutado por una verdad poderosa: un país no puede ser un grande sin industria. Sin minería. Las ayudas son necesarias; en el futuro lo vamos a comprobar.
León no puede perder esa cultura, esa vida, esa esperanza. No puede trocarse en una tierra floja y resignada donde los jóvenes huyen, los ancianos añoran y el resto calla.
El futuro será mucho peor sin la industria y el carbón. Los romanos, los que explotaron las mayores minas de oro que tuvo el imperio, nos están observando. Ellos no quieren que dejemos de ser mineros.
A comienzos del siglo XX el Bierzo y Laciana hicieron saltar por los aires su designio rural y ganadero; su lenta vida honrada de los caseríos y las villas donde las mujeres parecían damas venidas de Irlanda o de Escocia. Blancas damas misteriosas que parían hijos mineros.
Damas que vivían con hombres que hablaban poco, que miraban y se metían hacia dentro, o hacia los bares: los leoneses. Para salir luego a la vida, a golpes de tiempo y de frío; de no saber muy bien qué diablos es el mundo.
Había llegado el tiempo de las vías férreas de las minas, de los pequeños trenes y de los baldes aéreos de la hulla. Arribaban algunos inmigrantes de Galicia o de Zamora, de la montaña leonesa. Llegaban a las pequeñas villas incipientes, Far West del carbón y de la niebla.
Llegaban aquellas gentes a construir sus vidas en los pozos del peligro; en las primeras explotaciones industriales. La mancha fértil de la energía inundó el Bierzo, se expandió por los valles del norte, desde Laciana hasta el confín de la fraterna montaña de Palencia.
La provincia de León es minera y para mucho tiempo. Aunque ahora parece que esto tiene que morir. Eso dicen los expertos, los que se equivocan casi siempre. Hablan y determinan. Aducen órdenes fulminantes de Bruselas, aceptan y cancelan. Es el gozo funerario de los enterradores.
Pero los tiempos están cambiando. Las viejas naciones europeas que desmantelaron irresponsablemente sus factorías pesadas rectifican sus errores. Al tiempo que Estados Unidos se reindustrializa a la carrera.
El discurso que quiere convertir la provincia de León en una tierra irrelevante, de naves cerradas, minas cerradas y tiempo cerrado, está cada día más refutado por una verdad poderosa: un país no puede ser un grande sin industria. Sin minería. Las ayudas son necesarias; en el futuro lo vamos a comprobar.
León no puede perder esa cultura, esa vida, esa esperanza. No puede trocarse en una tierra floja y resignada donde los jóvenes huyen, los ancianos añoran y el resto calla.
El futuro será mucho peor sin la industria y el carbón. Los romanos, los que explotaron las mayores minas de oro que tuvo el imperio, nos están observando. Ellos no quieren que dejemos de ser mineros.